Agosto, para el mundo andino, es el mes de la Madre Tierra, el tiempo de «pagarle», de alimentarla antes del inicio de la siembra. No pocos bolivianos armarán mesas en sitios de rituales o en sus hogares. Todo es parte de creencias muy fuertes y difundidas que le reconocen a la Tierra, a la Pachamama, una existencia divina.
Lo que podría pasar por una anécdota para quienes no creen, pero que bien visto, también podría ser aprovechado para educar a esa misma gente en el cuidado que merece dicha Madre.
Ocurre que hace falta, mucha falta, una conciencia clara acerca del respeto que merece el planeta que nos cobija. Si agosto es el mes señalado por la tradición para darle las gracias, por qué no aprovecharlo para mover a las personas a, por ejemplo, no regar de basura el entorno: en la ciudad y en el campo. Sería una forma mucho más productiva de rendirle homenaje a la naturaleza.
Ocurre que, mientras no se despierte tal conciencia, no servirá de mucho hacer una o cien k’oas… la Madre Tierra se degradará hasta el punto de no rendir más, de no entregar los alimentos por más trabajo que hagan los campesinos.
No es que se menosprecie las creencias de los pueblos, pero no estaría mal tender un puente entre ellas y la realidad práctica. Esto sería coherente, porque si no, el rito se parece mucho a la farsa.






