Es difícil para mí escribir sobre el trabajo de personas con las que he compartido tanto: me han abierto sus puertas como espectador, sus conocimientos como tallerista, y como si fuera poco, me han dado su cariño como pasante. Son mucho más que colegas en el hacer teatral, son amigos, son familia. Mi hijo solo camina un poco más lento es la obra que presentó Teatro Grito (compuesto por Bernardo Arancibia, Michael Apaza, Mariel Camacho, Alejandra del Carpio, Carmencita Guillén y René Suntura), los días 14 y 15 de este mes, dirigido por Ana Woolf.
“Tiene que doler, sino no te vas a curar”, le dice a su esposo la madre de la familia. Su frase, como la mayor parte de la obra, es de carácter metateatral. El teatro también tiene que doler, sino no sirve, no lleva al espectador a la catarsis que desde Aristóteles se considera necesaria. Esta obra no dolió lo suficiente, pero porque es un primer paso del mito al logos en la trayectoria de este elenco que se abre, ahora, a nuevos caminos. En los guiños que pueden interpretarse como metateatrales en los que se concentrará el resto de este artículo, esto es visible. Así trataré de argumentar que esa conciencia del hacer escénico puede transformar lo que este elenco, ya de 20 años de trayectoria, viene haciendo en nuestro país.
Aunque toda la obra puede leerse de esta manera, me voy a concentrar en tres puntos clave: el primero es cuando la abuela con inicios de Alzheimer, interpretada por Bernardo, camina agarrándose de la silla de ruedas de Branco (el niño de capacidades diferentes alrededor del cual gira toda la trama), interpretado principalmente por Michael. El niño le cuenta a la abuela sobre Víctor, algún novio que ella tuvo en la juventud y que ya falleció. Le dice que él era millonario y que la llevaba de viaje, le compraba joyas y vestiduras costosas. El espectador ve con ternura al niño contándole mentiras a la abuela y cree que ella se las está creyendo. Pero ella se detiene y, con tono serio, le dice, “sabes que sé que me estás mintiendo, ¿no?”. El niño responde de forma afirmativa. La abuela vuelve a sonreír y le dice que no está mal mentirse, que es algo que hacen para sentirse mejor.
El segundo, la abuela entra sola al escenario y se pone a caminar. Reflexiona sobre lo aburrida que era su vida, ella se decía que algo iba a suceder, pero nunca nada pasaba. Por eso empezó a contarse mentiras y, ahora que está olvidando las cosas, a veces se acuerda más de las mentiras que se contó que de lo que en verdad sucedió. Será, se pregunta la abuela, porque las mentiras terminaron siendo más importantes. En ambos momentos se está hablando sobre el teatro: esa mentira que nos contamos para, mediante el dolor, sentirnos mejor, curarnos. Como la abuela, el espectador, cuando entra al teatro, sabe que lo que va a ver no es cierto, pero acepta gustoso la mentira, es más, paga por ella.
Pero esta metateatralidad no llega a su máximo esplendor hasta este tercer punto. Durante toda la obra hay momentos en los que Branco es solo una presencia frente a un reflector y un panel blanco que deja ver su sombra. En este momento su madre se acerca a su silla de ruedas, donde supuestamente él está, mientras tres diferentes voces, con sus respectivas sombras, le responden desde tres esquinas distintas. Entonces llega un momento en que los tres paneles se mueven, la presencia de tres Brancos (Michael, Bernardo y René) se vuelve física, entran al escenario y este energético estar hace que la madre, interpretada por Carmen, acepte que su hijo está enfermo y que, quizás, nunca volverá a caminar.
Las sombras, muy al estilo del mito de la caverna de Platón, son la ficción del teatro que no llega a nada, no tiene la energía para ser más que una sombra. Sin embargo, los paneles se mueven, las fronteras se disuelven y la ficción se vuelve realidad. Aquí se pone en juego la tesis defendida, acerca de Juan de la Rosa por lo menos, por Guillermo Mariaca, citado por Martín Mercado, de que la ficción no se limita a ser “solo el reflejo de su época, sino también parte de ‘los debates y procesos inconclusos de la modernidad contemporánea’”. Es decir, la ficción no se limita a mentirnos o a reflejarnos parte de una realidad, sino que la construye, tiene el poder de afectarla.
“Tienes que seguir caminando, caminar te hace bien”, le dice la madre a la abuela y con esta idea quiero terminar. Ana Woolf se encargó de sacar al Teatro Grito de su zona de confort: monta una obra realista y de manera consciente, metateatral. Solo queda seguir caminando, Gritos (nosotros solo los acompañamos), por esta vía que con esta obra se abre y que con este caminar suyo todos nos curemos al menos un poco…






