Capernaum (Cafarnaúm) es una película libanesa filmada el año pasado por la actriz y directora Nadine Labaki. Labaki no es extraña a premios y reconocimientos internacionales, habiendo dirigido previamente Caramel (2007) y Where do we go now? (2011). Caramel es una hermosa historia ambientada en Beirut posguerra, donde un salón de belleza es el punto de encuentro de historias que retratan una ciudad no devastada por la guerra, pero elevada por sus habitantes que tratan de devolverle la normalidad a su día a día. El caramelo, que le da título al filme, es una mezcla de azúcar, agua y limón que se usa en Medio Oriente para realizar la depilación. Esta mezcla de amargo y dulce es la analogía escogida por la directora para contar pequeñas historias de tradición, miedo, odio y obviamente amor, en una ciudad que trata de levantarse y encontrar el equilibrio entre lo que fue y lo que necesita ser.
Where do we go now? acentúa el humor e introduce elementos sociales al retratar un pueblo ficticio donde los hombres —mitad cristianos y mitad musulmanes— son escondidos por sus mujeres que tratan de evitar que salgan y mueran en la guerra que ocurre fuera del pueblo. La historia tiene un pico emocional cuando las mujeres deciden revertir sus roles y las musulmanas se despojan de sus burkas y desafían las creencias de sus esposos, mientras que las cristianas adoptan los velos para demostrarles a sus maridos lo que están sufriendo sus hermanas.
Ambas películas fueron éxitos y han recorrido todos los circuitos de cine arte que existen, desde Australia hasta Perú, y ocasionalmente salen en algún canal del cable tipo I-Sat o Europa Europa.
Capernaum, la tercera película de Labaki y posiblemente la mejor de su carrera, se exhibió por primera vez en el Festival de Cannes y al terminar recibió una ovación de 15 minutos por parte del público. ¿Qué es lo último que nos ha hecho alguna vez sentir la necesidad de aplaudir sin parar por 15 minutos?
En Capernaum (palabra árabe que significa “caos”, “desorden”), Zain Al Rafeea interpreta a un niño de 12 años que está en la cárcel por tratar de matar a una persona. En su juicio decide acusar a sus padres por haberlo traído al mundo de manera irresponsable.
Donde cualquier otro director hubiera tomado la premisa para ir a lo más oscuro o sarcástico del espectro narrativo, Labaki opta por algo más onírico, más sublime: empezando con las primeras imágenes que son tomas aéreas que muestran esta ciudad comprimida, desordenada, caótica, vemos en cámara lenta a un grupo de niños jugando, corriendo, riendo, siendo libres de cualquier prejuicio y viviendo su momento con la espontaneidad de su edad. La cinta sigue (literalmente) a Zain en una rutina egoísta donde sus padres lo ponen a vender jugo de berenjena en la calle junto a sus hermanos. Su hermana comienza a menstruar y sabe que esto puede significar que la vendan para pagar el alquiler del miserable cuarto donde viven, así que planea un escape que obviamente falla. Enojado con la crueldad de su madre, se escapa y es adoptado por una inmigrante que le da techo a cambio de que cuide a su hijo de un año.
No hay palabras que describan la belleza de la segunda mitad, donde la interacción del bebé y Zain son tan naturales que uno sonríe asombrado por la belleza que a veces parece estar ahí y no nos damos cuenta. La historia nunca deprime y mantiene optimismo y lirismo por igual hasta el inevitable final, donde un niño decide desafiar la ignorancia que rodea a los adultos de ese país. Enfrenta a su madre y ésta, lejos de ser un monstruo, da un discurso que sacude la lógica absurda del mundo en el que le tocó vivir.
Capernaum merece una sala de cine. Merece una copia pirata en el puesto de la caserita. Merece que se la repita hasta el cansancio en el cable… pero no va a suceder.
Este cine arte debería compartirse, pero no hay nadie haciendo que el séptimo arte sea arte para los bolivianos. Los piratas descargan lo último, lo obvio pero nunca lo que mereceríamos ver. Y todas las salas nos ahogan en cine pésimo y caro.
Incluso un profesor podría tomar decisiones valientes y pasarla para abrir un debate con los alumnos en vez de ahogarles la imaginación con absurdeces como Mi planta de Naranja Lima o Juan Salvador Gaviota.
Ojalá busquen esta película. Quisiera de corazón que la buscaran. Y ojalá descubran otras. Las compartan. Porque cuando Labaki filmó sus películas lo hizo pensando en que era su pequeño grano de arena aportando para hacer de este un mundo mejor. Que la gente hable, piense y tal vez haga algo. Porque ese amor por la humanidad no puede (ni debe) ignorarse.






