Gran alboroto armaron los danzarines en la Alcaldía de Urkupiña, Cochabamba, cuando se enteraron de la ordenanza municipal que prohíbe la venta de bebidas alcohólicas a 200 metros del recorrido de la Entrada folklórica a realizarse a principios de agosto.
Los bailarines adujeron desde que el alcohol tiene una «presencia ritual» hasta que Taquiña es la empresa que «tradicionalmente» auspicia esta entrada desde hace 20 años, y que no pueden hacerle el desaire, peor si ayuda a los fraternos de pocos recursos.
Existen en Bolivia fiestas religiosas, con danza y folklore, que no requieren alcohol, como la celebración de San Roque en Tarija. Por ende, si el único móvil fuera la devoción, el trago estaría demás. Sin embargo, se trata de una enredadísima maraña de tradiciones e intereses económicos contra intentos de reducir las consecuencias lamentables que provoca el excesivo consumo de alcohol.
Por un lado, hay en el imaginario nacional, la preconcepción de que sin trago no hay diversión. Por otro, las estadísticas son claras: durante las fiestas populares, aumentan los casos de abuso sexual, accidentes, violencia y otros.
El primer paso, en aras de una solución, debe ser el diálogo y la plena aceptación de que el consumo de alcohol en las fiestas es un problema real.






