Los científicos buscan evitar que la nicotina llegue al cerebro
Diseñar una vacuna contra el tabaco está siendo complicado. Los resultados de los distintos ensayos sobre la eficacia de estos fármacos, aún en desarrollo, muestran que son seguros, aunque las tasas de eficacia son todavía demasiado bajas. Carlos Jiménez Ruiz, coordinador del área de tabaquismo de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ), no cree que lleguen antes de unos 10 años.
El tabaquismo es una enfermedad que afecta al 30% de los españoles, pero se puede evitar (y tratar), recuerda el presidente de la Separ, Juan Ruiz Manzano. De ahí las grandes expectativas que levanta la vacuna, no solo entre el sector sanitario o los fumadores, sino también en las farmacéuticas.
El esquema que han seguido las compañías se basa en la siguiente estrategia: bloquear la nicotina (el principal agente adictivo del tabaco) en el torrente sanguíneo para impedir que llegue al cerebro y combatir así la dependencia y el efecto placentero del cigarrillo.
Nicotina. La molécula de nicotina es demasiado pequeña para ser detectada por el sistema inmunitario. Por eso, se cuela a través de la barrera que separa el sistema circulatorio del cerebro.
Esta tiene entre sus funciones evitar que las sustancias tóxicas accedan al sistema nervioso central. Allí, la nicotina activa los receptores que desencadenan los procesos de recompensa, adicción y placer típicos del tabaco.
Para evitarlo, las vacunas se fabrican uniendo moléculas de nicotina con un antígeno. Este último puede ser una bacteria, una toxina o proteínas de virus para que actúe.
El propósito es despertar una reacción en el cuerpo para que al detectar este agente extraño estimule la producción de anticuerpos que capturen las pequeñas moléculas de nicotina cuando la persona inmunizada fume.
Los anticuerpos unidos a la nicotina forman un ovillo de elevado peso molecular que se queda atrapado en la barrera hematoencefálica y no llega al cerebro.






