Están demasiado frescos en la memoria los incontables bodrios cometidos en tiempos recientes por Hollywood en su desbocado afán de echar mano de los refritos de títulos más o menos valiosos del pasado próximo o lejano como para no recibir con, por ello mismo, explicable suspicacia esta secuela del original dirigido en 1982 por Ridley Scott. Sin dejar tampoco de recordar que aquella película justicieramente convertida en objeto de culto, en un clásico maldito, por haber marcado un punto de redefinición del género de anticipación, fue en su estreno un rotundo fracaso taquillero.
En parte el extenso lapso transcurrido hasta que alguien se atreviera a volver sobre los pasos de Scott puede atribuirse a la reticencia de los productores a reincidir en una nueva apuesta de incierto gancho sobre las audiencias, pero los 35 años de espera podrían lícitamente anotarse también a cuenta de las dificultades que de seguro habrán amedrentado a más de un tentado por entrarle al asunto, sabiendo lo alto que había dejado el listón aquella adaptación de la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Al unísono la productora y el realizador suplicaron, en el lanzamiento, a los críticos evitar los spoilers, palabreja en boga para nombrar la infidencia que cometerían aquellos al revelar los detalles de la trama de las películas por ellos comentadas, sobre todo de los giros sorpresivos en la historia, los cuales al quedar expuestos de antemano pudiesen desmotivar a los potenciales interesados de acudir a verlas. No es sin embargo en tales vueltas de tuerca donde estriba el mayor atractivo de este, uno de los pocos remakes que equipara el nivel del original, o lo supera al decir, opinable, de algunas recensiones, ratificando la valía del director canadiense Denis Villeneuve, considerado a su vez entre las figuras mayores a tomar en cuenta en el actual panorama cinematográfico.
Los Ángeles 2049. Una nueva generación de replicantes sumisos asume la tarea, anteriormente encomendada a los humanos —los blade runners justamente—, de poner coto a los planes de la anterior camada —mediante el simple expediente de exterminarla— cuando resuelve insubordinarse frente a los límites acotados por sus fabricantes, producto fallido por ende en tanto transgrede las atribuciones que por aquellos les fueron encomendadas, invadiendo circunscripciones privativas de sus progenitores, lo cual ponía en tela de juicio la supremacía incontestable de los “seres pensantes” como poseedores exclusivos de todas las facultades racionales y emocionales en condiciones de ordenar la sociedad aquí y expandida más allá de los límites terráqueos.
Tal desplazamiento del eje del conflicto dramático torna aún más inquietante la cuestión implícita en el texto de Dick así como en el primer abordaje de la que ahora viene a ser una saga focalizada sobre la eventualidad del descontrol de las criaturas paridas por la tecnología, apropiándose indebidamente de los roles exclusivos del hombre, rey y señor de cuanto lo rodea, sospecha que ya puso en su momento sobre el tapete el personaje de Frankenstein, pero en la actualidad multiplicada por la autonomización de la tecnociencia al desmarcarse de todo referente axiológico.
La delegación del papel asumido antes por el agente Rick Deckard (Harrison Ford) a un agente/replicante llamado K (Ryan Gosling) trae consigo asimismo una lógica mutación de acento en los dilemas implicados en el relato, impregnado en el trabajo de Villeneuve de un marcado sesgo religioso relativo al asunto de la tenencia, o no, por esos “casi humanos”, de un alma, que a su vez los habilite para cuestionarse la licitud moral de sus acciones. Dicho de otro modo, la gran duda es si matar significa lo mismo para estos últimos que para los individuos de carne, hueso y alma, justamente.
Desde luego revolotea de manera permanente alrededor de la trama la turbadora posibilidad de existencia de una inteligencia artificial equiparable, eventualmente superior, a la de los humanos. Y en estrecha relación con semejante factibilidad el surgimiento de la rebeldía como expresión de un ansia de libertad que a los androides del opus original los llevaba a demandar ser considerados como iguales a sus creadores.
No resulta en absoluto atrevido aventurar que el trasfondo de las múltiples derivas existenciales entretejidas en el relato remiten a la presente incertidumbre generalizada por el advenimiento del mundo digital al servicio de la deshumanización propiciada por estados en grado creciente indiferenciables de las megacorporaciones gestoras del capitalismo informático mundializado.
Respetuosa de aquella inicial adaptación de Dick, a la cual homenajea de manera contenida sin recaer en la chata alusión icónica, la versión de Villeneuve no renuncia a buscar su propio camino trayendo a colación asimismo sutiles referencias a clásicos como La isla del tesoro o las novelas de infancia de Dickens, sorteando empero las digresiones que interfieren en la fluidez narrativa e incorporándolas por el contrario a manera de extensión de su amplitud connotativa, sin que esto convierta tampoco la historia en una acumulación de acertijos.
Si el emprendimiento de Scott exhibía, entre otros valores, su carácter de atrevido ensayo figurativo, Villeneuve no va a menos en la construcción de una atmósfera visual sofocante, inspirada con preferencia en las ambientaciones del “cine negro”, si bien de igual manera en esta materia con agradecible libertad creativa para hacer de los referentes, precisamente solo eso y no corsés obstaculizadores en el propósito de gestar una imaginería original, que usufructúa con moderación minimalista de las factibilidades de los efectos especiales, a contramano de la tendencia vigente de utilizarlos como indigesto relleno de hechuras sin ton ni son.
Desde la banda sonora el trabajo de Zimmer y Wallfisch aporta lo necesario al clima angustioso de la puesta en imagen, evitando las sonoridades orquestales características en la extensa obra del primero de los nombrados para optar por un registro más próximo al de Vangelis, responsable de la música en la película de Scott.
Sostener el interés de 163 minutos de metraje no es tarea sencilla y en la extensión del relato se le va un tanto la mano al realizador, incurriendo durante algunos tramos en cierta morosa solemnidad de la cual pudo haber prescindido sin mayor avería para la contextura dramática de su acercamiento a las fuentes que lo nutren. Tales caídas de ritmo —y estamos lejos de confundir esto último con la alocada acumulación de correrías, el otro subterfugio cosmético manoseado por tanto reciente sinsentido rápido y furioso—, provocan cierto achatamiento del resultado final de una realización que, a pesar de ello al igual que de ciertas previsibilidades en la exposición del argumento, da prueba de la posibilidad de encarar un rehecho sin sometimiento a las fórmulas socorridas por los patéticos ejemplos colacionados al comenzar.
Lo cual hace de Blade Runner 2049 una película por demás valorable, corroborando, lo decíamos también, las elogiadas virtudes de Villeneuve como un realizador atípico en tiempos de extinción casi total de los “autores”, exterminados por los blade runners de la industria hollywoodense.
FICHA TÉCNICA
Título original: Blade Runner 2049
Dirección: Denis Villeneuve
Guion: Hampton Fancher, Michael Green
Historia: Hampton Fancher, Philip K. Dick
Libro: ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? de Philip K. Dick
Fotografía: Roger Deakins – Montaje: Joe Walker
Diseño: Dennis Gassner – Arte: David Doran, Bence Erdelyi – Música: Benjamin Wallfisch, Hans Zimmer
Efectos: Rene Barthel, Jaroslav Bucek, Nadia Alaskari, Sylvain Allard
Producción: Yale Badik, Dana Belcastro, Bill Carraro, Ridley Scott, Bud Yorkin
Intérpretes: Ryan Gosling, Harrison Ford, Dave Bautista, Robin Wright, Mark Arnold, Vilma Szécsi, Ana de Armas, Wood Harris, David Dastmalchian, Tomas Lemarquis
USA | Gran Bretaña | Canadá /2017






