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El malestar de la cultura

Las ideas de cultura y arte siempre están en cuestión. El año que se fue dejó algunas reflexiones sobre el asunto que merecen atención

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Por Rubén Vargas - periodista
/ enero 6, 2013
en Tendencias

Mario Vargas Llosa aprovechó de manera muy eficiente el amplificador del prestigio que significa ser Premio Nobel para hacer escuchar su voz alarmada por la banalización de la cultura. En 2012 publicó La civilización del espectáculo (Alfaguara), un libro que recupera una virtud, a estas alturas ya anacrónica, que solía acompañar a algunos escritores serios: ocuparse de cuando en cuando de asuntos de interés público y no sólo, como hoy es hábito, de su posición en el ranking de los best-sellers antes del desayuno.

¿Cuál es la civilización del espectáculo? La de un mundo, dice Vargas Llosa “donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”. El Nobel reflexiona sobre las razones que han llevado a esa supremacía del espectáculo —que determina la banalización de la cultura: todo debe ser light— poniendo en relación crítica la cultura de hoy con la política, el poder, la religión e incluso el erotismo. Como todas las consideraciones generales, las de Vargas Llosa están destinadas a la polémica —una interesante prolongación de su libro fue el diálogo que sostuvo sobre el tema con Gilles Lipovetsky en las páginas de la revista Letras Libres—.

Más interesante e inmediata, en cambio, es su diatriba contra ciertas manifestaciones del arte contemporáneo frente a las cuales siente —sensación compartida por más de uno— que le están “tomando el pelo”. En las artes plásticas, dice por ejemplo, la frivolización ha llegado a extremos alarmantes y las ha convertido “en un carnaval donde genuinos creadores y vivillos y embusteros andan revueltos y a menudo resulta difícil diferenciarlos”.

El título del libro de Vargas Llosa se parece al que Guy Debord —un contumaz vanguardista que ensayó todas las formas de la rebelión— publicó en 1967: La sociedad del espectáculo. En sus páginas, Debord denunciaba la suplantación de la realidad por su representación; una representación que, manipulada por los medios de comunicación, había logrado una vez más alienar —en el sentido marxista— a las masas, presas ahora del consumo y del espectáculo.
El libro de Debord fue muy influyente en el Mayo del 68 en París. Ese manifiesto y el propio Mayo del 68 fueron, acaso, el último intento por alinear en una sola realidad el pensamiento, el arte y la vida; por pensar que el trabajo podía ser una liberación creativa y no una esclavitud. (“Seamos realistas, pidamos lo imposible”, decía uno de los célebres carteles del Mayo francés.) Ese fue el viejo sueño de todas las vanguardias. A esa ambición liberadora que movió de diversas maneras a todos los movimientos vanguardistas del siglo XX dedica Carlos Granés El puño invisible, arte, revolución y un siglo de cambios culturales (Taurus), otro de los libros que incide en la crítica cultural que circularon en 2012.   

Es un libro muy atractivo por su escritura a medio camino entre la historia y en ensayo, por la mucha información que ofrece y por su escritura aguda y precisa. Granés va y viene a lo largo del siglo XX como un viajero que manda sugerentes postales de los diversos momentos y lugares de la épica vanguardista, desde el Cabaret Voltaire de los dadaístas hacia 1917 hasta The Factory de Andy Warhol de los años 80. Es una historia zigzagueante de esa épica que creía que el arte y la revolución debían ir de la mano, pero también de sus contradicciones y, finalmente, de su derrota. En las últimas décadas del siglo XX, dice Granés, la actitud rebelde, al convertirse en industria del entretenimiento y del ocio —basta pensar en Warhol— “fue domada por completo”. La legitimación social neutralizó el impulso violento que circulaba por sus venas.

Granés, como Vargas Llosa, cree que, por ello, vivimos la época de la banalización de la cultura. De ser así, esta realidad plantea preguntas: ¿Cómo hablar entonces críticamente sobre la cultura y las artes? ¿Los discursos sobre las artes y la cultura —es decir la crítica— forman parte también de esa banalización?
Es una pregunta de difícil respuesta. El año que acaba de terminar ha deparado, sin embargo, dos libros —entre otros, seguramente— que sin pretender dar respuestas globales a nada ensayan eficientes maneras de hablar sobre las artes de hoy.

Uno de ellos es Escucha esto (Seix Barral) de Alex Ross. En sus abundantes páginas —como ya lo había hecho antes en el estupendo El ruido eterno (2009)— Ross inventa una manera inteligente y seductora para hablar sobre la música. “La crítica musical es una ciencia curiosa y poco fiable —dice— cuya jerga va desde lo insulso (‘La Quinta de Beethoven comienza con tres Soles y un Mi bemol’) hasta lo extravagante (‘La Quinta de Beethoven comienza con el destino llamando a la puerta’)”. “Me acerco a la música —dice también— no como un ámbito autosuficiente, sino como una manera de conocer el mundo”. El asunto es que Ross sabe muchísimo sobre música y a través de la música dice cosas muy interesantes sobre el mundo, es decir, sobre la sociedad, sobre el poder, sobre el arte y los artistas y, por supuesto, sobre la propia música.

“Odio la ‘música clásica’ —dice provocativamente—: no la cosa, sino el nombre. Este encierra un arte tenazmente vivo dentro de un parque temático del pasado”. Así Ross puede escribir algo tenazmente vivo sobre Mozart, sobre Schubert y sobre Brahms, pero también sobre John Cage y John Luther Adams, lo mismo que sobre Radiohead y Bob Dylan, los cambios que introdujo la grabación en la música, la crisis de la educación musical o la música clásica en China.  

Casi al borde del año, la otra novedad fue Atlas portátil de América Latina. Arte y ficciones errantes (Anagrama) de Graciela Speranza. La autora propone una manera propia y muy productiva de hablar sobre las artes visuales de Latinoamérica, sin reducirlas a un componente exótico del main stream occidental, pero, al mismo tiempo, sin asumirlas como una creación adánica del primer día. Se trata de verlas como un proceso, como artes errantes.

En realidad, Speranza prolonga muy originalmente la idea de atlas de que Georges Didi-Huberman desarrolló y puso en práctica en la muestra Atlas, ¿cómo llevar el mundo a cuestas? presentada en el Museo Reina Sofía de Madrid en 2010-2011. Se trata, en suma, de disponer la figura del atlas —piénsese en una lámina de un atlas de anatomía o un atlas de mapas—como un dispositivo de conocimiento que ordena y clasifica visualmente, es decir sensorialmente, pero que nunca se cierra como un objeto definitivo. Basta incorporar un nuevo elemento para que se reconfigure la totalidad.

Así Speranza se ocupa de las obras de algunos de los artistas más interesantes de la actualidad: Francis Alÿs, Guillermo Kuitca, Vik Muñiz, Gabriel Orozco, Cildo Mereiles… y, en algunos casos, los pone en diálogo con escritores, como Mario Bellatin o Roberto Bolaño. El Atlas de Speranza, desde la escritura crítica, traza un dibujo muy libre pero también iluminador de las artes visuales del continente.

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