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Diferente dentro de lo conocido

‘Toy Story 4’ da un poco menos que sus predecesoras, pero sigue siendo interesante.

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Por Matilde Molina - crítica invitada
/ julio 10, 2019
en Tendencias

Usualmente la cuarta película de una saga no resulta buena, incluso si Pixar (y, claro, Disney) está detrás de ella. Aunque tampoco las segundas y las terceras partes suelen ser buenas y en ello la saga Toy Story ya fue una excepción…

Una se pregunta: ¿qué pueden contarnos ahora que no hayamos visto antes? En la anterior Toy Story, el vaquero Woody (Tom Hanks) se despidió de Andy, su “amigo fiel” y su razón de ser. Esta despedida debería haber sido el punto final, ¿o no? Pues no, no lo fue. La antorcha pasó a Bonnie, una niña que, en correspondencia con las características de su generación “centennial”, prefiere jugar con el viajero espacial Buzz Lightyear (Tim Allen) antes que con el líder de los juguetes, el heroico cowboy, y se decanta sobre todo por los juguetes hechizos y reciclados. Además, Woody aún no ha salvado a todos sus amigos juguetes de la destrucción del tiempo y el olvido: Bo Peep, la pastora (Annie Potts), su viejo amor, aún está allá afuera. La búsqueda de Bo (y la busca de dividendos) justifica una película más; una película, digámoslo de una vez, que resulta mucho mejor de lo que tenía derecho a ser.  

¿Qué diferencia a Toy Story 4 de todas las débiles secuelas que están saliendo ahora, como por ejemplo las de X Men y Hombres de Negro? ¿Qué la diferencia de los remakes planos y aburridos a los que se halla abocada Disney (Aladdín)?

Esta diferencia tiene que ver con los nuevos juguetes que se han incorporado en la película, en general bien elegidos y, algunos, muy chistosos. Además de los veteranos, la película presenta nuevos y bellos personajes como Ducky y Bunny, dos peluches para matarse de risa. Sus voces en la versión inglesa son las de Keegan Michael Key y Jordan Peele, un par de cómicos que en la vida real trabaja en conjunto. Desgraciadamente, a causa del sistema de doblaje, nosotros no podemos disfrutar de ellas. De los demás personajes, dos de los más entrañables son sin duda Duke Caboom —interpretado en la versión original por Keanu Reeves—, y Forky, adorable y molesto en partes iguales (tal como el actor que le da vida: Tony Hale).

Este nuevo personaje, Forky (que se podría traducir como “Tenedorcillo”), es el punto de partida de la película. Cuando Bonnie “crea” a Forky en el colegio, empieza la cruzada de Woody para convencer a este inusual utensilio de que, en efecto, se trata de un juguete y no, como él mismo dice, de “basura”. Esta misión se complica cuando los padres de Bonnie deciden llevarla en un viaje por carretera y ella carga con todos sus juguetes. En un inesperado giro, Woody se reencontrará con Bo Beep, pero no antes de enfrentar nuevos y terroríficos enemigos.

La historia es, a fin de cuentas, romántica. Por supuesto, como en las películas anteriores, hay aventura y acción, pero mezcladas con dosis de comedia romántica y cuento de hadas. Esta combinación hace que todo parezca nuevo, y aún así, familiar. Los giros de la película nos recuerdan vagamente los estereotipos de las películas clásicas —el héroe que es héroe hasta la cursilería, la oposición entre la vida “productiva” de los juguetes que tienen dueño y la bohemia algo disipada de los “juguetes perdidos” —. Pero estos esquemas planos son transformados por la risa y por la actuación de personajes ricos y complejos. Por ejemplo, una de las cosas que más me gustó de esta película fue el personaje de Bo Beep, quien deja de ser la dulce y melodiosa “dama” de Woody y se transforma en una líder intrépida e independiente. Ella hace gran parte de la película, trayendo un soplo de aire fresco a un reparto que, originalmente, estaba compuesto más que todo por la vieja guardia de los actores de Hollywood, como el fallecido Don Rickles (Sr. Cara de Papa).

Pese a todo, hay detractores que, aunque estén de acuerdo con lo dicho, también creen que esta película es simplemente menos buena que las otras, que no despierta los mismos sentimientos de ternura y nostalgia que antes. En cierta medida, tienen razón. La película no decepciona, pero sí se siente diferente, quizá porque toma riesgos para ser más moderna y para diferenciarse de sus predecesoras. Un esfuerzo que no se puede dar por sentado, especialmente cuando se trata de Disney (o, mejor dicho, de Disney en los tiempos que corren). Personalmente hablando, me gustó que el director, Josh Cooley, haya hecho elecciones un poco más osadas. En este Toy Story todo parece haber aumentado de velocidad, y esto emocionará a los más pequeños y a los más grandes por igual.

Pues no hay que olvidar que, aunque la película esté dirigida a los niños, también debe ser disfrutada por los papás. Cuando en la película anterior Andy se va a la universidad, muchos padres lloraron, porque se vieron reflejados en Woody, el cuidador incansable que se quedaba atrás, lejos de “su niño”, el cual entraba en una nueva etapa de su vida. En esta cuarta entrega, Woody debe enfrentar nuevos retos, pero muchas de las situaciones a las que se enfrenta también resonarán en más de un adulto. Es por esta apelación atemporal a la añoranza por lo que siguen habiendo más películas de Toy Story, por lo que seguimos yendo a verlas. De todas las razones que existen para consumir una secuela, probablemente esta sea la mejor de todas.

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