El Gran Poder fluye por las calles del centro paceño. Este hecho ya no es noticia, pero no por ello se puede olvidar las encendidas polémicas que hace 20 años, más o menos, se reflejaban en los medios de comunicación. «Que se vayan», decían muchos de los editoriales que defendían así el supuesto derecho de los citadinos a transitar libremente por las calles. ¿Qué es eso de bailes, borrachera y escándalos en las narices de los urbanistas?, lanzaban como cuestionamiento muchos que hoy es posible que sigan pensando lo mismo, pero que prefieren callárselo.
Han perdido, pues, y atacar la fiesta, sobre todo la del Gran Poder, parece políticamente incorrecto. Cambian los tiempos y qué bueno que así sea.
Exceso, seguramente habrá. Es la nota mala. La bebida es parte de la fiesta de Chijini y quien diga lo contrario vive en la Luna. No por ello hay que bajar la guardia y dejar de hacer campaña para que todo transcurra con mesura.
Pero, lo que no se puede hacer es achacarle al Gran Poder todos los vicios, pues lo del alcohol, lamentablemente, es parte del cotidiano de los bolivianos. Así que contra ello hay que trabajar cada día, cada hora, pensando, ante todo, en los niños que es con quienes mayor probabilidad hay de despertar una actitud crítica ante la bebida. Porque cuando ésta corre por las venas, puede ser tarde.






