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Pirotecnia

Ensayo miedoso de literatura ultraísta

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/ septiembre 9, 2012
en Tendencias

Hilda Mundy (1912-1982)

Tres
Para sentir con intensidad plena la vida de ciudad, hay que
fugarse de los límites lógicos y de lo pre-establecido, remozando la sensibilidad con “flejes” nuevos.
Pensad que los suicidios se originan por un alto porcentaje de aburrimiento, que hay que evitar “aseptizando” de modo
conveniente… el espíritu.
Cuando el hastío quiere sobornarme, al punto me invisto
de particularísimas funciones.
Me siento imaginativamente:
Inspector oficial de viandantes.
Artista delicado de las canchas de foot-ball.
Contralor asiduo de los flirts perrunos.
Visador de residuos.
Representante de las alcantarillas.
Y a renglón seguido, el cansancio huye, revolucionado, sobrecogido de espanto, como un “monago” en deserción de amor…

Siete
Pasan los automóviles con música de motores satisfechos, amortiguados…
Patinan lentamente acariciando el asfalto…
De bellos y artísticos semejan frascos de Colonia…
Se definen musicalmente por sus líneas melódicas, por sus
bocinas micro-saxofónicas…
(¿Qué verso se descubrirá que tenga el ritmo figurado de la
marcha del “auto”?)
Este carro suave, encristalado es el reflejo del aristócrata
holgazán que pierde la fe y la voluntad.
¿Por qué el hombre pospone sus piernas de innegable vitalidad, con neumáticos a prueba de manómetro?
En el automóvil nace del desenfreno. Los que caminan en él acostumbrados al derrumbe de paisajes, anhelan aún el
derrumbe de la humanidad.
Los hombres inficionados de volantes, palanquetas, carrocerías no sienten la pelusilla  fina de las cosas…
Incluso, los carros ofreciendo la molicie de sus asientos matan la actividad, la energía de las generaciones.
Mirad el carro que cito al principio, rodando un ocio de
millonario y con la ridícula puerilidad de adelantarme…

Trece
Hay que poner una atención nueva a la importancia de las losas públicas.
Hay que darles su lugar en un folleto, porque forman la ciudad y perspectivan el piso de las grandes avenidas.
El adoquín nació en el seno rugoso de un paisaje de piedras. Tuvo su peculiaridad de cansancio como todas las rocas de
natalidad perdida en los orígenes.
Se diría: su estado salvaje, dolménico.
Luego una mano de picapedrero lo cinceló; y geométrico y
limpio de hinchazones y de aristas plurales quedó ubicado en una calle cualquiera.
Vedle: urbanizado en último plano, achatado, sencillo,
aguantando en su torso las pisadas de todos nosotros —pobres mamíferos inferiores a los pingüinos de France—.
Los acusadores privados de los vocabularios lo han calumniado y el vocablo ADOQUÍN tiene doble servicio, como tal y como apóstrofe.
Apóstrofe donde pueden caer juntos sin inconveniente:
el más tupido entendimiento y la más magnífica imbecilidad.
¡Podre adoquín!

Veintiuno
Me encantan: los tranvías —juguetes grandes—. Son calmos y tranquilos. Si hubiesen sido sediciosos y anarquistas, hace rato habrían dado fin con esos aerolíneos joyantes y “atortugados”, llenando las calles con entrañas de acero. Pero son calmos y tranquilos…
Me encantan: los decorativos tranvías pendidos al hilo eléctrico con una expresión de colgamiento arrastrado. Su falta desfigura completamente la urbe. La hace fea. Parece que le hubiesen arrojado algún ácido corrosivo.
Tengo una preferencia marcadísima por la plataforma “tranviaria”. En plataforma encontré resumido el sentido de la libertad. Me parecía pesadez supliciatoria encontrarme ahí dentro, al lado de las damas, alguna de las cuales, si estaba “binoculada”, tenía la impertinencia de mirarme fijo como diciendo: “aquí va la
andrógina espiritual”. —Defino la mirada. No me equivoco. Hay visuales que son embestidas de agresividad dura y quemante.
En la plataforma con todos los embarcados de última hora, tenía dos mundos disponibles: los viajeros del tranvía sentados
infantilmente frente a frente y el panorama huidizo, artístico de la ciudad. Ejercicios de piscología instantánea y aptitudes de fotógrafo de feria que enfoca las perspectivas de las calles.
¡Ciencia y Arte por la suma módica de veinte centavos!

Veinticinco
Para ver la vida risueña, con la coloración más panteística y “bienavenida”, nada mejor que acostumbrarse al uso desmedido de puntos suspensivos. En ellos coexisten maravillosamente la gracia de vivir y la sutileza. ¿No conocéis la embriaguez de los puntos suspensivos…? Se cataloga en lo maravilloso. Uno va colocando pródigamente los munditos en la máquina y el artículo y el corazón se van riendo de tanto atisbo picaresco e irónico.
Cuando veo una fisonomía resabida, disecada en la disconformidad de muchas arrugas digo: “Este hombre tiene pobreza de puntos suspensivos”. “Los desconoce”. Y efectivamente así es… debe ser…
La extrema familiaridad con estos signos hace llegar al descubrimiento insólito de tener en la voz puntos suspensivos—. En la charla de algunas mujeres inquietantes los he encontrado alevosa e intencionalmente, cuando tratan de “mundanalidades” y prolongan la palabra final con un cabrilleo de ojos expresivos… deleitosamente expresivos….
Siempre, siempre huyamos de la prosa vieja y severa, de la
seriedad del sabihondismo, a trote sobre puntos suspensivos, que en carrera cinematográfica se ven así:
“………………………………..”

en tendencia: pirotecnia

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