Los lentes, sin embargo, no ocultaban del todo la hinchazón y los moretones alrededor de sus ojos, producto de la golpiza que recibió de su pareja la semana pasada por haber salido de paseo con sus amigas «sin permiso».
Como ella, al menos ocho de cada 10 mujeres son víctimas de violencia en Bolivia, muchas de las cuales desconocen que su vida corre peligro.
En el mes de la campaña nacional contra la violencia hacia las mujeres (el 25 es el Día Internacional), el Cidem elaboró una cartilla con información para que tanto la mujer como sus familiares identifiquen una o más situaciones de riesgo al lado de una pareja violenta.
Algunos de al menos 20 indicadores son los celos desmesurados del varón, el hecho de que éste encierre a su pareja, que le impida salir, trabajar o estudiar, ver a sus parientes o amigos o lucir una buena apariencia (ver cuadro de la derecha).
Al igual que Esther, cada día llegan a las oficinas del Cidem El Alto decenas de mujeres maltratadas, algunas por primera vez, otras vuelven después de meses y otro número porque mantiene procesos legales contra sus ex parejas para que no las acosen, informó la coordinadora de Servicios Legales de esa entidad, Gladys Achá.
«De enero al 17 de noviembre, se reportaron 2.896 consultas; 560 usuarias nuevas. La mayoría son mujeres casadas y tienen de 18 a 30 años. La violencia que sufrieron no sólo fue la física, también sexual, psicológica y hasta económica. El Alto es la ciudad con más casos de agresión a mujeres en Bolivia, por ello el trabajo de prevención es más fuerte», sostuvo.
A nivel nacional, el observatorio del Cidem reportó, en el primer semestre del año, 69 asesinatos de mujeres, de ellos 26 son por inseguridad ciudadana y 43 feminicidios, es decir que murieron en manos de sus parejas. El Alto, con 14 casos, es la ciudad con más casos y le sigue La Paz (6).
Ante la pregunta de por qué una mujer soporta la violencia, Achá explicó que los factores más comunes son el miedo a la reacción de la pareja, la esperanza de que él cambie, el deseo de que los hijos crezcan en un hogar constituido y, en especial en los estratos superiores, la vergüenza de exponer los vejámenes ante la familia y el resto de la sociedad.
Las profesionales de la organización alertan que ni siquiera la familia alerta del problema, a pesar de saber de su existencia, sino hasta que surge un desenlace fatal. En muchos casos, es la propia víctima la que les pide no entrometerse. «El iniciar un proceso judicial es bueno para ellas, pero nosotros no decidimos por ellas, sólo les damos múltiples puertas de salida para que abran una de ellas, pero algunas reaccionan recién después de muchos años de haber soportado la violencia dentro su hogar», dijo la abogada de la entidad, Janeth Nogales.
El trabajo del Cidem
Fundada hace 27 años tiene el objetivo de ayudar a las mujeres en dar a conocer sus derechos. Ofrece servicio legal, psicológico y social gratis.
El agresor cambia de carácter súbitamente
Sin importar la clase social, la baja autoestima en la mujer y la sobreestima en el caso del varón son los perfiles que denotan una relación de agresión y violencia en una pareja, según las profesionales del Centro de Información y Desarrollo de la Mujer (Cidem).
Las psicólogas Zoraida Páez y Rosario Chuquimia, y la trabajadora social, Rosario Mamani, explican que el perfil del agresor es, en muchos casos, el de alguien con la apariencia de ser una persona sociable, amable, correcta, pero que tiene dificultades para establecer relaciones interpersonales y de confiar en otros.
«Una de las características es el cambio de carácter de manera repentina debido a la falta del control en sus impulsos y emociones. Muestra actitudes pasivas y agradables frente a otros y es violento con su pareja», describió Páez.
En cambio, la víctima presenta una actitud de miedo, depresión, se aísla de los vecinos y hasta familiares, descuida su apariencia personal, tiene pensamientos suicidas y en algunos casos abusa del alcohol o las drogas.
Chuquimia explicó que la mayoría de estas personas, tanto las agredidas como los agresores, provienen de hogares violentos.
«En el caso de los varones, al haber crecido dentro un núcleo violento, lo que hacen es replicar lo vivido porque piensan que es algo normal. Lo mismo pasa con las mujeres que se vuelven sumisas y que al tratar de escapar de su hogar, se casan con alguien que tenga el carácter de su padre o hermanos que la maltrataban», manifestó la especialista.
La obligó a beber raticida
El esposo le dio a escoger cómo morir
El Alto – Juana (nombre ficticio) era esposa de un efectivo de la Policía, que murió este año bajo presión del uniformado.
Desde que se casó, Juana aguantó golpes de su pareja y con el transcurso de los años comenzaron las agresiones sexuales. Estuvo aislada y la familia de su esposo jamás la defendió cuando era agredida, al contrario la vigilaba para que no salga de casa. Cierto día tomó la decisión de abandonar a su marido y así acabar con la cadena de violencia.
Cuando ella le comunicó su decisión, el marido que vivía obsesionado por los celos, pensó que lo hacía porque salía con otra persona. Esa mañana no la pegó, ni insultó, salió de casa de manera tranquila, pero al regresar por la noche, todo cambió.
Lo primero que hizo el esposo fue golpearla e insultarla porque no estaba de acuerdo con el pedido de divorcio, ya que desde su perspectiva, lo abandonaba para «irse con otro».
No reconoció ni quiso aceptar que su esposa se había cansado de que él la golpee constantemente.
Fue así que el esposo de Juana colocó sobre la mesa una botella con gasolina, un cuchillo, una pistola y un sobre de órganos fosforados.
