Por falta de políticas culturales estatales, y lo permeables que son los esfuerzos personales dentro de la administración pública, es hoy en día sorprendente que existan artistas y muy difícil comprender las razones que los han conducido a desarrollar sus prácticas en un contexto hostil, conservador, amiguero y sin ningún interés de la cultura en su función intelectual, política y espiritual.
Alejandra Dorado regresó al país en los años 1990, en una época compleja políticamente pero llena de emociones y sueños; la bienalización estaba en su máximo apogeo en el mundo y ésta misma implicaba el fortalecimiento de una cultural internacional que para los artistas bolivianos proponía una apertura hacia los lenguajes de lo que se define como “arte contemporáneo”, una práctica que deja de pensar en la forma como objetivo central del objeto artístico y la relaciona con contenidos conceptuales, que en el caso de Dorado se desarrollarían sobre el dolor, el cuerpo político, y en algunas de sus obras más nuevas, el feminismo y la lucha colectiva.
Junto con el escenario del arte en permanente transformación, el trabajo de Dorado también se ha transfigurado en los últimos 25 años, y en su proceso se puede ver claramente la reflexión sobre el barroco de los 90, el uso de los medios digitales en la producción artística de final de siglo, y el pensamiento casi obsesivamente vinculado con la politicidad del lenguaje y que de alguna manera le ha dado paso a las obras relacionales y al trabajo de activismo de género que desarrolla actualmente.
Esta muestra es clave para entender cómo la práctica artística se vincula con la sociedad y cómo el arte es también un aparato de resistencia.






