Este domingo, la historia juega a favor del Partido de los Trabajadores. Su líder, el presidente Lula da Silva, no va a la reelección pero su enorme aceptación (del 80%) lo ha catapultado como el más popular de todos los tiempos en Brasil. Así, a la luz de un gobierno exitoso y de los pronósticos de las encuestas en pleno, los comicios que deben dilucidar quién reemplazará al barbado mandatario, prácticamente, no dejan margen para el misterio.
La promoción de políticas eficaces al punto de haber sacado de la miseria a 30 millones de brasileños, en verdad, no es poca cosa; ahí sí que no había cabida para la demagogia en la propaganda preelectoral. Por eso, con el peso de la gestión de Lula en contra se las verán hoy los opositores: José Serra, experimentado socialdemócrata, y Marina Silva, ecologista, sin ninguna posibilidad en la contienda.
De 192 millones de habitantes en total, 136 millones están habilitados para votar en el quinto país más extenso y poblado del planeta. Brasil también ha ganado cinco mundiales de fútbol y es conocido por sus carnavales y por la belleza de sus mujeres, pero también por la violencia de sus favelas provocada, sobre todo, por la pobreza. Aún hay bastante que cambiar en este último sentido; pero se ha avanzado, lo que no es poco.
El mérito se lo lleva el carismático Lula, en cuya figura se apoya su ex ministra de Energía y ex jefa de gabinete, la antigua guerrillera marxista leninista Dilma Rousseff, hoy candidata del oficialismo. Los escándalos de corrupción que han sacudido al Gobierno no alcanzaron para bajar a Rousseff del primer lugar de la intención de voto. El perjuicio, sin embargo, ha sido grande, al punto de que la gran favorita continúa bien perfilada como ganadora pero a Serra se le abrió una probabilidad de forzar la discusión a un ballottage, que sería el 31 de octubre.
Todavía hay mucho por hacer en este Brasil que piensa en grande desde su posición privilegiada de integrar el grupo de las 20 mayores economías del mundo (G20), además de los más reducidos pero pujantes BRIC e IBSA.
Con varios de los indicadores a su favor, un posicionamiento político respetado por los poderosos y la organización del Mundial del 2014 y de los Juegos Olímpicos del 2016 a la vuelta de la esquina, parece inminente que Brasil acabe confirmando las predicciones de que será una de las mayores potencias emergentes del planeta. Una potencia que, cabe recordárselo a nuestros gobernantes, es nada menos que un vecino estratégico de Bolivia.






