La tragedia volvió a repetirse en Uncía el pasado miércoles. Según la Policía, un minero que estaba en estado de ebriedad ingresó en una vivienda ajena. Nadie sabe el motivo. Lo descubrió la familia que vivía allí, y ni ellos ni los vecinos se molestaron en hacer preguntas. Simplemente lo llevaron hasta la cancha de la comunidad y procedieron a lincharlo.
La víctima tenía aproximadamente 25 años de edad y había desaparecido de su casa el martes 27 de julio cuando salió por última vez, dicen que para trabajar, aunque la concubina sospechaba que iba a beber. Fue hallado días después ya sin vida, en una zanja de 80 centímetros, tapado con ramas, a cinco kilómetros de donde se lo buscaba. Fue identificado por su familia. La Policía comprobó que no tenía antecedentes.
Si el joven pensaba cometer un robo o si ingresó por error, producto de su borrachera, nunca lo sabremos. Lo cierto es que la autopsia dice que su muerte fue por ahorcamiento y que el deceso ocurrió el miércoles en la madrugada.
Esta suma de hechos de poco le sirve a la familia de éste o cualquiera de los linchados por quienes supuestamente aplicaron la «justicia comunitaria». Mientras ninguna autoridad haga nada, estos hechos serán cosa corriente. Y así, la muerte de un joven minero no pasará de ser una anécdota más del día a día.






