Es viernes, y Rosa y Pedro (nombres ficticios) están a punto de subir a un avión, pero se detienen a contar su vivencia con una de sus gemelas. La pequeña sufre parálisis cerebral leve, que le afecta al brazo y a la pierna izquierda. A los tres meses observaron que tenía la mano muy cerrada, y a los seis que movía menos el brazo.
«El pediatra nos decía que no parecía nada, pero acudimos a la consulta de Neuropediatría del hospital de La Paz, de Madrid». Ahí les dieron el diagnóstico, leve, por eso tardaron en notarlo.
«La niña tenía unos siete meses y enseguida comenzó con fisioterapia. Cuando tuvo más de un año le empezaron a infiltrar toxina botulínica (bótox) cada cinco meses y le pusieron una prótesis nocturna. El cambio fue espectacular. Hoy, con tres años, sigue el tratamiento. Es una chiquilla alegre, le encanta nadar, tirarse por los toboganes, y apenas se le nota», cuenta la madre.
La incorporación de la toxina botulínica tan temprano es una novedad que cada vez gana más evidencias entre los médicos. Desde hace más de 20 años acompaña al tratamiento convencional de los espasmos (estimulación física, ayuda mecánica y cirugía), pero el uso en niños con parálisis cerebral sólo está indicado a partir de los dos años.






