En la Ceja, corazón comercial de la ciudad de El Alto y paso obligado de unas 200 mil personas por día, operan impunes pandilleros y delincuentes. A cualquier hora del día, este lugar parece un hormiguero y los policías desplazados son insuficientes para dar seguridad.
Son las 8.30 del jueves 7 de marzo y una joven llora a la salida del pasaje Wara Wara porque dos hombres le quitaron su teléfono móvil. Su drama es ajeno a las miles de personas que presurosas se dirigen a sus destinos. La víctima se llama Mirta y dice que no denunciará el delito. «¿Para qué? Perder mi tiempo nomás es. Nadie me va a devolver mi celular».
«Es difícil encontrar personas que frecuenten esta zona y que no hayan sido testigos de los delitos de descuidistas y carteristas», afirma un funcionario de la Dirección de Seguridad Ciudadana de la Alcaldía de El Alto, que prefiere el anonimato.
La Razón visitó la Ceja, desde las 8.30 hasta las 14.00 horas, y habló con 20 testigos de robos y hurtos, recogió impresiones de 13 guardias municipales, cinco agentes de tránsito y 10 policías. Además, avistó dos intentos fallidos de bolsiqueadores.
Son las 9.30 y dos jóvenes, que aparentan entre 19 y 25 años, suben las gradas hacia el puente nuevo. Miran de un lado a otro, como si buscasen a alguien que se les hubiese adelantado por tener un paso más rápido, aunque según el lustrabotas Carlos, lo que buscan son transeúntes distraídos. En la jerga delictiva se los conoce como bolsiqueadores o los que esculcan los bolsillos.
Caminan entre la gente que se aglomera cerca a los minibuses; en medio de los gritos de los voceadores, intentan sacar algo del bolsillo de una mujer adulta que aborda un minibús. Ella se percata del intento y el hurto se frustra y, casi simultáneamente, la movilidad parte.
Los delincuentes no se arredran y descienden hacia el reloj de la Ceja, para desaparecer entre la multitud. No se ve a ningún agente del orden.
«Eso es normal acá —cuenta un lustrabotas—, todos los días se ve. Ayer le robaron un bulto a una señora del campo. Los ladrones saben quién no es de acá y prefieren agarrar a la gente recién llegada».
Son las 10.00 y desde el puente se avistan cuatro grupos de tres guardias municipales, cinco agentes del tránsito y cuatro grupos de policías que van en pares. El periodista de La Razón va y viene en busca de testimonios, cuando se percatan de que unos y otros han desaparecido. Son las 11.00.
«Hay unos maleantes, creo que son extranjeros porque hablan diferente, rápido. ‘Trabajan’ en este puente, hace unas horas estaban aquí. Dicen ser de una empresa y que hay una promoción, entonces viene su cómplice y participa del sorteo —que se trata de una apuesta en que uno pone un monto y si ‘tiene suerte’ lo doblan— y le hacen ganar, entonces los ingenuos les dan plata, luego los rateros lo marean y desaparecen», relata una vendedora.
La Razón vuelve sobre sus pasos y se topa otra vez con el mismo lustrabotas. «Mirá, esos rateros —dice con rabia— te están chekeando, si te chocan no sueltes tus cosas». Son los mismos bolsiqueadores de antes. Al darse cuenta que están siendo observados, vuelven a perderse en medio de los peatones que ahora son más, pues ya es mediodía.
«No podemos tomar acciones directas contra los robos, pues nuestra función en estos casos es la de dar parte a la Policía, pero a veces los agarramos (a los ladrones) igual, porque si primero se va a dar parte, ya desaparecen», dice un guardia municipal que está parado cerca del Reloj de la Ceja.
Felcc. Un policía de Tránsito cuenta que los sectores más frecuentados por los delincuentes son el Reloj de la Ceja, la parte baja del puente nuevo, la «Oreja de Mono» (que conecta el puente citado con la avenida 6 de Marzo) y ésta última arteria, debajo del puente. «Ahorita se llevaron a un ratero a la FELCC, le quitó un celular a un joven», indica la autoridad.
Debajo del puente, los minoristas denuncian que son frecuentes este tipo de hurtos.
A las 14.00, y en la avenida 6 de Marzo, hay filas de minibuses que se pierden a lo lejos. Dos muchachos van y vienen seguidos de lejos por una mujer. Tienen la misma actitud de los descuidistas de la mañana y, efectivamente, los jóvenes chocan a una mujer que aguarda un vehículo del transporte público y la distraen.
En la confusión aparece la que iba tras ellos y desliza su mano intentando abrir la cartera de la víctima, que no se percata de sus intenciones pero sí otras personas que aguardan como ella, lo que es suficiente para que los malhechores desistan y desaparezcan al instante.
Ese día se intentó conversar con agentes de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC), en la calle Raúl Salmón, pero argumentaron que no tenían autorización para dar información a los medios. Cuando se trató de hablar con el teniente coronel Adolfo Cárdenas, este no se encontraba en ese momento y el contacto telefónico fue imposible.
Comerciantes temen sentar denuncias
Los comerciantes minoristas de la Ceja atestiguan diariamente robos menores de celulares, billeteras y otros realizados por descuidistas y bolisiqueadores, pero se hacen de la «vista gorda» por miedo a las amenazas de los delincuentes, contaron cinco vendedores a La Razón.
«Yo miro a otro lado cuando hacen sus cosas (robos), porque nos amenazan y son vengativos. Sobre todo los que roban tempranito, de 5.00 a 6.00, son los más violentos. Esos, como es temprano y no hay policías, agarran y ahorcan a los mareaditos hasta que se desmayan y luego les quitan todo. Yo miro a un lado porque nada les importa y son peligrosos», dijo una vendedora.






