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El profesor de historia

Faltaban 30 minutos, y cada segundo corría como el nudo por el cuello de Murillo ante la mirada angustiada de la clase que no quería se consumase el sacrificio

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Por Antonio Mitre - historiador
/ octubre 26, 2014
en Tendencias

En el instante en que el héroe se disponía a entregar su vida por la patria, la risita afilada de Valdivia cortó de un solo tajo la soga que el profesor de historia acababa de anudar en nuestros cuellos, después de habernos conducido, con imaginación ferina y talento histriónico, hacia el cadalso donde sería ajusticiado don Pedro Domingo Murillo.

—¡Quién ha sido el imbécil! —bramó. Como nadie respondiera: —¡Los voy a chicotear a todos, carajo! Ya iba sacándose el cinturón cuando fue paralizado por otro flechazo:

—¡Si quiere, le presto mi verga, señor!
 Nadie quiso creer lo que todos habíamos escuchado. Cargando el peso de su abultada estructura sobre el taco izquierdo, el profesor dio un giro con la prestancia de un torero hasta detenerse en seco delante de los ojos de Vargas que, parpadeantes, se esforzaban para aguantarle la mirada.

—Párese y repita lo que ha dicho.

Y se paró y repitió que sí señor, que en su casa tenía una verga de verdad y, usando las palmas para medirla, añadió: más o menos de este tamaño, señor.

La longitud insinuada por el gesto hizo trepidar la risa enclaustrada en la sala de clases, y volvió más audible el sentido vil de la palabra. Aún aleteaba sobre nuestras cabezas su metáfora cuando el profesor de historia la bajó de un solo tiro:

—Vaya ahora mismo a su casa y traiga ese instrumento, si no vuelve con él antes del recreo, considérese aplazado en mi materia— sentenció, con los pómulos rubicundos de cólera.

Faltaban treinta minutos, y cada segundo corría como el nudo por el cuello de Murillo ante la mirada angustiada de la clase que no quería que se consumase el sacrificio. Había que hacer algo con premura para librar al héroe del aprieto, ahora que el profesor de historia lo hacía subir nuevamente al cadalso para que profiriera su última arenga. Entonces, cada cual a su modo, y todos atados por la misma cuerda, conspiramos contra el tiempo, porque en la travesía de Vargas se jugaba la suerte de Murillo.

Fue la primera vez que nadie quiso que llegara el recreo, ni siquiera Salinas que enloquecía si se pasaba la hora de sus dos salteñas y refresco. Torrico, el más veloz del curso, se imaginó corriendo delante de Vargas para insuflar de ánimo a sus zapatos, en cuanto Roberto trataba mentalmente de refrenar los punteros de todos los relojes oficiales que andaban acelerados para remediar sus constantes atrasos; a Becerra, en cambio, se le dio por pestañar hacia lo alto, como quien balbucea una plegaria, o intenta tragarse un pensamiento.

Eran las diez menos cinco cuando vi una diminuta hormiga atravesando mi pupitre, y con ella traté de hacer mi parte para que mi compañero de curso librase al héroe del patíbulo, y a nosotros del espanto de verlo colgado en la clase. Cerré los ojos e imaginé un artificio: Vargas tiene que llegar a la clase antes que la hormiga al otro extremo de la mesa, por tanto, cada vez que ella esté a punto de alcanzar la raya, tal como los punteros la hora marcada, pondré mi dedo por delante, y la devolveré al punto de partida hasta que Vargas gane la carrera. Sin embargo, en la quinta vuelta, la hormiga consiguió burlar todas mis artimañas y ya estaba a una patita de trasponer la meta cuando pensé que no había otro remedio que estrujarla con el dedo, cosa que no ocurrió porque entre el pulgar y la madera se interpuso la lógica contundente de Claure que cavilaba en silencio:

—Son todos unos bestias, el tiempo es ineluctable, Vargas no es Aquiles, ni la distancia de su casa al colegio infinitamente divisible, ergo, ninguna superchería podrá desbaratar el orden causal del universo: el reloj marcará inexorablemente las diez dentro de medio minuto y Vargas, en el mejor de los casos, llegará algunos segundos después del tañer de la campana, y entonces…

Entonces, Fuentes, que le seguía atentamente el raciocinio, cayó en cuenta del poco tiempo que faltaba y, con una mueca de suplicio, pidió permiso para ir al baño y salió disparado, pero más bien en dirección al balcón interno donde el bedel de turno, con la mano en la cuerda, se disponía a dar el primer badajazo, cuando se escuchó una voz de trueno que, al instante, cerró el pozo, alumbrado un segundo antes por un relámpago bajo los pies de Murillo:

—Si mueves el brazo, te mato, carajo.

El campanero se fue corriendo a contarle al director lo que había escuchado, y mientras éste llegaba y el otro huía, el profesor de historia sacó del fondillo del chaleco su reloj de leontina justo en el momento en que la campana llamó a recreo y Vargas entró en la clase con el trofeo concreto.

—Aquí está, señor —balbuceó jadeante, mientras le extendía la culebra de mimbre enmohecido.

—Sí, es una verga de verdad —murmuró el profesor, sintiéndose ridículo con el grotesco objeto entre sus manos.

—Salvamos al héroe de la patria —exclamó Salinas, haciéndosele agua la boca.

 La tensión represada en la clase se desató en torrencial chacota que arrastró a todos hacia la puerta, y en el instante en que Vargas, orgulloso de su proeza, estaba a punto de transponerla, el profesor de historia dio un brinco con el zurriago en alto y le acertó un fustazo en las nalgas, acompañado de un hierro verbal que lo dejaría marcado para siempre:

—¡Llévese su verguita, Varguitas! —bramó, chamuscando cada sílaba bajo la fragua de su voz luciferina, hasta que el chasquido de la última despertó a Murillo del sueño en el que la cuerda se rompía.

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