Todos los novelistas profundos tienen al menos una obra que hace distinción al amor. Es un impulso que no cede a la serenidad de nadie y se mete en la mente y el espíritu de los que podrían parecer los más impávidos. Lógicos, estoicos, esotéricos, románticos, clásicos, vanguardistas, todos caen en esta hoguera que se llama amor, que al mismo tiempo es éxtasis porque llena las páginas de los escritores con las imágenes y metáforas más logradas que se podrían escribir. Felicidad y maldición en una sola palabra, es la rara fatalidad de todos los hombres del mundo.
En 1987, hace 32 años, salió una obra nueva en las librerías. Había sido escrita en una casa de Sopocachi, en aquel barrio que es más bien un mito tradicional de la ciudad, en una casa cuyos ventanales daban al monte de tres picos blancos y dorados por la luz del sol, por un hombre que hacía 18 años había perdido a la estrella de su vida.
Es una novela, y lleva por título María Montevelo: Memoria de dos viajes y una estrella. La publicó la editorial Juventud, tiene en su portada la imagen de una escultura y en las primeras páginas, como epígrafes, algunos versos del poeta persa Omar Khayyam; quizá los más impresionantes sean éstos: “¡Silencio, dolor mío! Déjame buscar un alivio. Es preciso que yo viva, ya que los muertos no recuerdan nada. Y yo quiero evocarla sin cesar”.
De todos los libros que escribió Fernando Díez de Medina (La Paz, 1908 – 1990), en definitiva es éste el más autobiográfico y el más confesional. Si en casi todas las obras de este escritor siempre se distingue un aspecto de su vida propia, en ninguno como en María Montevelo se hace una confesión tan detallada, desgarradora, pura y hermosa como canto de poeta enamorado. El título ya dice bastante para que podamos intuir muchas cosas sobre ella. María Montevelo y la estrella representan a su esposa en la vida real: María Paz Campero, y la memoria de dos viajes es sencillamente el recuento idealizado de dos caminos andados por el escritor paceño: el primero, el de su encuentro con quien se convertiría en su esposa y madre de sus hijos, y el segundo, un recorrido por Europa que realiza solo, con la única compañía de la amada que ya no es más, como un fantasma que lo socorre en los momentos de mayor desesperación por la soledad del esposo viudo y melancólico.
La novela empieza narrando una realidad en la que María ya no existe, ha muerto hace ya varios años. Los capítulos de este primer viaje están ordenados con números arábigos y escritos en letras pequeñas. Leonardo Lisuarte, que es una representación del propio autor de estas páginas, es un hombre maduro, con una trayectoria por detrás y varios libros publicados. El comienzo del relato es poético, con una imagen de la ciudad que es fruto más de un buen pincel que de una buena pluma, con una descripción del paisaje que atrapa: “Es un día de julio del soberbio invierno paceño que rivaliza en nitidez, colorido y esplendor con las más bellas alfombras de Tabriz o de Isfahan”. Luego se comienza a narrar el viaje de Lisuarte a Europa, viaje que es más bien una introspección profunda por el alma del peregrino que un recorrido físico del cuerpo, pues en los paseos que realiza a museos, pinacotecas, castillos, prados y tiendas de varias ciudades del Viejo Continente, se queda por momentos pensativo, meditando si las cosas pudieron haber sido diferentes, pensando cómo hubiese sido ese viaje al lado de su esposa… Pero de pronto la ve al lado suyo, como un ángel enviado de Dios. Platican como lo habían hecho de jóvenes, cuando se conocieron, y ella promete velar por él siempre, hasta el final. A veces las personas que pasan por su lado lo miran como a un loco; en el avión que lo lleva de América a Europa, por ejemplo, la azafata se sorprende cuando Lisuarte comienza a hablarle a alguien que no existe y, junto con otros pasajeros de la nave, siente lástima por el hombre porque lo tiene como alguien ido, pues él participa de una realidad exclusiva: nadie más que él la puede ver.
Sin embargo, quizá el viaje más conmovedor e impactante sea el segundo. Ya por la página 19, la tipografía del texto cambia, las letras se vuelven más gruesas y más negras y la numeración de los capítulos comienza a hacerse en números romanos. El tiempo también se trastoca; el narrador nos lleva varias décadas atrás, cuando los jóvenes de Sopocachi cortejaban a las damas en El Prado paceño, bajo el candente sol del altiplano. Es el viaje que realizaron María y Fernando por sus vidas, el viaje de la vida. Y es realmente de novela. A pesar de que se sienta entrelíneas un dejo de idealismo perfecto, la historia de los dos amantes debió ser muy apasionante. Solo una historia de amor así de intensa puede engendrar páginas tan sentidas y puras. La Paz, con su mística sibilina de montes que acogen las mejores historias, fue el escenario del encuentro.
Leí esta novela a los 21 años, y desde entonces tengo la idea de que el hombre tiene el deber, como impuesto por los dioses, de luchar por el amor perfecto y puro. Desde esos días hasta hoy tuve la idea de escribir sobre esta obra, una de las más bellas de nuestra literatura. Con estas líneas me quedo tranquilo porque acabo de saldar esa deuda.






