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José Emilio Pacheco, tarde o temprano

En las últimas décadas del siglo XX, encarnó la figura del hombre de letras y del escritor que es la conciencia moral de su época

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Por Rubén Vargas - periodista
/ febrero 2, 2014
en Tendencias

José Emilio Pacheco ha muerto, pero su obra está viva. Ése es probablemente el lugar común más repetido desde el domingo 26 de enero cuando, en una clínica de la Ciudad de México, el escritor mexicano falleció a la edad de 74 años.

La vigencia de su obra —poesía, cuento, novela, traducción y una generosa producción de periodismo literario— hoy parece al margen de la discusión. Lo que quizás ha muerto con José Emilio Pacheco es un tipo de escritor: el hombre de letras que —así sea a pesar suyo, como en su caso— se convierte en una suerte de conciencia moral de su época.

Hay una larga tradición de este tipo de escritor en la literatura mexicana, no en vano tan proclive a la canonización. Alfonso Reyes quizás no fue el primero, pero sí el más importante en la primera mitad del siglo XX. Y en la segunda, siempre polémico, Octavio Paz. Pacheco heredó de ambos esa manera tan propia que tienen ciertos mexicanos de ser universales, también la erudición entendida como un deber intelectual. Y la vocación por el estilo, no como un don del buen decir, sino como una ética frente al lenguaje.

Pero a diferencia de Reyes y de Paz, Pacheco huyó siempre de la tribuna pública. Desde joven decidió que su obra hablaría por él. Y también a diferencia de ambos no se dejó tentar por la diplomacia, esa suerte de segunda carrera con la que el Estado mexicano premia o domestica a tantos intelectuales. Pacheco quiso ser un ciudadano, un escritor, un vecino de la colonia Condesa.

En 1958 asomó como un joven  de 19 años dotado para la narrativa. La primera edición de La sangre de la medusa y otros cuentos marginales salió en 1959 en los Cuadernos del Unicornio, la editorial con la que Juan José Arreola impulsaba a los nuevos valores. Sus dos grandes amigos de la época, Carlos Monsiváis y Sergio Pitol, han dejado testimonio de esos tiempos en los que, inseparables, fatigaban las calles, las librerías y los cafés del centro de la Ciudad de México mareados de conversación y de literatura.

En cierta medida, los tres marcaron  caminos muy claros en la literatura mexicana de las siguientes décadas.

Monsiváis acabó inventando un género de uso exclusivo en el que se mezclan la pulsión periodística por la inmediatez, la cultura —incluyendo la literatura— entendida como un espectáculo y un barroquismo conceptual frente al cual hasta sus más fervorosos adeptos se ven en figurillas.

Pitol, en las antípodas, es el escritor culto y cosmopolita, impecable narrador que también acabó forjando un género personal mezcla de ensayo, crónica y autobiografía intelectual.

Y Pacheco fue, sobre todo, un gran poeta civil de México, lo que quiere decir un poeta concernido por los asuntos y el destino de la civitas. Y para estar éticamente a la altura de esa tragedia despojó a su poesía de todo afán retórico, trabajó un verso limpio, directo, pero también atento a la música de la calle, es decir al lenguaje coloquial.

A la larga los tres fueron muy famosos. Pitol primero y Pacheco después ganaron el Premio Cervantes. Y el gran mérito de Monsiváis, fiel a su talante, fue no haberlo recibido.  Del alegre trío solo Pitol, el mayor de ellos, está vivo.

Pacheco escribió cuentos —La sangre de medusa, El principio del placer (1972)— y dos novelas: Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981). Pero es su obra poética la que mejor caracteriza su camino de escritor. Reunió sus libros de poemas bajo un solo título: Tarde o temprano. Lo hizo en dos oportunidades, en 1980 y en 2009. Proceder de esa manera fue un  acto deliberado. Para Pacheco la idea de la obra completa era totalmente ajena. Para él, la obra era un proceso sin término final. Nunca dejó de corregir sus textos. No por un afán de perfección —otra idea también ajena a su modo de entender la literatura— sino por voluntad de claridad.

No hay que dejarse engañar, sin embargo. En la escritura de Pacheco no hay un vestigio de ingenuidad. En su poética, claridad quiere decir desnudamiento de la palabra, denuncia de su condición. La palabra no es ni puede ser definitiva, no afirma, ni dictamina, ni da certezas. La palabra es, como el propio poeta, frágil y cambiante.

En un poema de Irás y no volverás (1973) Pacheco deja claro lo que se permite esperar del poema: “el testimonio / del momento que pasa / las palabras / que dicta en su fluir / el tiempo en vuelo”. Y esa posición frente a la fugacidad del lenguaje puede adquirir la forma de una crítica radical a su pérdida de sentido. En No me preguntes cómo pasa el tiempo (1970) dice: “Escribo unas palabras / y al minuto / ya dicen otra cosa / significan/ una intención distinta / son ya dóciles / al Carbono 14”.

