Tanto la guerrilla colombiana como el grupo terrorista vasco han sufrido golpes tan duros que resulta difícil pensar en su sobrevivencia a mediano y largo plazo. En el caso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la muerte de sus principales dirigentes y las permanentes deserciones de sus combatientes no sólo las han colocado en una fase terminal de la crisis que arrastran desde hace varios años, sino que han fortalecido militar y políticamente a los últimos dos gobiernos, al de Uribe y al actual, de Santos.
Tres fueron las pérdidas más sonadas: la de «Manuel Marulanda» o Tirofijo, fundador y comandante de la guerrilla; la de Raúl Reyes, considerado número dos de las FARC, y la reciente, de «Jorge Briceño» o Mono Jojoy, el mismo que lideró decenas de ataques contra las Fuerzas Armadas y poblaciones civiles.
Calificado como sanguinario y cruel, según algunos la pieza clave en el vínculo de la guerrilla con el narcotráfico, el Mono Jojoy deja a su grupo armado en una situación prácticamente insostenible. El denominado «anillo de seguridad» que protege a los líderes ha sufrido una veintena de bajas y los expertos dicen que la caída del actual jefe máximo, Guillermo León Saenz, alias Alfonso Cano, podría ser el golpe de gracia.
Un declive similar lo vive la banda separatista vasca ETA. Al igual que las FARC, pide diálogo pero ninguna de las dos acepta las políticas que respecto a ellas tienen los gobernantes de Colombia y España, respectivamente. Santos exige muestras de que se acabarán los secuestros, el terrorismo y el reclutamiento de menores. Rodríguez Zapatero desconfía de ETA, que hace dos semanas anunció la suspensión de los atentados.
Salvando las distancias de una organización clandestina a otra (aunque un juez español señaló en marzo de este año que tendrían vínculos entre sí y ambas, además, con el Gobierno de Venezuela); saltando el océano de particularidades que separa a la España europea de la Colombia sudamericana, los dos países padecen la misma presión en materia de seguridad interna y las políticas utilizadas por ambos para combatir al terrorismo y a la narcoguerrilla, hasta ahora, han rendido buenos frutos.
El cerco se va cerrando. Aun así, en la búsqueda de la paz, habrá que guardar la calma y armarse de serenidad; no se debe olvidar que las FARC y ETA están acostumbradas a soportar embates de toda clase.






