El 80 por ciento de las hortalizas que consume Argentina son producidas por manos de migrantes bolivianos. Tal la realidad desde Jujuy hasta la Patagonia, según proyección del Censo Hortiflorícola 2006 que ese año establecía un 70%
El tema da para pensar y mucho. Por una parte, lo obvio: la importancia de la migración de una comunidad que hace el trabajo duro, en el campo, poniendo en práctica sus conocimientos y pagando así, con creces, la hospitalidad del país vecino. Y por otra parte, lo deprimente: cuánta mano de obra y sabiduría pierde Bolivia por no brindar oportunidades a sus ciudadanos, los que deciden dejar su hogar para tentar suerte a la distancia.
Trabajar la tierra. De esto se trata: de tener dónde trabajar y que el esfuerzo rinda frutos. Que haya caminos, medios de transporte, mercados seguros y posibilidades de pasar de peón a patrón. Porque, según el estudio de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, este fenómeno es real: los que llegaron para trabajar por un salario, ahora son propietarios.
En contraparte, es inevitable pensar, por ejemplo, en el reciente conflicto vivido en el norte de La Paz: productores peleando por una planta de cítricos y, en ese afán, dispuestos a destruirse mutuamente. Falta de oportunidades.






