El Alto debe ser de las ciudades de Bolivia menos transitables. Sus calles están llenas de vendedores, en aceras e inclusive en calzadas. Los conductores lo sufren a diario y los peatones también.
Tantos puestos y puestitos por doquier hacen, hay que decirlo sin eufemismos, que una urbe que potencialmente pudo ser de las más bellas del país, por la oportunidad de construirse casi de la nada, sea de las menos estéticas.
Ocurre que los «gremiales», como se llama a los comerciantes callejeros, no tienen precisamente la práctica del respeto por el espacio público. Así que no sólo lo ocupan desde que amanece hasta que anochece, sino que convierten calles y plazas en basureros. Con gran ayuda, hay que decirlo también, de la gente que consume en ellos comida y bebida.
El Concejo Municipal de El Alto, que en breve asumirá funciones, está pensando en la forma de autorizar más asentamientos. No es aceptable. La ciudad debe ser un espacio habitable, grato, para las actuales y las futuras generaciones. Ya se sabe que una vez instalados los puestos, es imposible moverlos. ¿Qué derecho tienen las eventuales autoridades de cargar con ese peso a los alteños? Ninguno. Es triste comprobar que esas autoridades, de nuevo no traen mucho.






