Enigma
Cuál será la última palabra
que entre o salga de mis sentidos,
antes de que se me apaguen
como las luces de una casa:
el oído, la voz,
la mirada.
¡Cuál será esa palabra!
¿Será dicha, leída
o sólo escuchada?
Y en qué lengua: ¿nativa,
o extranjera?
¿Reconocible
o totalmente ajena?
¿A qué, a quién
se dirigirá esa palabra?
Pena
Y se quedarán los
pájaros cantando.
J.R.J.
Me da una pena indecible
decirles para siempre
adiós a las palabras.
De todas las lenguas,
y mucho más
a las amorosas de la nuestra.
Y todo por un silencio
que no es nada sin ellas,
por una mudez
que ni siquiera es ausencia
sino pura pérdida.
Me dan pena mis oídos
que ya no escucharán
la voz de nadie,
y mis labios
que no nombrarán ya nada;
mientras ellas seguirán,
palpitantes, de labio en labio,
revoloteando en el aire,
con sus alas ya imposibles
para mi voz apagada.
Perplejidad
Qué cosa extraña, Lejana:
nunca te recuerdo desnuda,
siempre llevas algo puesto:
un abrigo rojo,
una falda larga
y, en pleno verano,
una blusa cerrada.
No, nunca amanecen en
mi memoria
tus senos descubiertos,
ni tus muslos,
ni el fino triángulo
que cubría tu sexo.
Tu desnudez permanece
como una flor en la sombra,
como si alguien me castigara
devolviéndote
no sólo a tu misterio
sino también a tu virginidad.
Y pensar que, entonces,
ardíamos juntos
como un par de leños.
Qué riguroso, Lejana, el modo
en que volvieron a vestirte
las manos del tiempo.
La invitada
Parco –parvo– todo adjetivo
para su manera de saludar,
de quitarse el abrigo,
de sentarse en el sofá
y cruzar las piernas
cubiertas por la falda
besándole los tobillos,
y de aceptar un vaso de agua
y luego una copa de vino
y su modo de alzarla
entre el índice y el pulgar
como si de un clavel se tratara;
y su forma de entrar en confianza
–sin suprimir la distancia–
regulando en cada palabra
la temperatura del diálogo,
y el tono de su voz
al referirse a su infancia
en Londres, y de paso
decirnos su edad
sin esconderse los años,
y, a la mesa, el roce de su mano
sobre el mango del cuchillo,
poco antes de empuñarlo
y su caricia a la servilleta
antes de desplegarla
y pasarla por los labios
dejando apenas huellas,
y, en la sobremesa,
su sonrisa al mencionar
al ex marido, y otra, radiante,
al nombrar a su hijo,
y al cabo mirar el reloj
y exclamar: “¡Qué tarde, Dios mío!”,
para levantarse serena,
retomar el abrigo,
dar las gracias y despedirse
en la penumbra del pasillo,
dejándonos sumidos
en la nostalgia de su imagen,
mirando su sitio vacío,
sin poder imaginarla en su cuarto
ni precisar cuánto
hace que se ha ido.
Eduardo Mitre
Poeta de la claridad y la celebración
Nacido en Oruro en 1943, Eduardo Mitre ocupa un lugar central en la poesía boliviana contemporánea. Desde Ferviente humo (1968) ha construido una obra marcada por la claridad, la precisión y la celebración. Sus últimos libros –El paraguas de Manhattan (2004), Vitrales de la memoria (2007) y Al paso del instante (2009)– han sido editados por el sello español Pre-Textos. Los poemas “Enigma” y “Pena”, reproducidos en esta página, fueron publicados en el número de mayo de la revista mexicana Letras Libres, de la que el poeta boliviano es asiduo colaborador.






