Fue un astrónomo aficionado australiano quien, el pasado 19 de julio, descubrió la presencia de una mancha negra de grandes dimensiones cerca de la región polar del planeta Júpiter, el mayor del sistema solar.
El impacto ocurrió apenas unas tres o cuatro horas antes de la detección de la mancha, en el lado oscuro (de noche) de Júpiter, por lo que no pudo ser observado directamente, y en una latitud muy alta, cerca del Polo Sur del planeta.
La trayectoria fue opuesta a la que siguieron los fragmentos del cometa Shoemaker-Levy 9.
Alertados los grandes observatorios del mundo, entre ellos el telescopio Hubble, confirmaron en pocas horas que la mancha era el residuo de cenizas dejado tras el impacto de un cometa o asteroide.
Nube. Según los análisis, publicados en Astrophysical Journal Letters, la mancha principal, una nube muy negra formada por los residuos del impacto, alcanzó un tamaño de unos 5.000 kilómetros en la atmósfera de Júpiter, si bien estaba rodeada por un halo producido por la caída del material expulsado de la atmósfera de hasta 8.000 kilómetros, un tamaño entre el de Marte y el de la Tierra. «No sabemos si la densa nube es producto de los residuos del objeto.






