El caos en que se maneja el transporte público, sin normas claras ni menos actitudes para cumplir las que existen, provoca bastante sufrimiento en la gente que debe usarlo, sobre todo por las noches.
Hay que vivir en los extremos de la zona Sur, por ejemplo, y tratar de conseguir un medio de transporte a partir de las 22.00, para entender lo que es vivir como en tierra de nadie.
Si uno se encuentra por la avenida Arce y alrededores y debe dirigirse a Chasquipampa, tendrá que subir hasta más arriba de la Pérez Velasco si pretende coger un trufi. Y deberá pelear con otros usuarios para conseguir un espacio, aunque sea como quinto pasajero. Todas las normas de urbanidad son olvidadas en esos momentos.
Y no hay derecho. La gente se arriesga a diario a ser asaltada. Si no se cuenta con el dinero suficiente, tiene que rogar que haya uno a esas horas.
Es muy probable que el costo de los pasajes, que no se incrementa desde hace mucho tiempo, esté pesando en la actitud de los transportistas. De hecho, una señal en tal sentido es la eliminación de los «voceadores». Pero también hace falta que las autoridades asuman medidas, acordando con los choferes condiciones de servicio nocturno: horarios, frecuencias, rutas, unidades, puntos de parada. Eso es civilización.






