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La sinceridad y el arte

Samadi Valcárcel presentó la obra  ‘Escuchando Radiohead te escupo mi corazón’.

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Por Camilo Gil Ostria - crítico
/ abril 3, 2019
en Tendencias

¿Que una obra sea “sincera” la hace artística? Es decir, ¿el lugar de enunciación del artista, cercano a sí mismo, poniéndose a él en juego, hace que cualquier propuesta logre su cometido de generar problemas conceptuales y estéticos, o cuál es la concepción artística de aquel que se pone a sí mismo en escena? En el arte contemporáneo, al menos en el que nos ha llegado a Bolivia, muchos espectadores, críticos y hacedores se responden afirmativamente a ambas preguntas, cayendo muchas veces en justificar la obra con el sencillismo de la sinceridad: parto de una premisa, ser sincero es fácil, lo difícil es que esa sinceridad diga algo (apunte necesario: toda teorización vale y problematiza mi propio hacer). La obra de la que se hablará a continuación da la oportunidad de pensar esto con mayor precisión, porque ya desde el inicio pone su carácter biográfico en escena. Queda la pregunta, ¿y logra ser arte?

“Esto no es una obra de teatro”, empieza diciendo Samadi Valcárcel para abrir su monólogo Escuchando Radiohead te escupo mi corazón (presentado el sábado 16 de marzo en Casa Grito), “esto es un diario íntimo hecho público”. Yo me pregunto: ¿importa si es o no una obra de teatro? Si no importa, como creo cualquier persona con un ligero sentido histórico del arte del último siglo se respondería, ¿por qué la aclaración? Supongo que esta afirmación puede leerse en dos sentidos contradictorios. Primer sentido: cada palabra está milimétricamente medida, esta frase introductoria tiene como motivo marcar dos cosas; por un lado, despertar una expectativa formal por parte del espectador; por otro lado, explicita el orden autobiográfico que guía toda la propuesta. Segundo sentido: la actriz lanza textos e imágenes sin haberlos pensado mucho. En ambos casos es “sincera”. El resto de la obra confirma cuál es el sentido correcto.

El tema es simple: una mujer, la propia Samadi, que sufre de ansiedad. Está obsesionada con la muerte, con su día a día, con un tratar de sufrir una metamorfosis, con sus recuerdos, con la sociedad y ella misma, un extraterrestre entre tanto terrícolas… La obra no es narrativa, al menos no en un sentido lineal, clásico. El texto es fragmentario, toma la forma de la propia ansiedad: se lanzan imágenes, canciones, movimientos, diálogos, escenografía de manera tan compulsiva como la propia enfermedad. El trabajo de la actriz parte de su propio vivir, sentir, estar en este mundo. Creo que nadie pondría eso en duda (¿serviría de algo?). Parte, dije, pero, ¿llega a algún lado? Las imágenes que propone son estéticas, de eso no cabe duda: el globo que puede ver, la escenografía de caligrafía convulsa, colores milimétricamente pensados, explotar de sensaciones y sonidos, el cuerpo desatado: el cuerpo cansado, el cuerpo que sabe moverse, el cuerpo que no lo sabe; la masa petrificante de la propia muerte, respirando, presente.

Las imágenes están sumamente bien logradas. Pero en eso se quedan: imágenes. Casi como el ejercicio actoral que explora un escenario antes de proponer una obra concreta. El espectador sale del teatro y su concepto de ansiedad no ha cambiado: a lo sumo dice algo como “pobre chica, sufre la enfermedad de la modernidad”. No llega a la empatía, peor a la problematización. Vuelvo a la cuestión inicial: ¿si Samadi le hubiera cambiado de nombre a su personaje le hubiese quitado fuerza a la propuesta?, es decir, ¿qué sentido había en afirmar que era ella la que sufrió lo sufrido y no cualquier otro?, ¿le aumentaba fuerza? En suma, ¿su sinceridad fue suficiente para sustentar la propuesta?

De inicio la respuesta es que no: la sinceridad, en este caso no aportó (no significa que así es siempre, en la presencia autobiográfica de, digamos, Winner Zeballos, hay un matizar su propia subjetividad poniéndola entre la de sus actores, burlándose de sí mismo, potenciando a cada voz; y ni poner en escena a un Unamuno o una Pizarnik), como hay otros casos que el “no ser sincero” tampoco resta (por ejemplo, Los gritones, de Roberto Valcárcel, obra que retrata la dictadura y que él mismo afirma haber hecho para ganar una bienal y no por verdadero interés en el tema, aclaración importante: ganó; y ni hablar de un Baudelaire que se burla de las lecturas biográficas). Igual de “sincero” es el machista que pone su ideología en escena y no por eso es válida. ¿Qué le falta a la sinceridad para decir? Trabajo, matiz, visión crítica: esto faltó en la propuesta de Samadi, pero eso uno solo lo gana con práctica y ya con ansias yo espero ver su siguiente trabajo.

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