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Emma Villazón, la ausencia sublime

La joven promesa y realidad de la poesía boliviana falleció inesperadamente la semana pasada. El escritor Claudio Ferrufino-Coqueuginot evoca su reciente encuentro con ella

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Por Claudio Ferrufino - escritor
/ agosto 30, 2015
en Tendencias

Vacío la botella de garnacha negra, de las tierras surestes de Cataluña en la frontera con Aragón, en España. Acompaña un arroz, una carne bañada de pimiento malagueta. He retornado a Denver, y los 38 grados del exterior me han tenido inamovible entre libros de geografía y poemas.

Martes 25. Emma Villazón… En el piso nueve del Radisson se cruza con nosotros una mujer diminuta de anteojos; sonríe con dientes pequeños y mira casi de reojo. Nosotros salimos del elevador y ella entra para bajar. Sé que es la poeta que el 3 de agosto, sin nunca antes habernos ni conocido ni hablado, nos escribe a Fernando Iturralde y a mí acerca de lo difícil que sería determinar lo “boliviano” en la literatura, y de que en narrativa y poesía los tratamientos son muy distintos.

Luego asisto a la mesa Conociendo a Emma Villazón, de la Feria Internacional del Libro de La Paz. Los presentadores, con brebaje literario, disminuyen la calidad de lo que dice y lee la diminuta poeta. Hay algo de circo en esto, pero ella no es la malabarista y menos el clown; ella escribe, y bien, y habla de una mujer que hacía versos de fuego, Marina Tsvetaieva, que es evidente que amamos los dos. Algo de la rusa hay en Emma, una sutil tristeza, casi melancolía; diría que la muerte salta de letra en letra, que la escritora elude a la muerte con sutilezas que la confunden. Pero a veces la poeta duerme mientras la muerte no. En ese acecho constante ataca y mata, pero lo que la muerte no sabe es que los poetas no mueren, que basta una línea luminosa para permanecerlos eternos. En Rusia los poetas derribaban zares y tiraban bombas. Algo de esa Rusia suave y terrible anidó en Santa Cruz de la Sierra, en los ojos de gafas y manos enguantadas de Emma, que susurraba versos que ponían fuego a los pastizales.

Miércoles 19. Lloramos la muerte porque no sabemos cómo lidiar con ella. Siempre parece que nos arrebata lo único que nos aferra a la vida. Pero hay paradojas. La mía, por ejemplo, que antes del fin leía a Emma Villazón con gusto y algunas veces hasta con perplejidad, y hoy la leo y releo más que ayer, como si en este dramático momento respirar terminase siendo justamente lo opuesto. Y, gracias a la no presencia, ella aparece enfundada en lo que realmente fue: una magnífica poeta que dijo lo que tenía que decir para que no perdamos el tiempo lamentando lo que pudo haber dicho. Eso déjenlo a plañideras de mercado. Joven, claro, y así se debe morir, antes que el tiempo y el desgaste nos reduzcan a poco sino a nada.

Sé que discreparán conmigo. Hay gente a la que le gusta chillar mientras garrapatea mediocres líneas. Dejen las cosas como están, que también hay belleza en el dolor y hasta la ausencia puede convertirse en sublime. Que si está en cielo o infierno es lo menos que le puede interesar al poeta que camina entre los lindes de los extremos. A veces, la existencia huele a mar; a ratos a escombros. De ambos se vive. Emma lo sabía y lo expresó mejor que mucha gente de su generación y bastante de la antigua. Discreta, muy discreta, según suelen hacer los sabios y los amantes. Jamás espectáculo, menos soberbia.

Viernes 7. Nos cruzamos en el ascensor. Y la vemos desayunar en una mesa de mantel naranja. Daniel Abud, que me acompaña, queda prendado de un aura. Nunca la ha leído. Lo hará en la noche, cuando con Emma tenemos una mesa de escritores “migrantes” (muy mal usado el término para asociar autores dispares). Desde entonces, Daniel atraviesa cinco días de duda en que quiso invitarla a un café. Porque era hermosa, porque hacía versos, por la voz delicada y su timidez gentil. Se arrepiente, ya que no se sirvió el café, y le digo que el oscuro líquido vela cada noche sin ella, pero con ella, que aparte de un juego de palabras encierra una gran verdad, que todo lo franco es eterno y lo eterno poco. No sé si me entendió, pero se recuesta con Lumbre de ciervos. Así se duerme.

