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El eterno viaje del héroe o solamente “Caín”

La editorial Letramargo publicó la más reciente obra de Ariel Revollo (Yana Alkho).

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Por Iván Gutiérrez M. - escritor
/ enero 23, 2019
en Tendencias

Pienso particularmente la poesía como un enfrentamiento, como una pelea de boxeadores; en la que en una esquina está el escritor y en la otra está el lector. El poeta a través de la palabra busca aplicar el movimiento adecuado para ejercer el impacto contundente en el lector. El lector de poesía siempre es resistente, o intenta tener una guardia lo más sólida posible. Porque la poesía busca sacudir los sentidos, o los fundamentos de lo que somos y, obviamente,  siempre nos incomoda el sentirnos interrogados o puestos en duda en cuanto a las cosas que preferimos tener seguras y  mejor bien ocultas.

El trabajo del poeta es hilar en el campo de la abstracción y lograr decirnos algo desde ese lugar indeterminado, para que mediante el ejercicio de la lectura le demos un valor determinado; y habitemos el espacio poético que el libro nos tiene preparado; y finalmente entender(nos) mejor. Es por eso que cada línea de un poema tiene que lograr arrebatar o de a poco alcanzar que nos cuestionemos, o nos enfrentemos a eso que más nos conmueve. La experiencia de la poesía es siempre la ilusión de nuestras miserias compartidas.

Hay poemarios que en la medida en la que los lees te van descifrando un mensaje concreto y en lo que se va desarrollando el proceso de lectura se deja entrever. El final es el golpe definitivo, el que está pensado para derribar al lector. Hay otros poemarios que están construidos para disolver el mensaje, para dejar una experiencia más abstracta en la que el sentido es algo que se va perdiendo en el instante mismo en el que terminas cada poema y lo vuelves a recuperar en el momento en el que te enfrentas al siguiente. El final es más meditativo, más de buscar y repetir los mejores momentos del trayecto recorrido.

Y hay poemarios que no tienen un trato tan amable, sino que contienen una especie de agresividad, no importa la construcción del mensaje, ni el desarrollo de un sentido más constructivo por las partes. Lo más determinante es el golpe continuo. La estrategia es buscar el derribe lo antes posible. El final de estos últimos se cuantifica no por el proceso del escritor y sus poemas; sino por la sobrevivencia y los golpes que han quedado marcados en el lector.

Pensar un poemario para escribir acerca de él, es definitivamente pensarlo a partir de la pelea que ha dado. En esa recuperación no solamente se encuentra el concepto que pueda definir las categorías de los poemas y del libro; sino también el tipo de escritor y definitivamente, el tipo de lector. El eterno viaje del héroe o solamente Caín es un poemario que produce un espectáculo zagas; es decir que el boxeador que lo genera no está compuesto por un solo tiempo, al contrario posee una versatilidad con el lenguaje que no hace más que demostrarnos que una pelea en un ring se gana no por la fuerza, ni por la técnica, sino por el timing; hay que saber dar buenos golpes y también saber evitarlos.

El eterno viaje del héroe o solamente “Caín” está dividido en dos partes. La primera: Del hombre. La segunda: Del mundo. La primera parte es más agresiva, es de una búsqueda más directa por derribar. La segunda parte es más pausada, donde el manejo de la respiración es clave, permite al lector moverse, perseguir al otro púgil en el ring, hasta llegar al último golpe. No se puede asegurar la victoria de ninguno de los lados; lo que sí es posible asegurar, es que uno caerá en la última campana.

Del hombre

Rige la necesidad de buscar desesperadamente un orden. Hay un recorrido esencial, que cuando pensamos el concepto del héroe éste queda vislumbrado, o se hace visible para una interpretación. A pesar de una simplificación contradictoria en la idea del esquema de Caín, siendo éste un antihéroe, o más correctamente un villano. Al igual que esta contradicción que a la vez se simplifica en lo contrario y que el título teje bien, el poemario en su desarrollo está llevado por el mismo espíritu.

La primera parte se inicia con lo latente del desorden, de lo eterno en la interpretación de la muerte. El movimiento como una esfera que nos permite recorrer eso incomprensible del caos, que se ordena en la memoria de lo que fuimos. La idea de un tiempo y la idea de un lugar, se vuelven en objetivos de búsqueda para encontrar a ese otro lejano que no es más que un yo; el yo poético, el yo existencial, el yo fantasmal, el Yo finalmente heroico.

Del mundo

Si el viaje Del humano tenía como punto de partida el caos, para llegar a una comprensión de lo uno, la pelea se invierte en este segundo round. Partimos de la armonía, de la contemplación y ya no de la queja, o de la rebeldía por el reclamo o la búsqueda desesperada. La contemplación de lo infinito es el que termina dando más razones, los golpes ahora dan respiro, es importante el mirarse en la pelea, para ir reconociéndonos en lo más auténtico y dejando la posición de rivalidad.

La luna – El cielo – Las estrellas fugaces – La lluvia. La segunda parte en su primera esfera de viaje nos da ese recorrido, hasta permitirnos el descenso a la tierra sobre la humedad de las gotas.

El corazón – El verdor – Los huesos – La carne – La sangre. La segunda parte en su segunda esfera de la materna luna y de la horizontalidad infinita paterna que abraza la fugacidad de sus hijas, y acaricia con el líquido de su sudor. Nos deja en la tierra, en el corazón, en el verde que es la casa, la guarida, la persona que amamos. A partir de esa memoria palpitante. El humano se reconoce, en su posibilidad de huella eterna de los huesos, en su posibilidad de podredumbre de la carne, en su posibilidad efímera de la sangre.

El final del poemario tiene de mortal volver, el confirmarnos ante lo gigante que es el otro y eso que llamamos mundo. Porque después de vivir el caos y observar el orden. Nos recordamos como aquel Caín que en sus manos cuidaba los mejores frutos, aquel Caín que antes que la sangre de la grasa para la ofrenda, recordaba el dulce del alimento que retiene el espíritu de cada estación. Porque a través del final recordamos; porque recordar deriva de recordari; Re, volver. Cor, corazón.

El eterno viaje del héroe o solamente Caín. Es un poemario donde sufrimos los mejores golpes y disfrutamos las heridas. Donde no importa el resultado, dar, esquivar y recibir los golpes es el trabajo.

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