Regresar, retornar, retroceder, volver, son palabras más que frecuentes en la obra de Roberto Juarroz. Palabras, verbos que se refieren a varias dimensiones confluyentes: retroceder al origen del lenguaje, al sentido de unidad entre el hombre, la colectividad y el universo, a recuperar la inocencia perdida, el paraíso de la infancia. Más que una experiencia personal del regreso, Juarroz expresa un “pensar” el regreso en varias dimensiones. En su iluminadora lectura de esta obra, Guillermo Sucre (La máscara, la transparencia, 1975) retoma una cita utilizada por Philip Weelwrigth en su comentario de Heráclito: “La metáfora, que es paradoja; la paradoja, que es metáfora”. Frase iluminadora, que ofrece un horizonte de lectura para la obra del poe- ta argentino, tal como el propio Sucre la ha llevado a cabo.
Uno de los poemas que ilustra ese aserto es el de Séptima poesía vertical, poema cuya trama es justamente la experiencia del regreso, o más precisamente, la posibilidad o imposibilidad de realizarlo. La línea inicial no podía ser más taxativa y contundente: “No hay regreso”. No obstante, de inmediato, utilizando la comparación, es decir, la metáfora, añade: “Pero existe algunos movimientos / que se parecen al regreso / como el relámpago a la luz”. Cabe preguntarse: ¿cuáles son esos movimientos instantáneos? ¿El acto físico de regresar, o el simple acto de recordar los paisajes y tiempos del pasado? Podrían ser otros sencillos, cotidianos, como partir un pan que de pronto nos remite a la mesa de la infancia o de la juventud. En todo caso, Juarroz señala con una preciosa aliteración, que esos movimientos son “como si fueran formas físicas del regreso”. Y en la segunda estrofa parece esbozarlos en estas dos hermosas imágenes: “un rostro que vuelve a formarse entre las manos, un paisaje hundido que se reinstala en la retina”. En la primera, entrevemos las manos de una madre que, tras abrir sus brazos de júbilo, las posa en el rostro del hijo para acercarlo como si tratara de convencerse de que su vuelta es real y no mera fantasía de su deseo.
Sin embargo, la tercera estrofa reitera la irreversibilidad y la irrevocabilidad del tiempo, negando así toda posibilidad de retorno. Éste no sería más que un espejismo similar al oasis que el sediento fabula en el desierto. Entonces, cuando el lector espera ya el remate o la conclusión lógica, a la manera silogística tan propia del poeta, un segundo e inesperado “sin embargo” da paso a estos versos finales: “todo es una invertida expectativa que crece hacia atrás”; versos que absorben las premisas anteriores en la figura del árbol que trasparecen. Así, el regreso o el deseo del mismo sería metafóricamente un árbol cuyas ramas, orientadas hacia el pasado, esperan paradójicamente florecer en el futuro. Pero ¿hay o no regreso? Cito un par de versos del poema 14 de su último libro: “Y aunque el regreso no exista / es preferible no borrarlo”.
Corresponde al lector decidir si estos versos, que conforman una otra aporía, albergan una respuesta o un principio de ella a la pregunta.
Poesía vertical
Roberto Juarroz (1925—1995)
No hay regreso.
Pero existen algunos movimientos
que se parecen al regreso
como el relámpago a la luz.
Es como si fueran
formas físicas del recuerdo,
un rostro que vuelve a formarse entre las manos,
un paisaje hundido que se reinstala en la retina,
tratar de medir de nuevo la distancia que nos separa de la tierra,
volver a comprobar que los pájaros nos siguen vigilando.
No hay regreso.
Sin embargo,
todo es una invertida expectativa
que crece hacia atrás.
***
Regreso de mis restos,
de todo lo caído en el camino,
como un caracol de su rastro viscoso.
Regreso de lo que he abandonado
y de aquello que me ha abandonado,
porque ambas cosas son mis restos.
Y hasta regreso de mí,
que no me he abandonado
y sin embargo también soy otro resto.
Mi memoria me señala una pista
y mi olvido me dibuja otra,
hilos precarios del retorno.
Y atrás, más atrás de todo trazo,
más atrás aún de lo invisible,
mis restos se encuentran con los restos
de todo lo que nunca existió.
Tal vez allí me aguarde otro regreso:
un regreso de algo más que unos restos.
***
El reflujo de una flor
corrige la transparencia del cristal
y la imagen se queda de su lado.
El reflujo de la transparencia
devuelve así la flor a la flor.
Atravesar la transparencia
es en cambio abolir todo regreso.
Y aunque el regreso no exista
es preferible no borrarlo.






