Es siempre una alegría ver a una nueva generación de actores: mi generación. Con cada vez más obras, lanzándose al escenario, algunos con mayor éxito que otros, pero todos con la misma valentía. El sábado 29 de septiembre, Avril León estrena su monólogo Canela y, al terminar la obra, con mucha humildad nos avisa que está abierta a recomendaciones para mejorarla, ya que su objetivo es hacerla rondar por varios teatros paceños y que vaya cobrando importancia en el panorama nacional. Es el objetivo de esta nota resaltar ciertos aspectos (tanto técnicos como semánticos) de la construcción de la obra, con el objetivo de que la actriz y directora de la obra pueda tener una idea general de la impresión que yo me he llevado de su trabajo, coger los que le sirva y desechar el resto.
La obra trata de ser, al menos en apariencia, un melodrama clásico, contado en esta ocasión desde la voz de una niña muerta, asesinada por Clemencia, una señora que solo busca quedar bien con todos, pero que su deje clasista, racista, etc., es visible a kilómetros de distancia. Es quizá una representación de una clase media que se cree muy caritativa por dar un poco de limosna al pobre de la esquina o de una sociedad que se olvida de sus márgenes y los deja morir en el olvido (tema central en la obra y no solo de ésta, si me pondría a nombrar otras de contenido similar nunca acabaría). Lo importante, aunque así parezca en el texto, no es descubrir quién la asesinó, sino “reflejar” aquella cruda realidad de los niños de calle, asemejados a “perros” en un mundo donde se los obliga a ladrar para ser escuchados. No es un argumento de los que a mí me interesan, pues parece no apuntar a nada más que a poner en escena aquello que todos los días vemos en prensa amarillista, pero esto podría ser debatible…
Lo que no es tan debatible es la realización técnica de la obra. La actriz tiene mucha energía, el problema es que no sabe controlarla. Sus marcaciones son claras, sin embargo, ellas las exagera, no se conforma con mover su mano una vez para señalar un lugar, debe hacerlo dos, tres veces. El gesto, que debería ser claro, se difumina entre tanto ir y venir. La energía parece no estar, porque se le fuga, se le escapa por todo el escenario. Esta exageración no solo viene de su cuerpo, el propio texto es ya en sí exagerado. Los personajes son hiperbólicos, no basta un policía mal tipo: tiene que ser violador, maltratador de animales, corrupto… Lo mismo sucede con la puesta en escena: es necesario poner al cadáver del perro, videos del policía, de noticias, la voz de Clemencia, un par de máscaras, un televisor (que solo se usa una vez en la obra y es totalmente eliminable)… No hay un código bien definido, ¿los otros personajes serán máscara o video?, ¿por qué la necesidad de ambos? Todo está demasiado claro, en el mal sentido: no hay espacio para la ambigüedad. Lo que ya está en escenario, el texto lo recalca y así, viendo el cadáver demasiado explícito del perro, escuchamos a la niña gritar (por lo menos cinco veces) que el perro está muerto, el público, irónico y cansado responde: “¿Sí?, no me había dado cuenta…”
Es difícil mantener la atención del espectador, él debe hacer su esfuerzo; sin embargo, si la puesta en escena no aporta desde su lugar, no se debe esperar mucho. La precisión en una obra de teatro es fundamental. Todo debe estar en su lugar, todo debe aportar algo. El menor ruido incontrolado dispersa la atención, recuperarla es a veces imposible. La utilería debe ser parte de aquella orquesta bien sincronizada, en este caso cada objeto para estar de sobra o mal utilizado: cuando se genera a una segunda mujer, llamada Teo (nótese que ambas mujeres, la niña a la que le dicen Choco y esta segunda, tienen nombres de hombre, quizá como un guiño al mundo machista que les ha tocado vivir), a través de una máscara y una mantilla que la actriz maneja con una de sus manos, la pobre mujer no tiene un tamaño fijo, se mueve como si no tuviera cuerpo, como si estuviera volando. Lo mismo pasa con casi todos los objetos: cuando se utiliza el paraguas para cubrirse de la lluvia, se lo apoya sobre el hombro, ocasionando que, en la vida real, no tape ni una sola gota. Ella hubiera quedado empapada, el público hubiera reído ante su inutilidad al usar un paraguas, pero en este caso el humor no era el objetivo. Sin embargo, a manera de conclusión, también digo ¡qué bien!, qué bien que una joven como Avril se atreva a hacer un monólogo (cosa a la que, por ejemplo, yo no me atrevería) y esperemos pronto ver más obras con su participación.






