Quienes se quejan de la dictadura de los lenguajes contemporáneos en el ámbito boliviano, se encontrarán con que el LVIII Salón Municipal de Artes Plásticas «Pedro Domingo Murillo» reconoció con el Gran Premio a una obra del reconocido pintor Fabricio Lara.
El acrílico Derrame I fue la pieza triunfadora en un concurso que, como parte de su tradición, ha coronado la carrera de muchos de los grandes representantes del arte boliviano. María Luisa Pacheco, Enrique Arnal, Emiliano Luján, Antonio Mariaca, Alfredo La Placa, Antonio Llanque, Luis Zilvetti, María Esther Ballivián, Herminio Forno, Ricardo Pérez Alcalá, Víctor Zapana y Roberto Valcárcel son algunos de los premiados en un largo —e injusto— etcétera.
El galardón para Fabricio Lara significa un reconocimiento ganado a fuerza de pincel. El artista orureño —seguidor de la tradición de su padre, Gustavo, y su tío, Raúl— ya antes se había hecho de los lauros para su especialidad en este mismo certamen, así como resultó ganador de otros en el exterior del país.
Con un trabajo sólido enmarcado en el arte abstracto, es también uno de los creadores con mayor éxito comercial en los circuitos nacionales y de gran proyección internacional: una pieza suya, por ejemplo, fue reconocida en una tapa del catálogo de ArteAméricas, Miami.






