Gabriel Chávez Casazola reunió los que él considera sus mejores poemas y los editó en un solo volumen titulado Cámara de niebla, que ahora acaba de publicar Plural Editores. Esta es una edición ampliada del libro que ya apareció en Buenos Aires y que se presentó en el Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro, en julio de 2014.
El mundo personal y cotidiano, para Chávez y también para el lector, asoma en cada uno de estos versos. Lugares, objetos y vivencias tan comunes como los lápices, las marraquetas, los patios o el sabor de la sopa son mirados con ternura, ironía y a través de cierta duda existencial… con poesía. Así, el hombre de verdad, con el que convivimos, tiene la oportunidad de ir un paso más allá, de mirar lo que lo rodea con una mirada casi infantil, que sabe jugar con los sentimientos y los recuerdos.
Contraluz
Adivino hundo los ojos en el ácido.
Busco revelaciones:
el corazón se ha tornado en cuarto oscuro
donde poner los muertos a secar.
El ejercicio es vano, hiere.
¿Para qué mirar hacia adelante si es atrás?
Mejor acudir —temo— a la cámara de niebla.
Ella aguarda en el centro del cerebro
como una nuez.
Entre sus recovecos
la bella besa y transfigura su propia bestia
los damascos tienen pulpa más sabrosa
el que avisa no es traidor
y la mayor de las batallas
—esa, precisamente—
guarda un cántaro de paz.
Es la hora de la difuminación,
de la falta de aristas,
la región más transparente.
Aquí todo encuentra su razón de ser.
La memoria
es el tenue envejecer de la verdad.
La música siempre resucita
Para L&M cuando eran L&M
La música siempre resucita
renace exenta de la fosa donde la hemos sepultado.
Por ejemplo, fuegos atrás una mujer y yo asesinamos la ciudad y la música.
Hoy la ciudad sigue muerta, claro está, y esa mujer también murió,
de cierto modo,
pero no así la música.
Reapareció una noche en Lima, estando ambos
—la música y yo—
muy lejos de aquel lugar del crimen.
Esta página es su sudario, su sábana santa, su verónica,
en la que apenas queda nada del cuerpo de la música
yacente
y gloriosa
más que una impresión.
El predilecto
Este hijo mío
—el primogénito—
desea ser Emperador para tener
en su mesa todos los platillos del universo
conocido,
todas las sopas de las más extrañas especies
de criaturas del mar y de agua dulce, combinadas
con los brotes de las plantas más exóticas
y las fuentes
repletas de animales de caza,
debidamente sazonados con un estilo único,
y esto sin olvidar los postres
—¡ah, los postres!—
de los cuales no habría ni siquiera que hablar.
Mi predilecto, en cambio,
—uno de los pequeños—
quiere ser Cocinero de la corte imperial.






