Con El libro entre los árboles, Benjamín Chávez (Santa Cruz, 1971) ganó la primera versión del Concurso de Poesía Edmundo Camargo convocado por la Casa de la Cultura del Gobierno Autónomo Municipal de Cochabamba. Un jurado integrado por Antonio Terán Cabero, Vilma Tapia Anaya, Paola Senseve, Juan Cristóbal Mac Lean y René Rivera otorgó el reconocimiento al libro de Chávez por su “admirable vestidura lírica y una tensión profundamente reflexiva demostrativas de un perfecto dominio de la escritura poética”. El libro entre los árboles es la novena obra de Chávez, quien también ganó el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal en 2006 con su obra Pequeña librería de viejo.
En las páginas de la obra premiada ronda insistentemente un aire de viaje: periplos por territorios, geografías y paisajes muy diversos. En su recorrido por esos espacios, la mirada del poeta es una mirada que descubre y se asombra. Esas sensaciones, sin embargo, se expresan a través de una voz moderada por el gesto de la contemplación y por la necesidad de comprender. Ése es el tono que ha adquirido finalmente la poesía de Chávez. No es casual que su antología personal lleve por título, precisamente, Manual de contemplación (2008).
Rituales
Sentado al mediodía en un banco de la plaza del pueblo,
habiendo fumado ya un par de cigarrillos y
habituándome a la parsimoniosa tarde a lomo de la mula de los años,
la quietud —hoy, de repente— se esfuma con la sombra y los pájaros.
Ha llegado un jeep que se detiene frente a la carnicería
y escupe su carga al salpicado sol de las sangres.
Son cabezas de toros, degollados al sesgo
de la rutina mortuoria, de la cadena alimenticia.
Con un hacha de largo mango
los golpes dan cuenta de la cornamenta
y la furia de la vida resollante en las ventas
se rinde ante el amasijo de ojos como vidrio molido
la carne batida en tempestad mamaria
el mundo trastocado por la muerte
en plena plaza, en plena tarde
a la vista de todos y de nadie.
Atardecer en Cachuela Esperanza
¿La ilusión? Eso cuesta caro
Damiana Cisneros
El rumor del río nombra el fondo
de la tierra y sus promesas cumpliéndose cada día.
La efímera calle de la felicidad
enfrentada a la indomable bravía de la selva.
Cada noche de luces, lo es ahora de sombras.
La iglesia erguida sobre la roca de San Pedro,
el teatro y su privada opereta enmudecida
las ruinas de la casa Suárez en ruinas.
Viejas y nuevas tumbas
en la espalda de la tarde caliente.
A la luz de este día, otro más que se acaba
quienes han esforzado los imperios humanos
—papel de cera calentado a fuego fatuo—
son insectos chamuscados
diminutos huesos de pajuelas crujientes
resignado enjambre mendigando una gota de sangre
cuando cae la tarde en Cachuela Esperanza.
Ocaso en Isireri
Un par de loros volando a sus nidos
rayan con picos engarfiados
el inverso cielo de la laguna Isireri.
Mientras los árboles se ensombrecen
mansas olas confluyen hacia la dorada línea de tu nombre.
Solo, a la orilla de los recuerdos,
siento el sol como tus ojos.
Ahora que no estás dime, ¿quién me salvará de tanta belleza?
Sobre mis hombros pasan las horas
—desfondadas como una vieja canoa—
y se acurrucan en el vientre de la selva.
Cuando vuelves el rostro
y diriges la mirada a un mundo
sin tanta nostalgia
el muelle se hunde sin remedio
en el último destello del adiós.
Más triste que la silueta de un pontón
Los elementos preparados para la comedia —que tan bien conocemos
desconciertan sobre el fondo inquietante
escenografía de traza adolescente: el río
mansas aguas, el cielo de nubes dispuestas
el peso del día —recuerdo de un ayer no diluido
la flor en el ojal imaginado
pétalos de crisantemo: poema a la deriva quieta
un nombre leído a las aguas
pontón amarrado
a las vacilantes luces
o encallado a una arena amarilla y eterna.
Los últimos músicos de la letra
En el coro de la iglesia
allí en San Ignacio de Moxos, disco de aguas crepusculares
donde voces y cantos de la colonia flotan
a la deriva como una canoa que cabecea
en el trunco meandro del río del tiempo
Manuel Jare y otros nombres
gruesos lentes, camisas de manga corta contra el calor
partituras que arrastran la doble, la triple ere del error
perdonando al padre, al abuelo, al copista empeñado
en la mímesis de lo jesuítico —idea de lo sagrado
trascripción muda, sin puentes ni señales
sólo un atado de líneas, un apretado puño
de notas remedadas y la misteriosa aparición de la música
en la humedad del papel, de la selva, de los ojos.






