Manuel, de 31 años, ciclista habitual en una gran ciudad española, teme por su integridad cada vez que se echa a la calzada, sorteando coches, autobuses y socavones. A Carmen, que camina hasta su trabajo cada día, le indigna que vaya a cruzar una calle y un ciclista casi la arrolle porque no respeta el semáforo.
Y Carlos, desde su coche, ve con simpatía las dos ruedas, pero reconoce que acaban siendo molestia y peligro cuando circulan por la calzada. La cohabitación no está siendo fácil, pero aun así la bicicleta se abre paso en las grandes urbes a un ritmo imparable.
Es sostenible, humaniza las ciudades, combate el sedentarismo, suele ser divertido y, por si fuera poco, proporciona una grata sensación de libertad, argumentan fieles defensores.
Hasta no hace mucho había una decena de urbes españolas con sistemas de préstamo público de bicis, hoy cuentan con él más de 100 municipios.
El avance es notable pese a que pocas ciudades están bien adaptadas para las dos ruedas. Casi 35 millones de españoles —nueve de cada 10— saben montar en bici, 21 millones aseguran que disponen de una para uso personal, 15,5 confiesan que son usuarios con alguna frecuencia y 2,5 millones son habituales, casi a diario, de este medio de transporte.






