Muy a tono con la plaga perromaníaca, acogida en estas latitudes con inusitado fervor, bordeando a ratos la estupidez, la película dirigida por Albert, uno de los hermanos Hughes que solían filmar en tándem, intenta poner en imagen la historia de los orígenes de la cercanía emocional entre humanos y canes.
A tal efecto se remonta 200 siglos en el tiempo. Pero entra en materia asumiendo un tono inadecuado en el modo de encarar diálogos y comportamientos, con lo cual arriesga convertir a los protagonistas en meros contemporáneos disfrazados de nuestros antecesores de aquellos lejanísimos tiempos. Debido a ello mismo una pálida credibilidad, por decir lo menos, o una predisposición a leer el asunto en clave de involuntaria parodia de los patrones usuales en los regresos fílmicos al pasado remoto, sobrevuelan tal disonante manera de arrancar.
Cabe apuntar al paso que en la versión original, la lengua por medio de la cual se comunican los protagonistas es una jerga inventada para la ocasión. Por ello fue necesario incluir subtítulos en inglés, incluso en el país de procedencia del filme. Aquí en cambio, atados a la detestable costumbre del doblaje impuesta por motivos puramente comerciales para el grueso de las películas subidas a cartelera, ese es probablemente un plus que acentúa la anotada desafinación de partida, no atribuible empero entonces por entero al despiste del director o del guionista.
Lo segundo a resaltar en justicia es que pronto la narración corrige en buen grado el rumbo, aun cuando no consigue distanciarse con claridad de varios rasgos propios de las profusas realizaciones últimas enfocadas sobre las andanzas de los superhéroes, si bien al protagonista humano poco menos que excluyente a lo largo del relato no le toca esta vez hacerse cargo del destino de la humanidad sino, a duras penas, del suyo propio.
Europa, 20.000 años atrás (la leyenda de inicio que avisa el dato incurre en otra discutible licencia al presumir la existencia del viejo continente ya en la última era glacial). A punto de afrontar el duro invierno que se avecina, los varones de una tribu asentada en la inmensidad salen en misión de aprovisionamiento encabezados por el jefe Tau. Entre los expedicionarios va Keda, el hijo de aquel, al cual quisiera ver dotado de las condiciones cuando toque sucederlo en el mando. Pero el muchacho no da la talla para responder al orgullo que papá anhela sentir.
La misión consiste en atrapar y liquidar, junto a otra tribu coaligada, la mayor cantidad posible de bisontes para llevar de vuelta la carne que alimentará a la comunidad entretanto sea de nuevo posible recoger los frutos del entorno.
Las cosas no salen como estaban planeadas. Por impericia, temor y excesivos remilgos, Keda desoye la recomendación de Tau: “la vida es para los fuertes”, acaba embestido por un bisonte y lanzado por éste al vacío. Después de una corta búsqueda, Tau, desesperado, admite que es hora de pegar la vuelta con su gente y así el muchacho, que en realidad ha quedado malherido, se encuentra en buenas cuentas momentáneamente solo contra el mundo. Sobreponiéndose a sus lesiones e inseguridades resuelve él también reemprender el laaaaaargo camino de regreso a casa en lo que en definitiva viene a ser una ilustración, en modo de aventura, de la teoría darwiniana del más apto.
Apenas puesto a andar, a cojear en realidad, Keda es atacado por una manada de perros-lobos. En ese trance el instinto de supervivencia, sobreponiéndose a las hesitaciones, lo empuja a defenderse con fiereza dejando averiado a cuchilladas al que pareciera ser el líder de las bestias. Pero en lugar de ultimarlo opta por adoptarlo, iniciando una relación que terminará, previsiblemente, en profunda y leal amistad cuando el can supere a su vez sus reflejos bestiales para mutar en una versión de Rin-Tin-Tin antediluviano.
Narrativamente Alfa exhibe altos y bajos. Una vez puesto en marcha el relato y poco antes de consumarse la presunta baja de Keda, la linealidad se quiebra introduciendo un flashback precedido por el texto “una semana antes”. El recurso es utilizado para retrotraer el tiempo de los acontecimientos por el lapso temporal anotado, pero no se acaba de entender a cabalidad el sentido dramático de esa opción discursiva, que por otra parte se alarga, sin necesidad, más allá de lo necesario para ilustrar la vida cotidiana en la aldea del protagonista.
