Sala de Prensa
En Bolivia el racismo es un hecho irrefutable que se instaló junto con la dominación colonial. Esta fisura social, que no ha sido resuelta a lo largo la historia, tiene componentes fenotípicos, étnico culturales, identitarios, y aquellos relacionados con las condiciones económicas de explotación y desigualdad. Todos estos factores se encuentran estrechamente relacionados y se acoplan generando realidades intersubjetivas, y la creación, en muchos casos deliberada, de una demarcación de fronteras con “el otro”.
Partiendo de esta constatación, las autoras del libro estudian los elementos que vinculan el discurso político de la coyuntura reciente, con este imaginario racista instalado en el país. Se analizan las razones por las cuales el discurso que apela a elementos racializados logra gran eficacia, precisamente porque conecta con la memoria colectiva de exclusión y discriminación. El discurso del racismo y del contra racismo, es utilizado políticamente por los actores políticos como un potente dispositivo para antagonizar, particularmente en momentos de crisis. De ahí que, los discursos oficialistas impulsados coincidentemente con el momento de declive político del MAS en 2016, sitúan en una vereda al q’ara, racista, derechista, regionalista, y elitista, al que más adelante le añaden la etiqueta de “golpista”; mientras en el otro polo —afín al partido de gobierno— ubican al indígena pobre, humilde, humillado y discriminado. En el estudio se demuestra que la realidad social del país es mucho compleja, entretejida y diversa que esta simple dicotomía que está fuertemente marcada por las relaciones de poder. La política y el poder son los factores explicativos centrales del resurgimiento de la fractura histórica del racismo y su reposicionamiento en el campo de disputa política desde 2016.
El enfoque teórico del libro, se aleja de las visiones esencialistas y primigenias de la identidad como un concepto inmutable y clausurado, y en cambio, se adhiere al enfoque constructivista de la etnicidad, es decir a una visión dinámica que activa la identidad en relación con la acción política. En ese sentido, se apela a artefactos culturales, simbólicos y discursivos de carácter histórico acumulados, y al desplazamiento de las fronteras identitarias de manera estratégica e instrumental en función de las luchas por el poder.
Si bien la llegada del MAS al gobierno significó el desplazamiento de las viejas élites y el avance sustantivo hacia procesos de inclusión social mediante la instalación de recursos simbólicos y normas concretas —como la CPE y, de manera específica, la Ley contra el racismo y toda forma de discriminación—, Bolivia está muy lejos de concretar avances sustantivos en relación con la erradicación del racismo; al contrario, las grietas sociales se han ampliado en el marco de la disputa por el poder, cuando se pone en el centro del escenario el tema del racismo como potente interpelador a sectores sociales mayoritarios.
De ahí que la enunciación del “odio al indio” para explicar el rechazo a la reelección de Morales y el estallido de protestas ciudadanas posteriores la elección fallida de 2019, así como durante el gobierno transitorio de Añez, logra mucha audiencia sobre todo en el contexto internacional; pues los actores políticos, además de reforzar su propia identidad, atribuyen o imputan el anti indigenismo a sus adversarios políticos con fines meramente instrumentales. Podemos advertir que el énfasis racializado puesto en estos discursos, coinciden con los momentos en que el partido de gobierno pierde hegemonía y recurre con bastante eficacia a la polarización construyendo extremos identitarios simples y reduccionistas que no reflejan la complejidad de la realidad.
Cuando Evo Morales accedió a la presidencia en 2006 con una votación inédita de mayoría absoluta, logró reafirmar su legitimidad de origen sustentado en las fuerzas sociales campesinas e indígenas, mediante una serie de rituales andinos y recursos simbólicos materializadas en sus discursos y actos de posesión en Tiwanacu, rodeado de artefactos culturales indígenas y la exaltación de su propia figura como el “primer presidente indígena”, pero 14 años después el discurso identitario asume rasgos de victimización con el racismo.
En esta elemental lógica dicotómica que instaló el MAS después de las elecciones de 2019, encajaron como malas jugadas de ajedrez, las estrategias del gobierno transitorio y de algunos dirigentes cívicos o partidarios que incurrieron en actitudes racistas, como el denostado “ministro de ojos verdes” escandalosamente criticado por las declaraciones que antecedieron su destitución, los exabruptos de la ex presidenta Añez cuando los califica como “salvajes”, o la decisión de quitar la vestimenta indígena de los pasillos del gobierno.
También puede leer: La igualdad como agravio
En suma, el MAS opta de manera eficaz por el solapamiento de la identidad político-partidaria con la identidad étnica —el ser indígena—. Dentro de esta lógica, quienes se oponen políticamente al MAS, aparecen automáticamente como quienes rechazan al indio y son racistas. Esta reafirmación identitaria también está anclada en la pertenencia a la organización, sindical o partidaria. Así, formar parte de la organización es central para dotarle de sentido y alinear a los afiliados detrás de uno de los polos discursivos en el campo de fuerzas. En el MAS, por su naturaleza, la fuerza de la organicidad y del mandato de los sindicatos campesinos e indígenas, es central. En cambio en el campo opositor las articulaciones o pertenencia a organizaciones sociales sindicales y la identidad étnica es mucho más difusa; por tanto, cualquier atisbo de liderazgo indígena que no pertenezca a la ideología y a la organización de base del MAS, es inmediatamente descalificada por el partido de gobierno, peor aún si es opositor, y ciertamente carece de eficacia política y fuerza social. Es el caso por ejemplo, del surgimiento de líderes indígenas críticos al MAS como el Tata Quispe, o Nelson Condori, el tata Quispe, y muchos otros que fueron inmediatamente deslegitimados por el oficialismo.
El libro y la información que contiene, constituyen una provocación para continuar con el debate y el análisis de la relación entre política y racismo que, como vimos, no es secundaria y se reviste de matices complejos y diversos, que en todo caso invitan a trascender el simplismo con que, desde el ámbito político, se ha instalado el debate del racismo y del “odio al indio” como el único factor explicativo de la crisis política; en cambio, lanza el desafío de abordar esta problemática a partir de la combinación de las múltiples y distintas dimensiones de la realidad, e invita a reflexionar en las consecuencias devastadoras que tiene la racialización del discurso en el tejido social boliviano.
(*)María Teresa Zegada Claure es socióloga






