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MOANA un mar de aventuras

La última cinta de Disney es insípida, le falta empuje e ingenio, y se queda en un producto solo para la taquilla lleno de graves desajustes en el guion.

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Por Pedro Susz - crítico de cine
/ enero 29, 2017
en Tendencias

Nuevo deseado obús de Disney en la batalla con Pixar, DreamWorks e Illumination Entertainment por los mercados del mainstream de la industria de la cultura —que alguien sugirió nombrar con mayor pertinencia industria de la conformidad—, acaba siendo un modesto petardo no obstante tratarse de un trabajo a cuatro manos, con base en la historia tramada por siete cerebros, o siete lo que fuera.

Abre paréntesis: la yapa a la proyección del título central es el cortometraje —igualmente de animación— Inner Workings, ensayo de puesta en imagen de la eterna pulseada entre el cerebro y el corazón, o entre la razón y la espontaneidad. El asunto funciona de manera estimable cuando el cerebro del protagonista colapsa dejando sea el corazón quien saque a pasear al dueño de ambos, permitiéndole reencontrarse con la alegría de vivir. Sin embargo, la frescura termina empantanada en una elegía conservadora de lo más rancia a las virtudes del trabajo, sobre todo si el trabajador es una pieza del engranaje de la producción. Cierra paréntesis.

En la ocasión Disney nos transporta a la Polinesia y al pasado. Digo mal, en la ocasión Disney se apropia de pedazos de la cultura polinesia para pasar todo eso por la compactadora y, una vez convenientemente formateado, sea otra de las incontables momentáneas preciosuras para alimentar el insaciable ansia de consumo activado por la presión de los pequeños sobre los adultos.

En las escaramuzas, el mercado de la animación digitalizada, Disney, matizando su inefable impronta conservadora, hace ya unos años y títulos apuntó a la veta de la corrección política de traza feminista adobada con algunos toques ecologistas, calculada para sintonizar con una de las tendencias en boga y asegurándose de tal suerte una porción sustanciosa de la audiencia. Así, las pasivas princesitas de los viejos tiempos, siempre en atribulada espera del príncipe azul, cobran un carácter protagónico, asumiendo, hasta cierto punto, la gestión de sus propias vidas.

La sirenita (Musker y Clements, 1989); La bella y la bestia (Trousdale y Wise, 1991); Pocahontas (Gabriel y Goldberg, 1995); Enredados (Greno y Howard, 2010) y Frozen (Buck y Lee, 2013) son, entre otros, los eslabones de esa cadena cuyo decurso encuentra este nuevo momento en Moana Waialiki.

Moana vive en la isla de Motonui, al sur del Pacífico. Es la hija del jefe de esa comunidad de antiguos navegantes y descubridores ahora resignados a vivir de la pesca, pues tienen prohibición de internarse en las aguas circundantes. Esa suerte de maldición sobrevino al robo por el semidiós Mahui del corazón de la diosa Tefi Ti, cristalizado en una roca, para entregárselo a los humanos, decisión fatal que atrajo la oscuridad sobre las islas, entre varias plagas como la progresiva atrofia de las plantas y la paulatina extinción de los peces.

Al cumplir 16 años, Moana resuelve tomar en sus manos el enderezo de aquel entuerto desoyendo la prohibición y lanzándose al océano en busca del corazón extraviado. En ese viaje iniciático hacia su destino, la heroína contará con la guía de su abuela Tala, la trastornada relatora de cuentos, con la dudosa ayuda de su tontín gallo Heihei, y la de la del propio Maui, un necio de mucho cuidado, y con la complicidad del propio mar, personaje este último con vida propia.

A pesar del batallón de guionistas, el asunto no se aparta un milímetro de los formatos convencionales. Carece de empuje, de emoción, de ingenio y de dosificación del ritmo expositivo, bloqueando la posibilidad de identificación con los protagonistas. Es apresurado, por ejemplo, el encuentro con Maui perdiendo la posibilidad de abundar en el viaje mismo y en los hallazgos de Moana: los cocos piratas eran un filón que resulta desaprovechado a la ligera, como otros apuntes pronto abandonados.

Tal es el caso de la visita al mundo de los monstruos, fragmento que remite por un instante al viaje de Alicia al País de las Maravillas. En cambio, el relato se atiborra canciones que solamente sirven para alargar porque sí el metraje, coqueteando con el hastío.

La cuota de humor, igualmente desperdiciada en parte, está a cargo de los desparramos causado por el gallo y, uno de los pocos aciertos del tratamiento, de los “comentarios” de los tatuajes de Maui, los cuales responden a las situaciones poniendo en evidencia los verdaderos sentimientos y pensamientos del atolondrado y obeso causante de todo el jaleo.

Técnica y figurativamente el trabajo es merecedor de todos los adjetivos que a uno se le ocurran, con especial destaque de la densa paleta cromática utilizada. Especial destaque para la animación del océano, con una elocuencia emotiva faltante en buena parte del resto de los personajes. Ahora bien, a estas alturas de las cosas, el perfeccionismo técnico del género más que una virtud resulta ser una obligación, además de constituir un mérito a medias si no se encuentra aparejado a una similar solidez de la historia y de su narrativa, lo cual dista mucho de evidenciarse en esta película.

Ni se diga cuán opinable es, una vez más, la fagocitación hollywoodense de las costumbres y leyendas de cualquier punto del planeta para acomodarlas a los preconceptos, a la cosmovisión, del espectador citadino —al cual todo lo ajeno se le antoja exótico— así como a los estereotipados modos de procesamiento de las historias, atenidas a la fórmula del héroe predestinado a la gloria luego de salvar los escollos interpuestos a guisa de examen a sus virtudes y fortalezas.

Con todos sus pros —pocos— y contras —demasiadas— Moana. Un mar de aventuras acaba entregando una pieza eficaz como tal, es decir en tanto producto atractivo para sumar ingresos en la taquilla, pero en cambio cinematográficamente insípido, que no acaba de enganchar al espectador y cuya cuota de entretenimiento se ve severamente comprometida por los desajustes de guion y manejo dramático.

Ficha técnica

Título original: ‘Moana’.

Dirección: Ron Clements, Don Hall, John Musker, Chris Williams.

Guión: Jared Bush.

Historia: Ron Clements, John Musker.

Montaje: Jeff Draheim.

Diseño: Ian Gooding.

Arte: Andrew Edward Harkness, Bill Schwab.

Efectos: Ben Frost, Tony Chai, Dexter Cheng, Vijoy Gaddipati.

Música: Opetaia Foa’i, Mark Mancina.

Producción: John Lasseter, Osnat Shurer.

Voces: Auli’i Cravalho, Dwayne Johnson, Rachel House, Temuera Morrison, Jemaine Clement, Nicole Scherzinger. – USA/2016.

en tendencia: aventurasmarMoanaTendencias

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