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360

El mimado director brasileño Fernando Mireilles entrega un trabajo insatisfactorio de punta a cabo

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Por Pedro Susz - crítico de cine
/ enero 27, 2013
en Tendencias

El género —¿podrá considerárselo un género?— ha tenido en el mexicano Alejandro González Iñárritu (Amores perros/2000, Babel/2006, Biutiful/2010) a su profeta y cultor más conspicuo. Grosso modo vendría a ser la ilustración, un tanto pedestre es cierto, de aquella teoría física de carácter holístico según la cual el aleteo de una mariposa en un extremo del mundo puede ser la causa de un terremoto en el otro, en virtud del encadenamiento de diversos fenómenos. O para decirlo de manera más sencilla: todo tiene que ver con todo.

Esta vez el turno es del brasileño Fernando Meirelles (Ciudad de Dios/2002, El jardinero fiel/2005), otro director latinoamericano mimado por los círculos de la industria donde se cree, o se finge creer, que una cierta qualité sería sinónimo de buen cine, malentendido que las películas del mexicano debieron haberse encargado de disipar. Y Meirelles termina de liquidar la discusión con un emprendimiento que contaba de partida con todos los ingredientes necesarios para un resultado interesante, al menos, pero acaba entregando un trabajo insatisfactorio de punta a cabo.

Veamos esos ingredientes: un director que en Ciudad de Dios exhibió cierta fibra narrativa aunada a un estimable sentido del ritmo; el guionista Peter Morgan, responsable de asuntos tan atendibles como Frost vs. Nixon o La reina y que antes, en Más allá de la vida (Clint Eastwood), había trabajado sobre parecida estructura coral hecha de múltiples fragmentos; un elenco con intérpretes de la nombradía de Anthony Hopkins, Jude Law o Rachel Weisz. Por si todo ello fuera poco, la película quiere ser una versión actualizada de La ronda, clásico del cine rodado en 1950 por Max Ophuls.

Como en esa película, el percutor es la historia de una prostituta, eslovaca esta vez y venida de Bratislava a Viena para encontrarse con un empresario británico cuya esposa lo engaña en Londres con un fotógrafo brasileño. La novia de este último, harta de las infidelidades, resuelve regresar a Río de Janeiro y en el vuelo conocerá al padre británico en busca de su hija perdida y al joven exconvicto norteamericano sentenciado por delitos sexuales. En medio, como personajes secundarios, aunque en definitiva todos lo son, pues ninguno de los caracteres es más que un esbozo, encontramos, entre otros, al marido ruso de una chica francesa hastiada de los trabajos de aquél al servicio de un traficante de drogas, drama del cual sueña con escapar entablando un romance con su jefe, dentista musulmán entreverado por prejuicios religiosos.

Verdadero catálogo multinacional de seres, de bajezas y desventuras para un retablo que pareciera ilustrar el irremisible envilecimiento del género humano todo, aunque las frases dichas en off al comenzar y cerrarse el círculo del título entreabran un estrecho resquicio a la esperanza, proponiendo desvíos para hallar una salida. O sea una suerte de reactualización del credo existencialista relativo a nuestra inescapable obligación de elegir siempre, de optar inevitablemente, aun siendo del todo consciente de los riesgos.

Pero es demasiado inferir semejante especulación filosófica de cara a la ligereza con la cual se van despachando  las varias historias sumadas, decir articuladas sería un exceso, a lo largo del relato que sólo levanta vuelo, un poco, cuando por ejemplo se detiene en los dilemas del muchacho enviado a terapia sicológica para sobreponerse a sus obsesiones sexuales.

Justamente en el uso del sexo por Meirelles se encuentra la ilustración más cabal del engreimiento que manda en la forma de abordar este rompecabezas, cuyas piezas son movidas a discreción por el guionista y el realizador, ateniéndose con preferencia al lucimiento formal y desatendiendo la consistencia narrativa, como si ésta fuera una cuestión prescindible.

Lo es por cierto para Meirelles, como lo ha sido para González Iñárritu. La idea en torno a la que revolotea ese juego exhibicionista no se halla exenta de potencialidades dramáticas, sobre todo en este tiempo tan propicio para los desplazamientos y las interconexiones, reales o virtuales, y los cambios que ello entraña en nuestra percepción del espacio y del tiempo. Pero cuando una película apuesta todas sus fichas a la estructura, en desmedro de la historia, debería develarse un gran misterio, alguna diabólica verdad soterrada. Nada así queda al término de tantas idas y venidas, de momentos que destellan principios de situaciones dejadas a medias, del puro y simple malabarismo de secuencias y brochazos apuntados, pareciera, a ilustrar de apuro cuán proclives al Mal somos todos, indistintamente de procedencia, historia personal o encrucijada vital. Todo ello envuelto en una estética relamida, discordante con el miserabilismo de las maneras de proceder endilgadas a los personajes.

Librados a su suerte, los actores se las arreglan como  pueden. Y dado que Hopkins puede mucho, su interpretación es la de mayor peso, pese a un rol casi accesorio. Ben Foster salva su encargo componiendo un creíble abusador cargado de dudas. El resto correcto y deslavado como el film mismo, no obstante su autoasumida importancia.

Ficha técnica

Título original: 360. Dirección: Fernando Meirelles. Guion: Peter Morgan. Pieza original: : La Ronda de Arthur Schnitzler. Fotografía: Adriano Goldman. Montaje: Daniel Rezende. Intérpretes: Lucia Siposová, Gabriela Marcinkova, Johannes Krisch, Danica Jurcová, Jude Law, Anthony Hopkins, Peter Morgan, Moritz Bleibtreu, Riann Steele, François-Xavier Demaison, Jamel Debbouze, Dinara Drukarova,Vladimir Vdovichenkov, Patty Hannock, Djemel Barek ,Rachel Weisz.
Inglaterra, Austria, Francia, Brasil/2011

en tendencia: Tendencias

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