La mayoría de los museos muestran objetos únicos, preciados e insustituibles, pero en la capital de Tailandia, una gran potencia exportadora de falsificaciones, no podía faltar uno sobre plagio y engaño con las piezas más inverosímiles.
El museo, con más de dos décadas de antigüedad, alberga cerca de 3.500 productos, desde objetos comunes en cualquier mercadillo del mundo como camisetas, cinturones o perfumes, hasta los más llamativos, como guitarras, llantas de coche o motocicletas preparadas para circular por las calles.
Los originales y las falsificaciones se mezclan a lo largo de la sala de exposiciones, sólo con la diferencia de una etiqueta que identifica la real, que lleva una «g», y la que es copia, a la que le han puesto la letra «f».
El objetivo de este «museo de las copias», creado por la firma de abogados Tilleke & Guibbins en su sede tailandesa, es «concienciar» a los visitantes sobre la importancia de preservar los derechos de la propiedad intelectual.
«Para las compañías, lo más importante es su logo, es su sello de presentación. Por eso no quieren que se les relacione con objetos de calidad inferior», explica a EFE la abogada Clemence Gautier durante una visita guiada por el museo.
El despacho de abogados organiza pases donde no sólo se intenta «educar» a los niños, sino también ofrecer un «entrenamiento» a policías o jueces para que aprendan a diferenciar las copias de los originales. Con la expansión de internet, la venta de objetos no originales se ha multiplicado.