La fragilidad de la palabra, su caducidad, es una manifestación de su propia naturaleza. La palabra sólo existe en el tiempo, en un aquí y un ahora, es decir, en la historia. La fragilidad de la palabra es, entonces, la consecuencia de una visión del mundo. Pacheco no es un optimista frente a la historia. A contrapelo de buena parte de los poetas de los 60 y 70 no cree que la historia tenga una finalidad, que lleve a la humanidad a alguna parte. En la historia, para él, no hay redención, sino un juego de poderes que se alternan.

En un poema de Desde entonces (1978) se lee: “La sangre derramada clama venganza. / Y la venganza no puede engendrar / sino más sangre derramada”. Y frente a esta circularidad sangrienta de la historia y la muerte, la única utopía posible o imposible es esta:“No quiero nada para mí: / sólo anhelo / lo posible imposible: / un mundo sin víctimas.”

Esa visión se fue acentuando con el tiempo. A la degradación del mundo y del ser humano por la violencia y el poder se sumaron otros elementos del desastre: la degradación ecológica y, de una manera muy particular, la degradación de su ciudad, México.

Esa denuncia de la historia, esa conciencia crítica de su época llevaron a la poesía de Pacheco un impasse: la profecía apocalíptica no cumplida. Libro tras libro el mundo se derrumbaba y libro tras libro el mundo seguía ahí. A ese impasse comenzaron a reaccionar las nuevas generaciones a fines del siglo XX. Le pidieron cuentas de su pesimismo reiterativo e impune.

Pero Pacheco fue consecuente. Hasta el día de su muerte siguió dando testimonio de su tiempo. Y del tiempo de los otros: lo último que escribió fue un homenaje a su amigo Juan Gelman que se le adelantó unos días en emprender el camino de la muerte.

José Emilio Pacheco traductor de T. S. Eliot

Su primera versión de los ‘Cuatro cuartetos’  fue considerada insuperable

Rubén Vargas 

Alguna vez Guillermo Sheridan escribió que el poeta anglonorteamericano T. S. Eliot debía ser considerado un clásico mexicano. No le faltaba razón: la traducción de Eliot es un deporte literario en ese país. The Waste Land —uno de los poemas más complejos del siglo XX— se publicó en inglés en 1922. En 1930 ya tenía su primera traducción mexicana, obra de Enrique Munguía. Eliot escribió los Cuatro cuartetos entre 1936  y 1942. En 1943 ya Rodolfo Usigli los había traducido, por lo menos en parte, para la revista El hijo pródigo. Y diez años después también lo hizo Vicente Gaos.

En 1989 José Emilio Pacheco dio a conocer su traducción de los Cuatro cuartetos. Se medía con una larga tradición, pero fue unánimemente saludada como una obra mayor. Octavio Paz fue más lejos, dijo que era la mejor traducción del poema de Eliot a cualquier lengua.

El hecho es que ahí estaba el poema de Eliot con todas su vibraciones. Su intrincada búsqueda de la redención, su oscuro tono reflexivo, pero también su melodía y su declarada ambición formal. En más de un sentido Cuatro cuartetos es la contracara de The Waste Land. Es la renuncia a la experimentación y la rendición a la poesía clásica. Me parece la más descarada, por conservadora y pechoña, búsqueda de la salvación. Pero —¡por Dios!— es un poema magníficamente escrito.      

Pacheco no se sentó en su corona de laureles. Secretamente, los siguientes años siguió trabajando para mejorar su traducción, si tal cosa fuera posible. En octubre de 2011, dio a conocer un adelanto de sus desvelos: la nueva versión de “The Dry Salvages”, la tercera sección de los Cuatro Cuartetos, acompañada de un erudito y exquisito cuerpo de notas explicativas. Y en enero de 2014, también en la revista Letras Libres salió su nueva versión de “East Coker”, el segundo de los Cuatro cuartetos.

“En mi principio está mi fin”, dice el primer verso del poema de Eliot. Y la lectura de este nuevo prodigio de la traducción poética se detuvo ahí, ante la noticia de la muerte de José Emilio Pacheco. Esta vez enero resultó el mes más cruel.

Tres poemas de José Emilio Pacheco

Alta traición

No amo a mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Introducción al psicoanálisis

Con Segismundo Freud
tras arduo estudio
descubrió lo que a otro le costó un verso:
el delito del hombre es haber nacido

Fin de siglo

La sangre derramada clama venganza.
Y la venganza no puede engendrar
sino más sangre derramada.
¿Quién soy:
el guarda de mi hermano o aquel
a quien adiestraron
para aceptar la muerte de los demás,
no la propia muerte?
¿A nombre de qué puedo condenar a muerte
a otros por lo que son o piensan?
Pero ¿cómo dejar impunes
la tortura o el genocidio o el matar de hambre?
No quiero nada para mí:
solo anhelo
lo posible imposible:
un mundo sin víctimas.
Cómo lograrlo no está en mi poder;
escapa a mi pequeñez, a mi pobre intento
de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo
con el cuenco trémulo de la mano.
Mientras escribo llega el crepúsculo.
Cerca de mí los gritos no han cesado
no me dejan cerrar los ojos.

en tendencia: emilioJosePachecotardetemprano

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