Esto es algo que no se aprende en las clases escolares de historia. Bolivia nació como país independiente en un mal momento para la economía internacional. Meses antes de su fundación, se había producido el crac del mercado financiero londinense, entonces el más importante, y, como resultado de esto, 1825 fue un año de extraordinaria zozobra financiera en dos continentes: Europa y América. Se dice, por esta razón, que esta fue la primera crisis de talla mundial.
El historiador económico Napoleón Pacheco nos lo cuenta en su último libro: La crisis internacional de 1825. La primera crisis de deuda externa en América Latina y en la naciente República de Bolivia.
Se trata, propiamente, de un juego de erudición. Pacheco describe el contexto económico de la fundación del país, más que para hablar de Bolivia —que solo protagoniza una cuarta parte del libro— para regodearse con la crisis económica misma, una interesante ilustración de un tema a la vez misterioso y fascinante: el carácter cíclico del capitalismo, que sube y baja en fases ineluctables y —quizá— regulares. En un sentido, un ave fénix que resurge de sus cenizas; en otro, un organismo abocado a la entropía y la decadencia. La crisis es el hiato, pero también el punto de unión entre estas dos tendencias opuestas.
Las crisis económicas dan miedo a todos y nadie quiere vivirlas, pero pese a esto, o quizá por esto mismo, son muy interesantes desde una perspectiva intelectual. Aunque Pacheco historia estos fenómenos de una manera académica y precisa, sin caer en la tentación de especular o de hacer literatura, seguramente no es insensible al oscuro atractivo de su objeto de estudio. No en vano este es el segundo libro que dedica a las catástrofes económicas.
Teorías sobre la génesis y la forma de las crisis hay muchas, pero son de factura contemporánea y por tanto difíciles de aplicar a un estudio histórico. Pacheco recurre, por eso, al modelo propuesto por el célebre historiador económico Charles Kindleberger para representar las distintas etapas de una crisis financiera. Según este modelo, la crisis comienza, paradójicamente, con un momento de bonanza, cuando por alguna razón aparece una oportunidad extraordinaria para hacer negocios y, simultáneamente, los medios para aprovecharla.
En la crisis que nos interesa, la de 1825, esta “causa remota” la constituyó el pago a Gran Bretaña, por parte de Francia, de unas indemnizaciones por las guerras napoleónicas, que habían concluido una década antes. Y, además, desde 1810, la oportunidad de negocios de la que estaba preñado el surgimiento de las repúblicas americanas que entonces se desgajaban del Imperio Español.
Los ingleses, que no habían sido ajenos a este desgajamiento, pensaban, con su característica autoestima, que ellos aprovecharían mejor que sus vecinos del sur la riqueza de las nuevas naciones. Así que invirtieron en los bonos de deuda externa emitidos por estas, y también en empresas mineras orientadas a explotar sus míticos yacimientos. Pero Colombia, Perú o México, que necesitaban desesperadamente fondos, no tenían cómo repagarlos. Así que sus emisiones de bonos entraron en lo que la literatura económica llama “esquemas Ponzi”: pagaban los intereses con el capital de los nuevos préstamos.
Aunque estos países no dejaron de pagar los rendimientos que adeudaban hasta el crac, lo cierto es que la suspensión de pagos (o default) era solo cuestión de tiempo. Además, las aventuras mineras también terminaron fracasando: al parecer los problemas de la industria extractiva latinoamericana eran más complejos que la supuesta ineptitud española para la administración racional.
Así que un buen día, el simple rumor de que Perú dejaría de pagar sus bonos (“causa cercana”) bastó para desencadenar el pánico, esto es, la crisis propiamente dicha, que Pacheco define como el súbito cambio de los precios de un tipo de activos, que entonces sus poseedores desean vender ipso facto.
La descripción en el libro de las empresas especulativas que fueron creadas en el momento previo al crac, como la invención por parte de los demandantes de dinero de un país latinoamericano completo, Poyais, resulta muy divertida.
Las consecuencias de la crisis fueron profundas, porque entonces no se tenía conciencia de la necesidad y el papel de la intervención estatal. Así que el Banco de Inglaterra estuvo a punto de quedarse sin reservas de oro y tuvo que ser rescatado por los franceses. Varios bancos ingleses y europeos quebraron. Los países latinoamericanos se quedaron sin financiamiento y en los siguientes años entraron en default y en recesión. Lo mismo que Estados Unidos, entonces proveedor de la materia prima que Inglaterra procesaba. La globalización mostró así su lado menos amable.
El libro tiene un aspecto exterior algo arisco, con cuadros y toda la parafernalia economista, pero puede —y debería— ser leído por todo boliviano culto. Quien lo haga aprenderá mucho.






