La hoja de parra, la planta con la que Adán y Eva se taparon después de morder la manzana. Desde los dioses de antaño, hasta las tallas en catedrales, estas frondas son un leitmotiv en la historia del arte, reporta BBC.
A veces no más grande que ciertas partes de la anatomía humana, la hoja de parra esconde lo que en algunas épocas el pudor no permitía mostrar pero también revela la larga historia de sexualidad, religión y censura. No tiene que ser una hoja de parra o de higo, puede ser un trozo de gaza, un taparrabos o hasta una enorme culebra.
La hoja de parra es cualquier cosa que cubra lo inmencionable. Pero hay algo que siempre es: censura. Su función es desviar los ojos y la mente de las partes bestiales del ser humano. Paradójicamente, a menudo ha tenido el efecto contrario.
Uso. La hoja de parra floreció o se marchitó de acuerdo con la moral prevalenciente en cada época. No siempre la desnudez fue condenada.
En la Grecia Antigua, estaba muy lejos de provocar vergüenza o repulsión. En esa época se celebraba el cuerpo humano en todo su esplendor. Pero, aunque las esculturas mostraban a seres desnudos, no eran diseñadas como objetos sexuales.
Muchas estatuas fueron inspiradas en atletas desnudos. Contaban una historia sobre esa persona y la sociedad en la que vivían. Eran vehículos para plasmar un mensaje en la esfera pública. Una clave del mensaje era el pene pequeño: un símbolo de dominio y control. Y este pequeño miembro formaba parte de un cuerpo de una perfección imposible.
«En Atenas, en el siglo V a.C, estatuas de hombres musculosos y con cuerpos perfectos estaban por todas partes. Tener un cuerpo así significaba que eras un buen ciudadano griego, decía mucho de tus virtudes y también de tu cerebro», señaló la historiadora Carolina Vout de la Universidad de Cambridge.






