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‘Ciencia rigurosamente demostrativa’ y racismo

Respuesta a una crítica al libro ‘El racismo en Bolivia’, del autor del artículo

animalPolitico
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Por Fernando Molina
La Paz / septiembre 18, 2022
en Animal Político

SALA DE PRENSA

Como la crítica literaria es tan escasa en Bolivia y como, al mismo tiempo, creo en la importancia que esta posee para el mejoramiento y el impulso de las letras nacionales, no suelo responder formalmente a las reseñas negativas de mis libros (aunque a veces me queje informalmente de ellas en las redes sociales). Oscar Wilde decía que es mejor que hablen mal de uno a que no lo hagan en absoluto. No es esto, sin embargo, lo que me lleva a reprimir mis contestaciones. Lo hago porque pienso que una actitud demasiado autodefensiva de mi parte podría bloquear el debate que quisiera que mis obras impulsaran.

Aquí voy a faltar a esta costumbre, un poco a regañadientes. Responderé, aunque solamente en términos generales, a una crítica publicada hace poco sobre mi trabajo más reciente, El racismo en Bolivia. No para defender a Fernando Molina, sino para impedir que un texto antirracista sea descartado a base de prejuicios y presunciones. Para continuar, por tanto, la batalla con la que está comprometido mi libro.

Carlos Torrico se parapeta tras ciertos manierismos académicos que, él lo sabe, serán considerados doctos y convincentes por muchos lectores. Señala que la manera en que trato la problemática del racismo “es, cuando menos, poco convencional, si se tiene el hábito de leer trabajos universitarios más formales”. Y añade que explicito “cierta urticaria por la metodología investigativa convencional de la ciencia social, oponiendo indirectamente [mi] ensayismo con la ciencia social rigurosamente demostrativa, producto de la observación sistemática”. Más adelante cita una discrepancia que tuve previamente con la profesora Alison Spedding respecto a las técnicas de investigación del racismo, para concluir: “Molina duda de la posibilidad de la observación sociológica de un problema social como el racismo siguiendo las metodologías de ese oficio. Presumo que ningún profesional de la investigación social estará de acuerdo con estas observaciones suyas”.

La intención de Torrico resulta cristalina. Es oponer —así sea “indirectamente”— mi trabajo con una “ciencia social rigurosamente demostrativa” y sugerir que nada tiene que ver con la “observación sociológica”, la “observación sistemática”, las “metodologías del oficio”, la investigación social “convencional” y “profesional”, etc. ¿Qué vendría a ser, entonces, El racismo en Bolivia? Solo un conjunto de opiniones literarias y personales quizá interesantes, pero carentes de valor heurístico o explicativo. Torrico complementa esta estrategia con la anotación, que inaugura su artículo, de que no estoy formado en ciencias sociales; esto es, de que no tengo el título “correcto” para tratar este tema.

Veamos cuánto tiene esto de interés y cuánto es un mero ajuste de cuentas corporativo (“no te metas donde no perteneces”), que es la variedad de “crítica” literaria más frecuente en nuestro país.

Primero, habría que preguntarle a Torrico cuál es la “ciencia social rigurosamente demostrativa” de la que habla. Muchos filósofos y sociólogos contemporáneos tendrían mucho que decir acerca de su pretensión de lograr una “rigurosa demostración” de los conceptos referidos a la sociedad. Para no ir lejos, remito a los lectores a los debates sobre la “rigurosa demostración” de la verdad histórica, que son fragorosos pese a que se producen dentro de uno de los campos más “duros” de las ciencias sociales. Encontrarán que la concepción de Torrico de un sujeto — el sujeto científico— que “observa sistemáticamente” el mundo, por ejemplo, la historia y así llega a formarse una representación que corresponde con ella, al punto de poder “demostrarla”, no solo es, en efecto, una concepción “convencional”, sino que está superada hace más de un siglo. Los principales teóricos de la historia ya no consideran que el documento “demuestre” la interpretación histórica, sino que la constituye. Lo mismo ocurre con las demás ciencias sociales. Las únicas ciencias que podríamos llamar “rigurosamente demostrativas”, y esto con mucha discusión, no son sociales, sino ideales: la lógica y la matemática.

La ingenuidad metodológica de Torrico, su insistencia en la “observación” y, por otra parte, en la “etnografía” o estudio de pequeños grupos sociales, indican que mi crítico es partidario del neopositivismo. Resulta muy propio de esta escuela suponerse “la” delimitación entre ciencia y pseudociencia. Además, el neopositivismo considera que la observación, la inducción, la experimentación, la verificación (o la falsación) y la predicción controlada son los únicos “métodos del oficio” científico. Por supuesto, deja muy poco espacio a la historia, el psicoanálisis, la filosofía.

Torrico se apoya en Spedding, como hemos visto, porque ambos son camaradas neopositivistas, junto con muchísimos otros académicos bolivianos. Esto es legítimo. Ya no lo es tanto que, por medio de un pase de prestidigitación, Torrico convierta mi afirmación antipositivista en contra de Spedding: “No es verdad que todo enunciado válido sobre racismo tenga un carácter empírico”, en la afirmación diletante: “Cualquier observación empírica sobre racismo es dudosa”. El trapicheo resulta patente.

En mi respaldo invoco las páginas y páginas de El racismo en Bolivia con información estadística sobre la brecha de pobreza y educación que se abre entre indígenas y no indígenas; las páginas adicionales con referencias a encuestas y a investigaciones empíricas como la de Mónica Navarro sobre la autoidentificación de los estudiantes de la UMSS, o las de Rafael Loayza sobre la relación entre identidad étnicoracial y adscripción política; o, no puedo dejar de mencionarla, la investigación que yo mismo realicé en 2017 para demostrar, mediante una “observación sistemática”, que la élite económica del país está compuesta en un 100% por personal no indígena.

Entonces, no es que yo dude de que se pueda investigar empíricamente el racismo. No, yo niego que solamente sea posible hablar del racismo en términos empíricos, experimentales, y con técnicas etnográficas y encuestas, como piensa Spedding y el neopositivismo.

Por otra parte, el carácter ensayístico de mi libro es evidente para cualquier lector y nunca he tratado de esconderlo. Al contrario, este me ha dado la libertad de esbozar un panorama teórico amplio y comprensivo, que me hubiera resultado inaccesible si habría creído que debía limitarme a describir “equilibradamente” mi objeto de estudio o me habría sentido forzado a atar cada palabra de mi texto a la opinión de alguna autoridad universitaria. Tal es el procedimiento “convencional” que Torrico echa de menos en El racismo en Bolivia. Sin duda no escribí este libro para lograr grados académicos o para justificar la obtención de años sabáticos, sino para tratar de pensar “en común” con mis compatriotas, con la esperanza de que esto pueda generar efectos culturales trascendentes. Justamente por eso es que he procedido al revés de lo que señala mi detractor: le he arrimado toda la ciencia que estaba a mi alcance, he movilizado cientos de lecturas y citas, y, por supuesto, lo he basado en la “observación sistemática” de la sociedad boliviana, a la cual he dedicado toda mi vida.

(*)Fernando Molina es periodista y escritor

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