Este libro puede herir mi sensibilidad”. Así comienza Quieto, “una novela sin ficción”, como declara su autor, Màrius Serra, narrador y enigmista español, que trata de la vida de su hijo de siete años, Lluis, alias Llullu, que nació con una grave encefalopatía que “la ciencia no ha podido definir” y que, traducido al lenguaje coloquial, significa parálisis mental.
Solo ver la contratapa del libro invita a leerlo, aunque no se persiga con esto un interés literario en sí, o solamente literario, sino la fascinación de un relato no ficticio que es, paradójicamente, la construcción real de un mundo donde el criterio de “realidad” queda suspendido para dar paso a imágenes y testimonios sin intención de denunciar la menor injusticia. Lo que este libro hace no es solamente visibilizar a un niño con capacidades especiales, sino mostrar a los que miran a ese niño sus propias (dis)capacidades, puesto que Serra, además de padre de un niño con una actividad mental que alcanza solo el 15%, es un verdadero escritor.
Serra cuenta, reflexiona, interpreta, relata y dramatiza en el sentido literal del término, lo que es vivir con un hijo que sufre un 85% de discapacidad mental, lo que no deja de ser una cruel ironía del destino, puesto que vaya uno a saber cómo se entiende que un padre que se gana la vida gracias al uso del intelecto tenga un hijo que pertenece, como él tiernamente lo plantea, a otra etnia, a “un estado a menudo expuesto al aguijón del dolor, pero en el que predomina el regocijo y cierto grado de embeleso”. Y en este sentido, lo que más valoro de este texto, que llamaría autoficción (por su lugar entre la biografía y una escritura declaradamente subjetiva, que se mira viendo) es la ausencia de victimización o fatalidad; de pedido de aceptación o de ayuda para niños como su hijo, al que sería fácil recurrir para conmover al sensible lector. Serra, con el gesto del buen escritor, trabaja a partir de imágenes que guarda, que se le quedan inscritas en la mente o en alguna libreta, un aspecto de la vida y del ser a partir de la convivencia con un niño que no progresa adecuadamente; que fascina tanto como angustia, y que además es su hijo.
Al fin y al cabo, con las piezas de esta bitácora del dique seco he pretendido componer un espejo. Dorian Gray vendió su alma al diablo para poder ser, más que inmortal, invariable, mientras los estragos del tiempo iban modificando el aspecto del retrato invisible que había escondido en la buhardilla. Así se invierte el proceso. Nuestro hijo ni es invisible ni es el retrato de nadie, aunque se parezca a sus padres y a su hermana. Él y los que son como él actúan de espejos. Todos los que nos miramos en ellos un poco a fondo envejecemos de un modo distinto. Si Dorian Gray hubiese conocido a un Llullu nunca se habría conformado con la invariabilidad de los presuntos inmortales. Habría aprendido a mirar en vez de querer ser mirado. A envejecer. Probablemente no habría querido ser retratado, sino retrato.
Mirar es lo que justamente hace Serra y lo que nos invita a hacer. Está de más decir que luego de la lectura de este libro algo cambia en nuestra forma de ver no solo a estos seres enigmáticos, sino al mundo que nos rodea. “Él y los que son como él actúan de espejos. Todos los que nos miramos en ellos un poco a fondo envejecemos de un modo distinto”, y el lector crítico cede ante la emoción que despierta esta escritura.
Así, el autor-padre-narrador-personaje es en la primera parte del libro el foco desde donde podemos ver lo que habitualmente preferimos no ver, pero en la segunda mitad, ahí donde por un delicado trabajo de amoroso montaje fotográfico, a manera de un folioscopio, lo vemos correr, es Llullu quien seguramente diría:
No me puedo olvidar de cómo se llama mi padre ni de las historias que me cuenta, ni de los meneos que me pega cuando intenta vestirme, ni de su olor a intermitente de tabaco, ni de los gritos que suelta cuando me dice Llullu, cómo-estááás, ni puedo olvidar que por culpa suya todos me conocen por este nombre que empequeñece la boca de quien lo pronuncia (…)
No me acuerdo de nada, yo, y nada olvido (…) Nunca podré olvidar las palabras que no recuerdo haber escuchado ni leído ni dicho.
Quieto es una novela sin ficción que crea realidad, y esta paradoja la hace altamente recomendable para cualquier lector que guste de las sorpresas; a cualquier lector que, como yo, se acerque a un libro buscando un registro de enfermedad y se encuentre con la escritura de una historia capaz de promover más escritura; una historia de amor que sin mucho alarde enseña, a partir de los otros, a verse a sí mismo.






