Uno llegó a ser considerado el primer “Grande”. Modernizó la sociedad, la milicia y el gobierno. Pero al mismo tiempo participaba en bacanales periódicas donde decidía el destino de millones al tiempo que organizaba bodas bufas entre enanos. Otra declaró a su hijo y nuera como “equipajes pesados” y vivía siempre enamorada… pero terminó de convertir a su nación en una de las grandes potencias del continente.
Parece la trama de la saga fantástica Canción de Hielo y Fuego (Juego de Tronos) pero no, son sucesos reales narrados por el historiador Simon Sebag Montefiore sobre una de las dinastías más exitosas de la humanidad: Los Romanov.
Desde el ascenso de Miguel I hasta los últimos días de Nicolás II y su familia, Los Romanov (1613-1918) (Crítica, España, 2016) no solo es una colección de datos y fechas, sino que, gracias a documentos como cartas personales y diarios íntimos de los gobernantes y sus allegados, es un relato de los sentimientos y filosofías de los 20 zares Romanov y su relación terrible, seductora y decadente, con el poder.
Al leer el tomo escrito por Simon Sebag Montefiore, uno se aleja de los arquetipos en los que se convirtieron sus protagonistas.
Todos ellos adquieren dimensiones reales y humanas, desmitificándose ante el lector y, en muchos casos, resaltando cualidades que pasaron desapercibidas por la historia general.
Se descubre que los dos grandes genios políticos y estadistas de la dinastía, Pedro y Catalina, fueron Grandes, pero el primero coleccionaba enanos y la segunda, relaciones emotivas. Se conoce a Miguel I, fundador de la familia que subió al trono a los 16 años, enfermo, débil y casi analfabeto, pero que reconstituyó la autocracia de Iván el Terrible, al igual que Alejandro I, a veces ignorado, pero que sobrevivió al azote de Napoleón.
Se exploran además las glorias y fracasos de las emperatrices Catalina I, Ana, Isabel I y Catalina la Grande, así como los errores que llevaron a la caída del régimen.
Se hace un recuento además de los amantes, hombres y mujeres, a los que su cercanía al poder absoluto les concedió riqueza y autoridad solo superadas por la de los zares y zarinas.
Y, sobre todo, permite entender muchas características que aún existen en la estructura de poder ruso. “Stalin lo tenía claro” —señala el autor—, “Rusia necesita a sus zares”.