«Elige cómo te gustaría morir, porque tú me quieres dejar y no lo puedo permitir, tú eres mía y si quieres irte, te vas muerta», le dijo, según el registro de casos del Cidem.
Las alternativas eran recibir un balazo en la cabeza; arder tras ser rociada con gasolina; ser despedazada con el cuchillo o tomar raticida. Según la investigación, Juana optó por el veneno y, tal como él lo había previsto, murió. Luego, el policía fue detenido y procesado.
Suturó sus genitales
La encerraba en casa antes de viajar al interior
La Paz – Carla (nombre convencional) decidió denunciar las agresiones sufridas de parte de su esposo cuando ella consideró que él había llegado al extremo.
La mujer, 12 años menor que su concubino, soportó violencia sexual de su pareja desde que decidieron vivir juntos, según un registro de casos que lleva el Cidem.
La pareja de Carla viajaba con frecuencia al interior del país llevando mercadería a las provincias.
Al principio, la dejaba encerrada en su cuarto con lo necesario para que no salga a la calle y a su regreso lo primero que hacía era revisar y oler sus prendas íntimas, además de tocar las partes íntimas con el pretexto de verificar si estuvo con otro hombre.
Conforme pasó el tiempo, la desconfianza y los celos del concubino fueron en aumento. Se aseguraba de comprar lo necesario para dejarla en la casa y evitar que su pareja salga a la calle o converse con cualquier vecino del lugar.
El extremo ocurrió cuando, en uno de sus viajes al interior, procedió a suturar los genitales de Carla. Las súplicas de la mujer para evitar la acción y el juramento de que nunca le sería infiel fueron vanas, él desoyó su clamor.
La agresión fue el detonante para que Carla busque el apoyo del Cidem, con cuyo asesoramiento planteó una denuncia ante la Brigada de Protección a la Familia y la Policía.
Interpuso la demanda por violencia intrafamiliar y sexual y presentó un certificado forense como prueba para que la justicia acepte su decisión de separarse de él. Un juez determinó, además, que su ex concubino no puede acercarse otra vez a ella. Su temor es llegar a ser agredida e incluso asesinada porque no tiene familiares en La Paz.
El caso de Carla se constituye en uno de los más extraños de violencia sexual reportados al Cidem.
Un terrible hallazgo
Sacó piedras y mixtura de sus genitales
El Alto – Maruja (nombre convencional) tiene un esposo celoso; aunque asegura que jamás la golpeó y la quiere mucho, no le permite tener amistades.
A principios de septiembre, ella interpuso una denuncia ante la Policía por temor a sufrir nuevas agresiones sexuales, como la que experimentó en agosto.
Según su relato, su suegro, que es yatiri, la invitó a participar de una mesa que iba a dar a la Pachamama (Madre Tierra) para que a su hogar no le falte nada.
Tras colocar la ofrenda sobre el fuego para que se consuma, el yatiri (su suegro) le entregó un vaso con un líquido para que lo beba. Sin sospechar nada, Maruja ingirió el contenido y hasta hoy no recuerda nada de lo que pasó entonces.
Al día siguiente, despertó en la cama de su hogar, con un fuerte dolor en el vientre. Fue al baño para orinar pero no pudo hacerlo, se palpó con los dedos los genitales y para sorpresa suya, piedras y tierra salieron de su vagina.
De inmediato, se fue a consultar al centro de salud; el médico le certificó que en el interior encontró tierra, piedras, globos y mixtura. En este caso, el equipo de profesionales del Centro de Información y Desarrollo de la Mujer apoyó a la víctima a interponer la denuncia por violencia sexual.
Según las indagaciones iniciales, el suegro habría dicho que sólo le dio el brebaje para que ella nunca abandone a su hijo, pero negó que hubiera colocado los objetos dentro de Maruja e incluso la acusó a ella de provocarse el daño.
Cuando el marido se presentó a la audiencia negó toda sindicación y aseguró que el culpable sería el amante de Maruja.
El juez, al conocer todos los antecedentes, ordenó la detención del esposo.
Tuvo que huir con su hijo
Golpes y maltrato eran la rutina diaria
El Alto – Jacinta (nombre convencional) convivió casi cuatro años con su agresor, con quien tiene un hijo de un año y medio. El mal carácter de su pareja hizo que no vivan en un lugar por mucho tiempo, porque agredía a los vecinos y hasta llegó a hacerlo con su propio hijo.
Jacinta relató que al principio tenía una familia feliz, pero todo cambió desde que su pareja empezó a beber alcohol. Cuando vivían en la casa de los papás de ella, en ocasiones, el hombre llegaba borracho y después de pegarla, agredía a sus suegros. por lo que al tiempo los desalojaron.
Lo mismo pasó en otras viviendas donde eran inquilinos. Para pagar el monto de la renta, Jacinta salía a conseguir dinero lavando ropa. Un día cuando ella, le preguntó a su esposo qué hacía con su sueldo, él respondió con golpes, la arrastró de los cabellos por el piso y luego tomó a su hijo, lo lanzó a la cama y trató de golpearlo con un plato.
A raíz de ese hecho, Jacinta lo abandonó, pero su pareja la amenazó con quitarle a su hijo, por lo que regresó con su agresor. Dos días después, la volvió a golpear hasta hacerle sangrar, porque se enteró que estaba embarazada y la obligó a abortar.
Después de un mes, seguía sangrando y no sabía si era por los golpes, fue al hospital y le hicieron una limpieza porque había restos del feto. En esa época, vivían donde la madre del concubino. Al salir del centro de salud, la volvió a golpear y también su suegra la agredió. Aprovechó un descuido y huyó del lugar junto a su hijo.






