Algunos datos para comenzar a reflexionar sobre política: en 2024, existen más de 254.000 personas que tienen criptoactivos en Bolivia (BCB); entre los 10 principales youtubers de Bolivia, suman más de 46,9 millones de seguidores (Buscador de IA de Google); los bolivianos gastamos más de Bs. 233 millones al mes en actividades de ocio y entretenimiento (UNIFRANZ); para abril del 2024, las motocicletas eran el vehículo más utilizado en Bolivia y superaban las 800.000 (INE); la tasa de fecundidad en Bolivia está en 2,1 nacimientos por matrimonio, mientras que en los años 70 del pasado siglo estaba en 7,5 (INE); el desempleo ilustrado (jóvenes con título pero sin empleo) llegaba el 2019 al 15%, mientras que el desempleo en general estaba en el 5% (CEDLA).
¿Por qué comenzar un artículo de análisis político con estos datos? Para ilustrar, con apenas pinceladas, la realidad de una sociedad que se transforma y mueve ansiosamente en diferentes ámbitos (económico, tecnológico, interrelacional, educativo) y en diferentes ritmos, pero esencialmente hacia adelante, hacia el imaginario deseado de la «modernidad».
Coincidiremos en que lo sucedido en el país desde el 2005 marcó un quiebre trascendental en la historia de Bolivia. También en que es evidente que la velocidad, profundidad y amplitud de este cambio fue enorme y dio forma a un país y una sociedad que, para muchas y muchos bolivianos de más de 50 años, es irreconocible. Pero ahí está: TODO ha cambiado de manera sustancial. Todo menos, aparentemente, la política.
Persistencias en la política
Mientras la población boliviana, especialmente los jóvenes, explora novedosas rutas para construirse una mejor vida y va construyendo una sociedad muy diferente a la Bolivia de principios de siglo, el sistema político parece anclado en modos, personas y enfoques de hace 40 años.
Algunos de los rasgos más negativos de la política boliviana persisten de manera ciega a los cambios de época.
El ultrapersonalismo. La política boliviana, como gran parte de la latinoamericana, está definida por los caudillos. Los hombres (y algunas mujeres) fuertes que se colocan en el centro de las maquinarias que buscan el poder en sus respectivos países y se transforman en una suerte de tótems alrededor de los cuales bailan todos los que quieren participar de la fiesta.
El culto a la (su) personalidad, impulsado por el expresidente Evo Morales, fue quizás el rasgo más pernicioso de su gobierno, pero la reciente firma del acuerdo entre Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina, Carlos Mesa y un representante de Luis Fernando Camacho nos recordó que el personalismo es patrimonio de todo el sistema político boliviano.
Sin partidos, sin propuestas, sin militancias, la oposición boliviana baila también alrededor de sus propias imágenes sagradas sin aventurarse a ejercicios democráticos que le permitan renovar sus liderazgos, muchos de los cuales datan de las postrimerías de la Guerra Fría o son herederos del discurso, ahora remozado, del anticomunismo.
El autismo del sistema político. Congregados alrededor de sus caudillos, las cortes de los políticos no parecen estar conscientes de lo que la sociedad boliviana demanda y necesita en esta etapa histórica de la humanidad.
Mientras se debaten en la simple pugna por espacios de poder, le dan la espalda a una nueva era de cambios geopolíticos, tecnológicos, laborales y financieros que ya le pasan factura al país.
Interminables conflictos internos ocupan el tiempo de un sistema político que debería estar dedicado a pensar, con carácter de urgencia, ajustes a un modelo económico que, con sus luces y sus sombras, llevó al país al período de expansión económica más acelerado y profundo de su historia reciente, pero que se muestra insuficiente para capear el nuevo temporal.
Ese distanciamiento entre las prioridades del sistema político y la sociedad boliviana está ocasionando daños profundos a la democracia, a la institucionalidad del Estado y a las posibilidades de futuro del país.
No es de extrañar que, al día de hoy, el sentimiento imperante en la sociedad sea de hastío con la política, incertidumbre y desesperanza. Una encuesta de la FES señala que, comparada con el resto de Latinoamérica, la juventud boliviana es la que tiene un menor nivel de satisfacción con su vida (solo 44%) y muestra una importante predisposición a emigrar del país (54%).
En gran medida, la explosión social que vino aparejada al golpe de Estado del 2019 estuvo alimentada por ese cansancio con el sistema político que encarnaba el MAS y por una demanda de necesaria renovación. Esto también explicaría el 55% de apoyo ciudadano a un Luis Arce que, el 2020, ofrecía esa posibilidad de oxigenar el sistema.
Estas persistencias, como otras más, muestran un sistema político que no sintoniza con una sociedad que requiere con urgencia propuestas viables de futuro y señales concretas de transformación de la misma política. No atender estas demandas puede generar que, en el corto o mediano plazo, se produzcan explosiones sociales como las que vimos en Chile el 2019, en Argentina el 2001 («Que se vayan todos») o en la misma Bolivia el 2003.
Novedades en el escenario
Pero también hay ciertas novedades en el escenario político que pueden ayudar a romper la inercia y las tendencias retrógradas.
El rearme programático popular. El encargo del presidente Luis Arce al MAS de elaborar un nuevo plan de Gobierno 2025-2030 abre la posibilidad de un ajuste profundo del modelo económico, para avanzar hacia uno más sostenible, más amplio en su espectro de opciones y que mantenga sus sellos indiscutibles: su carácter redistributivo y el de garante de la soberanía nacional.
De avanzar adecuadamente, se constituiría en el primer paso de la renovación programática del MAS, que se quedó anquilosado en la agenda de octubre y no pudo proyectar nuevos horizontes de gestión ni siquiera con la Agenda Patriótica del Bicentenario.
Un nuevo actor territorial. Presenciamos la posible emergencia de nuevas propuestas de tipo regional como MORENA, que tendría la potencialidad de dotar de horizonte y poder político propio a El Alto, de la misma manera en que Demócratas y CREEMOS intentan proyectar el nuevo poder económico cruceño a nivel nacional.
Esta posibilidad incorporaría un nuevo núcleo sociopolítico a los cinco ya existentes y se colocaría en el cruce de lo occidental y lo identitario, renovando, aunque fragmentando, el campo popular. Queda por ver si esta alternativa cristalizará.
El empresariado global quiere poder político: se veía venir, pero igualmente sorprendió el ingreso del empresariado multinacionalizado a Bolivia con la aparición de Marcelo Claure, quien le ofrece a Bolivia no ser su presidente, sino su dueño.
Colocándose por encima del Órgano Electoral para financiar las elecciones primarias de la oposición; por encima de las organizaciones, partidos y dinámicas sociales, ofreciendo desarrollar un plan de gobierno en un think tank norteamericano y formar a medio millón de nuevos líderes nacionales en una academia de su propiedad, es una novedad globalizada pero con aire de nostalgia.
Es el retorno del patiñismo pero con formas semejantes a las de Elon Musk o Donald Trump. No hay que desdeñarlo, porque luego de oírlo, más de un frustrado boliviano habrá exclamado: «ese es el dueño que necesitamos los bolivianos».
Estas tres novedades abren, por lo menos, la posibilidad de romper la inercia y la chatez de un sistema político boliviano que parece no comprender a la nueva sociedad boliviana y a sus ciudadanos, y que en los últimos años parece verla de manera indolente desde un lejano y rojo planeta.
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