Poco a poco, la guerra en el golfo va quedando archivada en la memoria de los recuerdos dolorosos. El caótico derrocamiento del dictador Sadam Husein, luego de que la administración de Bush concluyera que el Gobierno iraquí de entonces poseía armas de destrucción masiva, marcó el inicio de años de incertidumbre.
La partida de las tropas estadounidenses salda la promesa electoral del presidente Obama. Pero el balance amargo, queda: el Ejército norteamericano vio caer a más de 4.400 de sus miembros y los iraquíes, a decenas de miles.
Si la medida de Obama representa el final de la denominada «Operación Libertad», también abre otra a la que llaman «Nuevo Amanecer» y serviría para que los soldados estadounidenses que permanecen en Irak cumplan misiones de asesoramiento y ayuda a las fuerzas locales.
Se ha especulado tanto como no se ha podido confirmar mucha información que toda guerra oculta bajo los escombros. Tanto se ha escrito y dicho acerca de las acciones militares y políticas de EEUU, que pareciera que recién en estos días comenzará, al fin, la reconstrucción moral de Irak.
En Bolivia, el presidente Morales consideró al retiro de las tropas como una derrota para la potencia del norte. Y fue todavía más allá: advirtió que lo mismo le ocurrirá a EEUU si invadiera Irán, Afganistán, Colombia u otro país. Tocó un punto álgido al señalar que la operación militar escondía un supuesto interés en apropiarse de los recursos petroleros de la nación invadida.
Si el fondo de la guerra hubiese sido uno diferente al pregonado, se confirmaría la tesis de los detractores de la estrategia geopolítica estadounidense. Más allá del juego mediático de las palabras, es cierto que Irak siempre desempeñó un rol extraordinario en el mercado del petróleo de Oriente Medio, pero esto no debería servir para tensionar —aún más— las relaciones con EEUU.
Las repercusiones de la contienda bélica no serán las últimas pero sí las que cierran un ciclo; histórico retiro de militares, menudo reto para los iraquíes.
Una lluvia de misiles surcando el cielo en plena noche; llamas que hacen luz en la oscuridad antes de impactar contra viviendas de civiles; museos inigualables, saqueados; niños que rompen en llanto, adultos que perdieron a sus hijos… las imágenes de la desolación perviven en el inconsciente colectivo. Hay dos opciones: promover más ataques o unirse al clamor infatigable de paz.






