Fragmento del frío
Porque nos volvemos ciegos
en el día que expira con nosotros,
y porque hemos visto a nuestro aliento
nublar
el espejo del aire,
el ojo del aire no ha de abrirse
a nada salvo a la palabra
a lo que renunciamos: el invierno
habrá sido un lugar
de madurez.
Nosotros, convertidos en los muertos
de otra vida que la nuestra.
De sombra a sombra
Contra la fachada del atardecer:
sombras, fuego y silencio.
Ni siquiera silencio, sino su fuego,
la sombra
que arroja un respirar.
Para entrar en el silencio de este muro
debo dejarme atrás a mí mismo.
Luces del norte
Éstas son las palabras
que no sobreviven al mundo. Y hablarlas
es desaparecer
en el mundo. Inalcanzable
luz
que preside la tierra, alimentando
el breve milagro
del ojo abierto…
y el día que habrá de extenderse
como un fuego de hojas
por entre el primer viento frío
de octubre
consumiendo al mundo
en la sencilla habla
del deseo.
Noches blancas
Nadie aquí,
y el cuerpo dice: cuanto se diga
no debe ser dicho. Pero nadie
es un cuerpo igualmente,
y lo que el cuerpo dice
nadie lo oye
sino tú.
Nevada y noche. La repetición
de un asesinato
entre los árboles. La pluma
se mueve por la tierra: ya no sabe
qué va a ocurrir, y la mano que la sostiene
ha desaparecido.
Escribe, sin embargo.
Escribe: en el principio,
entre los árboles, un cuerpo
vino caminando
desde la noche. Escribe:
la blancura del cuerpo
es del color de la tierra. Es tierra,
y la tierra escribe: todo
es del color del silencio.
Ya no estoy aquí. Nunca he dicho
lo que tú dices
que he dicho. Y, sin embargo,
el cuerpo es un lugar
donde nada muere. Y cada noche,
desde el silencio de los árboles,
sabes que mi voz
viene caminando hacia ti.
Pulso
Esto que retrocede
se acercará a nosotros
al otro lado del día.
Otoño: una sola hoja
comida por la luz: y el verde
mirar del verde sobre nosotros.
Allí donde la tierra no se para,
allí también nosotros seremos esa luz,
incluso mientras la luz muere
en la silueta de una hoja.
Mirada boquiabierta
en el hambre del día.
Donde no hemos estado
estaremos. Un árbol
arraigará en nosotros
hasta erguirse en la luz
de nuestras bocas.
El día se pondrá en pie ante nosotros.
El día nos seguirá
hasta el día.
Cuatro
Labios proféticos,
desprovistos de imagen. Mudo
el que espera, asombrado,
sabio entre urnas. La blasfemia desborda
la predicción: la rosa helada
concede sus espinas a un aliento
que marcha con esfuerzo
hacia ojo y olvido.
Sólo nos queda prepararnos.
Desde nuestro primer paso, la voz
está confabulada
con las piedras del campo.
Jeroglífico
El lenguaje de los muros.
O una última palabra:
cortada
de lo visible.
Uno de Mayo. La metamorfosis
del juicio salomónico
en piedra. La justa
sentencia del sendero pronunciado,
desliada en el remolino
de semillas
y recuerdos del polen. No
emerjas, Edén. Quédate
en las bocas de los perdidos
que te sueñan.
Sobre trueno y abrojos: el aire clandestino
arma
a la aliaga del rayo y al silencio
de cada cielo
en barbecho. Hebreo de sangre. O lo que
traduce
el cambio de mi cuerpo
a imagen de la tierra.
Este cuchillo
que tiendo contra tu garganta.
Habla de fuego
Te desvías. Te derrumbas.
Te yergues.
Mecido
por el gong de las horas
que golpeó el acebo
doce veces
más callado que tú, algo, puesto
en libertad por alguien,
salva tu nombre del carbón.
Allí te yergues
de nuevo, respirando
en el sol fantasmal
entre hielo y ensueño.
He llegado tan lejos
por ti: la voz
cuyo eco resuena en mí
ya no es la mía.