Hablan sus amigos, sus maestros, admiradores y envidiadores. Dicen que no hay muerto malo y tienen razón en nuestro deleznable mundo andino. Priman los dioses falsos y la pesadumbre, peor. Nadie quiere reír cuando alguien muere, y se equivocan. El festejo de la muerte es el contento de la vida. Un bolero de caballería acompaña mi último trago. Garnacha negra que producen la brisa marina y el viento seco. No es que desdeñe la tristeza y que piense que penar es un defecto, pero mucho he visto de indigno y de mentiroso para creer demasiado. A Emma no la conocí, no puedo jactarme. Una mesa, dos sillas, un presentador, tres vasos de agua. Un correo electrónico, un beso de mejilla. Poco para mucho decir. No necesitaba hacerlo. Lo fraterno se esconde por largos períodos y luego crece. Hoy, en Denver, con 30 grados y libros dispersos me he sentado con Emma a saborear un garnacha negra, leer lo suyo y comentar lo otro. Y eso me sabe a vida.

Una canción que da fuerzas

Tres poemas de Villazón, ganadora del Premio Nacional ‘Noveles escritores’ de la Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz con ‘Fábula de una caída’

Haciéndome cargo

En algún lugar, alguien viaja hacia ti,
viaja día y noche.
Anne Carson

Trato de hacer todo con cuidado.
Se me encarga que mantenga la casa en orden
y así lo hago, primero con desesperación, luego sin pensarlo
(sin preocuparme como cuando estoy frente a la luz);
entonces barro las hojas que cubren el patio,
estiro la ropa en sogas, cocino, quito el polvo,
atiendo a los capullos de las jardineras de ladrillos:
velo su crecimiento, su raro sueño de puños cerrados.
Asumo mi tarea con sudor y culpa,
pero cuando boto las conservas vencidas por el inodoro,
me quedo allí parada por varios minutos.
Es un alivio ver cómo el agua limpia absorbe y se lleva todo.
Descanso increíblemente viendo cómo es succionado
el mal olor de nuestras vidas, y emerge de eso que parecía vómito de niño,
una espuma similar a la del mar.
Es difícil estar pendiente de la suciedad, de los restos
que dejamos en los baños, en los platos, en los pasillos,
es como estar levantando lo que el tiempo nos hace a cada minuto
en nuestra intimidad y queda con telarañas en unos rincones.
Realmente es duro, pero cuando veo esa espuma que se ha llevado
lo malo, es para mí como una canción, una que me dará fuerzas
cuando venga la noche
y no tenga otra voz
sino esa con la que contesto el teléfono.

Tomado de Fábulas de una caída (Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz, 2007).  

Tu A y tu E

Cuando nace un ruido o pensamiento
no se desvanece el otro, el antiguo;
ambos se juntan en gimnasia oleosa,
se sostienen y fluctúan para darse cabida
en los días y hacer un vivo tiempo medio preso.
Botones los días tejen tu abrigo de pasado y mañana.
Así el niño con manos maternas jala al joven,
y veo de tantos seres estar llena tu boca,
una pecera con prolíficos trémulos estambres.
De tantas alegrías y ahogos bailar llena tu luz
y tu a tu e aperturantes en el poema desnudo
que vos, vos nunca podrías tener un Único nombre
                                             ni alguien

Tomado de 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI (Editorial Municipal de Rosario, 2014).

Parlamento

No se aleja quien nunca se va,
sale por la puerta real o irreal
y se despide en tono de lluvia ascendente o pájaro.
Nadie parte fácilmente y quizás nunca del todo
de instancias mayores, sobre todo
del lugar del origen, de esa torre ambigua
y amenazadora, siempre hambrienta de sueños idénticos.
No hay quien no requiera tiempo y fricción
para alcanzar la corrida en pos de su lengua.
El punto de tensión entonces
no reside en la cantidad de escenas y abrazos que aletean
o qué ciudad a mediodía se abandona, sino con qué
perfiles, llaves, piernas de sombra y cielos plegables
se parte, con qué
gigantes en sonrisas
—dijo aquella que se va
en la intersección del pájaro

Tomado de Lumbre de ciervos (La Hoguera, La Paz, 2013).

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