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Francotirador

Eastwood se desentiende del qué dirán y se muestra lejos de las medias tintas de la corrección política

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Por Pedro Susz K. - crítico de cine
/ marzo 1, 2015
en Tendencias

Veintipico años atrás, muchos cronistas entendieron Los imperdonables (1992) como el cierre de telón en la carrera de Clint Eastwood. Por entonces, el realizador sumaba 60 años y en una época que hace culto de la “juventud” y decreta la jubilación cada vez más temprana de los “adultos mayores” parecía el momento del hasta luego.

Pues no, desde aquel presunto crepúsculo, Eastwood sumó 18 largometrajes a su filmografía, luce ahora 84 pininos —edad a la que, efectivamente, sus colegas se dedican a consumir daiquiris al borde de sus piscinas—, exhibe una vitalidad y una lucidez que le permiten seguir siendo uno de los mejores directores en actividad y acaba de reinventar, en 2014, dos géneros tradicionales: el musical y el bélico, con un par de atrevidas propuestas.

Primero fue Jersey Boys, atípico biopic dedicado a The Four Seasons, el grupo de rock encabezado por Frankie Valli, que sacó roncha en los 50 del siglo pasado. Lamentablemente, al parecer, los designios de la distribución juzgaron que no se trata de un producto rentable para su estreno en nuestro medio. Centrada en la vida y los conflictos íntimos del cuarteto, es un musical distinto, renovador, de gran fuerza expresiva. Más arriesgada todavía resulta Francotirador, su opus 34, dedicado a la vida de Christopher Scott Kyle, integrante del grupo de élite de las marina norteamericana, los Navy Seals, cuya tarea como francotirador experto lo llevó a convertirse en leyenda entre sus pares merced a las 160 muertes atribuidas a su autoría después de la ocupación de Irak en represalia por los atentados del 11 de septiembre.

Adaptación libre del libro autobiográfico de Kyle, el guión de Jason Hall llega hasta un par de horas antes del 2 de febrero de 2013, cuando en una de esas vueltas paradójicas del destino, Kyle y su mejor amigo fueron asesinados a balazos en un campo de tiro por otro veterano de la guerra, incapaz de sobreponerse al recuerdo de la brutalidad experimentada lejos del pago.

Sin mayores circunloquios y renunciando a la linealidad del relato, Eastwood pone en marcha la acción con Kyle apostado en la terraza de una casa iraquí siguiendo por la mira telescópica la aproximación hacia un grupo de marines de una mujer y su pequeño armados de granadas antitanques. Corte directo a Kyle niño, junto a su padre, en el momento de abatir a tiros a un alce. Enseguida papá le explica que en la vida hay lobos, corderos y perros pastores.

Texano de pura cepa, criado en el ambiente conservador de un hogar ultra religioso y por demás convencido de la legitimidad de la supremacía universal norteamericana, Kyle se cree pronto impelido a asumir su vocación de perro pastor acudiendo al llamado de la patria después del atentado contra la embajada norteamericana en Nairobi en 1998. Nuevo corte, Kyle aprieta el gatillo matando a la mujer y a su hijo. El primero de aquellos 160 homicidios que cometerá en cumplimiento de su misión. Pero lejos de limitarse a endiosar a ese hombre —reinventando de paso el western en clave contemporánea— o de entregar un panfleto nacionalista, como le echaron en cara quienes se limitaron a mirar la superficie de la película, Eastwood se sumerge en el abismo de la conciencia de un sujeto alienado por la acción, un adicto a la guerra incapaz de lidiar de manera crítica con la tarea asumida para encontrar en su esposa e hijos el verdadero sentido de la existencia.

De su opinión acerca del patriotismo manipulado en clave de mitificación de los hechos, Eastwood dio cuenta en La conquista del honor y en Cartas de Iwo Jima. Son, por lo demás, de público conocimiento sus criterios adversos a las aventuras intervencionistas en Afganistán e Irak y a la ley que permite la tenencia de armas. No se trata de un pacifista ingenuo, ni mucho menos, pero resbalar por la epidermis de Francotirador para concluir que estamos ante una apología del “heroísmo” guerrero —esa manifestación extrema de la estupidez humana— a como dé lugar, no me parece una manera adecuada de ponderar las cosas.

En materia de consideraciones ideológicas, Eastwood deja a cada quien en libertad de juzgar los hechos. Por ello mismo, supongo, detiene el relato poco antes de la muerte de Kyle, referida al pasar en un texto incluido al final. Lo contrario hubiese introducido un elemento catártico, del tipo “la justicia siempre llega”, restando todo el filo al retrato de semejante personalidad compleja y problemática.

La progresiva degradación de Kyle, su enajenación paralela a su incapacidad para entregar y recibir afecto en el entorno familiar, se describen en el ir y venir de las cuatro misiones y los cada vez más breves regresos a casa solo para comprobar que poco a poco, pero irreversiblemente, ha dejado de ser un hombre común para transformarse en una paranoica e implacable máquina de matar en competencia con Mustafa, su némesis del bando contrario, otra bestia parida por la confrontación bélica que, a su vez, marca el desmoronamiento de un mundo en crisis.

La puesta en imagen es un modelo de austeridad y clasicismo narrativo que renuncia a los grandes efectismos para focalizar su atención en la cada vez más turbia mirada del protagonista, trasuntando una mezcla de ira, dolor y miedo que le impide ver la vida más allá de la obsesión por cazar al “carnicero”, no obstante los reparos de su mujer, de su hermano y de algunos de sus mismos camaradas crecientemente dubitativos sobre la sinrazón de ese papel de policías universales.

Eastwood coloca la cámara siempre en el lugar preciso para describir la acción sin dejar de estar junto al personaje —gran personificación de Bradley Cooper— atento a sus laberintos psicológicos. Si en algún momento deja que la cámara adquiera un protagonismo circunstancial, acompañando el desplazamiento de los marines por pasillos, escaleras y callejones, es para acentuar el suspenso del momento sin perder el hilo de su idea medular: esto es lo que la guerra hace de los sujetos reducidos al condicionamiento elemental del instinto de supervivencia acicateado por el peligro inminente de la muerte.

Eastwood se desentiende con toda franqueza del qué dirán y se muestra lejos de las medias tintas de la corrección política. A estas alturas, parece pensar, ya no cabe rendirle cuentas a nadie. De ello se ocupa su obra, a la cual suma un nuevo eslabón cinematográficamente impecable, ratificando que se trata de uno de los escasos maestros en actividad, capaz de sorprendernos siempre y de agitar en el ánimo del espectador esos dilemas que el cine actual se dedica preferentemente a narcotizar.

Ficha técnica

Título original: American Sniper. Dirección:  Clint Eastwood.  Guión: Jason Hall. Libro: Chris Kyle Scott McEwen, James Defelice. Fotografía: Tom Stern. Montaje: Joel Cox, Gary Roach. Efectos:  Marc Banich, Ante Dugandzic, Oliver Adranghi. Música: Joseph S. DeBeasi, Clint Eastwood. Producción: Zakaria Alaoui, Bruce Berman, Bradley Cooper, Clint Eastwood. Intérpretes: Bradley Cooper, Kyle Gallner, Cole Konis, Ben Reed, Elise Robertson, Luke Sunshine, Troy, Brandon Salgado Telis, Keir O’Donnell, Marnette Patterson, Jason Hall. EEUU/2014.

en tendencia: francotirador

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