Agua Blanca es una comarca que teme perder el motivo que inspiró su nombre y, con ello, las posibilidades de subsistencia. Cooperativistas mineros, falta saber cómo, con qué derechos, se apropiaron del cerro que no es como cualquier otro. Tiene oro, ciertamente, pero sobre todo permite a ocho comunidades disfrutar del recurso más valioso: agua.
El 2008, es decir hace dos años, los comunarios comenzaron a vivir la pesadilla de los dinamitazos en ese cerro. Explosiones que están matando un glaciar. Han intentado dialogar con los mineros, han reclamado ante las autoridades; pero las explosiones no cesan. ¿Cuánto tiempo más debe pasar para que se ponga un remedio a este atentado?
Es así, como en Agua Blanca, asentamiento humano en medio del área protegida de Apolobamba, se aviva un conflicto, pues los comunarios están dispuestos, han dicho, a desalojar por la fuerza a los cooperativistas, y éstos a no dejarse desalojar. Así, lo que parece un pequeño problema llega a ser tan grande como, por ejemplo y con las distancias del caso, el que se vive en Potosí.
Es fácil imaginarse el peregrinaje de los aguablanquinos (si es así el gentilicio): vienen desde las cercanías de Pelechuco, al oeste de La Paz, a bordo de camiones. Acuden a las autoridades, soportan burocracia y no hay respuesta.