Peor aún, dicho paréntesis da lugar a disquisiciones filosóficas, puestas en boca de Tau, que acentúan la en principio anotada impresión de traslado mecánico de hábitos y pareceres actuales a tiempos donde difícilmente encajan con naturalidad.
Por añadidura ese corte discrecional al pasado anticipa algunos otros engolamientos superfluos detectables con el correr de la anécdota. Rodada en California, Islandia y Canadá, convierte atinadamente a la naturaleza por la cual discurre el camino de Keda hacia su aldea, y también hacia su madurez, en un, digamos, tercer protagonista central de la trama.
Opinable resulta asimismo el modo de exponer la estructura patriarcal imaginada, la cual resulta subrayada en la relación del jefe —aventando la posibilidad de atribuir el sesgo a la inadvertencia de los responsables—, con una sacerdotisa, o algo por el estilo, mostrada remarcando la sumisión de ésta al mando absoluto de aquel. También en el apocado rol asignado a la quejumbrosa madre de Keda y esposa de Tau queda al desnudo una esquinada manera de intentar naturalizar patrones sociales relativos a la posición de varones y mujeres en el reparto de funciones, atribuyéndole una perennidad hace rato desmentida por innumerables estudios del pasado, gracias a los cuales se sabe que el machismo ha sido un fenómeno apareado a la deriva de la sociedad occidental hacia un específico patrón sociohistórico de muy precisa data.
Tal resulta quizás la prueba más evidente de las flaquezas de Hughes, y al desbalance entre el atrevimiento para poner toda la carne en el asador con las pretensiones de grandeza advertibles sobre todo en el manejo visual, atrayente en gran medida sin que falten empero excesos puntuales.
Resulta en gran parte ponderable el inspirado tratamiento visual del director de fotografía Martin Gschlacht. A su trabajo se debe que la idea de convertir el entorno en otro de los ejes de la historia tenga la fuerza que ciertamente posee, aun cuando por momentos incurra en un esteticismo redundante, con los reiterativos sobrevuelos sobre los deshabitados parajes que albergan, bajo un sol a pleno o cubiertas de nieve, las andanzas de los personajes, o en otros momentos quede en evidencia el uso desmedido de cromas, tan relamidos que su artificiosidad no pueda pasar inadvertida.
Es también más que estimable la interpretación de Kodi Smit-McPhee en la piel de Keda, asumiendo durante largos tramos del relato el peso de una aventura unipersonal armada con estricto apego al menú usual del género, sin resignar interés merced a haber conseguido evitar grandes huecos narrativos así como por la perseverante abstención a cargar las tintas en el manejo emotivo, rubro que rehúye en buena medida los golpes bajos no obstante apresurar un tanto el desenlace rompiendo caprichosamente el ritmo más bien cansino, subrayado por la apelación a la cámara lenta, del grueso del relato.
Por último, no deja de ser una paradoja, involuntaria pero por demás ilustrativa de los contrasentidos del mercantilismo en curso, que esta oda al amor por los animales hubiese procedido, por designio de la producción, a estrangular cuatro bisontes durante su rodaje, según propia confesión de los responsables del asunto.
Ficha técnica
Título Original: Alpha – Dirección: Albert Hughes
– Guion: Dan Wiedenhaupt
– Historia: Albert Hughes, Fotografía: Martin Gschlacht
– Montaje: Sandra Granovsky
– Diseño: John Willett
– Arte: Chris Farmer, Angela O’Sullivan, James Steuart, Harrison Yurkiw
– Música: Joseph S. DeBeasi, Michael Stearns
– Efectos: Elia P. Popov, Ronaldo Luis Modenesi Pucci. Ron Seida, Christian Acuña, Brian Adler
– Intérpretes: Kodi Smit-McPhee, Leonor Varela, Natassia Malthe, Mercedes de la Zerda, Jóhannes Haukur Jóhannesson, Marcin Kowalczyk, Priya Rajaratnam, Jens Hultén, Spencer Bogaert, Nestor de la Zerda
– EEUU/2018






