La democracia, concebida como el sistema de gobierno que institucionaliza la participación del pueblo en el ejercicio del poder público a través de la intercomunicación y el diálogo permanente entre gobernantes y gobernados, dentro de una justa estructura de distribución y redistribución económica, en palabras de Pablo Lucas Verdú, es quizá el mejor invento de la humanidad en materia política. Como diría Karl Loewenstein, es solo comparable con la invención de la imprenta o la máquina a vapor en otras ciencias. Sin embargo, como cualquier obra humana, también está llena de falencias y constantemente se encuentra en crisis. En algunos casos, estas crisis son tan grandes y graves que finalmente dejan solo las formas de democracia, vaciándolas de su contenido real y efectivo.
Bolivia es un país marcado por la inestabilidad política, que a lo largo de su historia ha sufrido 36 golpes de estado que han interrumpido violentamente su democracia, la mayoría de las veces con la pérdida de vidas humanas. El último periodo de dictaduras militares se dio entre 1964 y 1982, totalizando 18 años de interrupción democrática, con algunos oasis democráticos. Estas dictaduras fueron alentadas por intereses transnacionales y políticos mundiales, y se desarrollaron de manera simultánea en casi todos los países de la región.
Democracia
El 10 de octubre de 1982 es un día que quedó grabado en la historia nacional, ya que, después de varias vicisitudes, finalmente se instaló el Congreso elegido en 1980 y se eligió presidente a Hernán Siles Suazo, quien había llegado del exilio apenas dos días antes, en medio de la algarabía popular por el retorno de la democracia. Sin embargo, este sería solo el inicio de un largo camino, muchas veces marcado por el infortunio y la desazón del pueblo, que al pasar de los años no encontró en la democracia aquello que esperaba y buscaba, y por lo que había derramado lágrimas y sangre durante casi dos décadas. Las crisis económicas, la repartija del poder público entre mega coaliciones, el abuso de poder y la corrupción marcaron un largo y tedioso periodo neoliberal, que finalmente terminó el 18 de diciembre de 2005, cuando los indígenas llegaron al poder para construir un nuevo modelo de Estado y sociedad mediante un inédito proceso constituyente, que en definitiva cambió el destino de la nación.
Sin embargo, después de casi 20 años, es imposible negar que hay tareas pendientes para conservar y reconducir nuestra democracia, que fue abruptamente interrumpida en noviembre de 2019, con terribles consecuencias para muchos de nosotros, y que solamente gracias a la voluntad de nuestro pueblo pudo ser recuperada. En homenaje a este mismo pueblo, reflexionamos sobre tres puntos para mejorar nuestra cualidad democrática.
1. Más diálogo y menos confrontación
Vivir en democracia no significa concentrar el poder en las mayorías; más bien, significa la tolerancia y la complementación con las minorías. Esto se logra a través del diálogo entre oficialismo y oposición, algo común en los sistemas parlamentarios e incluso en los sistemas presidencialistas avanzados. Concebir que en la política no hay enemigos, sino solo adversarios con quienes uno puede reunirse, conversar y llegar a consensos en bien del país, aun en los temas más difíciles, es una práctica saludable para mejorar la calidad de la democracia.
Qué excelente sería crear mecanismos parlamentarios o partidarios para dialogar y entendernos entre bolivianos, algo que funcionó muy bien en el pasado y que hoy en día no solo lo pide nuestro pueblo, sino que organismos internacionales, como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, nos recomiendan expresamente al identificar la cohesión social como el mayor desafío de la democracia en Bolivia.
2. Estado de derecho y reforma judicial
Entendiendo el Estado de Derecho como el sometimiento de gobernantes y gobernados al imperio de la Constitución y la ley, en un marco de absoluta igualdad, resulta fundamental que este principio se aplique sin exclusión alguna. Ciudadanos y políticos deben ceñir sus actos bajo el paraguas de la legalidad y ser igualmente responsables ante la ley por sus actos, sin ninguna excusa. Son los políticos quienes deben dar el mayor ejemplo de apego y cumplimiento de la ley.
Esta situación se complementa con un sistema judicial verdaderamente independiente e imparcial, que quizá es la gran tarea pendiente en toda nuestra vida republicana e institucional. Un sistema de justicia que vea a todos por igual y no incline la balanza para beneficiar o perjudicar a nadie, junto con una cultura de respeto y prevalencia de los derechos humanos, el debido proceso y el respeto a la libertad, es quizá la piedra angular de una democracia robusta y efectiva.
3. Meritocracia, transparencia y democracia
La administración del Estado en todos sus niveles y ámbitos es una labor compleja, y su ejercicio debe estar reservado a personas que conozcan técnica y científicamente sus labores. Veinte años después de iniciado el proceso de cambio, cuando los hijos de nuestros hermanos indígenas ya han podido formarse y destacarse en universidades y centros de especialización, es digno que asuman responsabilidades por su conocimiento, junto a los mejores profesionales de nuestra nacionalidad. La meritocracia como forma de acceder a la función pública puede ser la aliada perfecta de la institucionalidad y la democracia.
Finalmente, ¿quién puede dudar de que la transparencia en la gestión pública es la mayor clave del éxito de la democracia como sistema de gobierno? La transparencia, entendida no solo como la muestra constante de procedimientos y resultados, sino también como la adopción de conductas implacables por parte de las autoridades, incluso en relación a su vida personal y familiar, es muchas veces necesaria para generar confianza entre el pueblo y su gobierno, y así mejorar y ampliar la democracia.
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